Eduardo Juárez – Cuando mil años no son nada

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Andaba el que suscribe el otro día paseando por la plaza de España, entre hayas rojas y pinsapos, cedros centenarios y magnolios, que, al llegar a las dos descomunales secuoyas de la Colegiata, me asaltó el famoso Volver de Gardel y sus veinte años no son nada. Allí, pasmado ante tamaño dislate de la naturaleza, el tango se enroscó entre las ramas caídas, melancólicas y aburridas de aquellos enormes seres vivos, invisibles para la mayoría de los que por ese paraje se aproximaban, más pendientes de conversaciones y pantallas que de semejante maravilla atemporal.

Plantados hace poco más de siglo y medio en la entonces plaza de Palacio, a decir de National Geographic Society, fue durante el reinado de Isabel II que la tendencia paisajista británica se impuso al gusto mediterráneo por la flora, apareciendo allí mismo plantados los citados colosos. De hecho, se llegaron a plantar hasta nueve ejemplares, según pude comprobar en la fotografía que amablemente me regaló mi Maestro, Julio Martín Casas, otro coloso vecino también de los gigantes arbóreos.

A diferencia de mi querido amigo, ya en el octavo piso, las secuoyas se encuentran en plena juventud. Sé que muchos pensarán que, dado su tamaño, habrán de ser a la fuerza los árboles más longevos del Paraíso. Y se equivocarán por completo. Ni siquiera pueden testimoniar la construcción del palacio real de San Ildefonso, sino, más bien, su decadencia y destrucción. Ese honor, el de haber conocido los años de la transformación de la nava de San Ildefonso, según algunos escritores virtuales, le correspondería a algunos pinos y no pocos robles del valle de Valsaín.

Respecto a los primeros, los blancos y anaranjados pinos del Paraíso, es probable que alguno quede en pie con tres siglos entre las ramas. Aunque es difícil que ocurra, si atendemos al modelo de explotación del pinar, donde se les apea antes de que se tornen centenarios. No obstante, los pastores de árboles de este Real Sitio se han empeñado en salvar algunos de la sierra, del hacha y del trasiego ya casi perdido del gabarrero. Desde el Pino Bonito al Pino de la Bota, pasando por los pinos padres de la pradera de Majada Hambrienta, de los Corrales del Tío Poncias o del testero del Raso del Pino, el bosque cuenta con una memoria centenaria que espero siga creciendo en piñas, acículas y viejos líquenes pendientes, gracias a que Eusebio Martín Merino, su hermano, el Tío Conrado, y la hueste de seguidores en la protección de la memoria del bosque siga esforzándose en preservar la venerabilidad de estos paisanos de abrumadora presencia.

Aún así, ninguno de los pinos alcanza en edad a alguno de los hermosos robles que acaricia la ribera del río Valsaín a su paso por el que fuera Parque del Palacio Real. Si uno se acerca al vado que dicen de los robles, donde generaciones enteras de vecinos han correteado entre las piedras, refrescándose del ardor inmisericorde que el mes de julio suele recetar en el valle, encontrará cuatro o cinco paisanos que, a buen seguro, hubieron de nacer cuando el rey Felipe II descansaba su tensión en la Casa del Bosque de Valsaín. Nacidos como rebollos, el paso de los siglos los ha convertido en ancianos robles de impresionante porte, aunque, al igual que las secuoyas, igualmente ignorados.

Con todo, ninguno de estos vecinos de poco moverse y mucho observar puede competir en edad con los tejos del bosque de Valsaín. De lento y caprichoso crecimiento, los tejos deciden dónde afincarse para, si la vida les da para ello, gastar eones agarrados a piedras descarnadas y cárcavas inaccesibles. A veces se distraen y caen entre pinos jóvenes y acebos abigarrados, dejando que sus troncos se vayan retorciendo empujados por los fríos del alba veraniego y los calores de algún que otro diciembre despistado. Y no crean que son fáciles de ver. Que, de pura vejez, han aprendido a no destacar para sobrevivir. Hay que andarse listo para detener la vista en ese verdor oscuro intenso que con dificultad sobresale entre la juventud brillante de los pinos. Cuántas veces me habrá alertado mi Compadre, el Sr. Bellette, de la presencia inadvertida de uno de estos vigilantes.

Sin ir más lejos, a principios de marzo acabamos admirando uno de ellos en la majada de Dos Hermanas, a casi dos mil metros de altitud. Agarrado al canchal que te ha de llevar hasta peña Citores, encontramos uno de tamaño asombroso. Más que centenario, milenario quisiera creer, aquel tejo situado casi en el paso del collado ha sido, sin duda, testigo de toda la actividad humana en la nava y valle de San Ildefonso desde que este servidor tiene conciencia. Habrá visto Habsburgos y Borbones entrecomillados por Saboyas, presidentes de la República y toda calaña de dictadores. Allí, impertérrito y estoico ante la adversidad, estoy seguro de que ha ido trufando de vástagos todo el pinar con sus semillas, hasta el punto de haber consolidado una increíble línea verdinegra en las cercanías de la fuente del Zorrillo, justo por donde desciende el arroyo de Valdeclemente, todos ellos aleccionados por la sabiduría atesorada durante siglos de aprendizaje.

Y es en estos momentos de permanente sublimación que se me antoja más que necesario volver la mirada a estos viejos tejos del pinar, cuya existencia sencilla y permanente nos devuelve un mensaje de sabiduría eterna para demostrar que mil años no significan nada y, a la vez, lo dicen todo. En esta sociedad de nuevas realidades donde la juventud se vuelve sabia y desdeña el conocimiento inherente a la experiencia que da el vivir la vida, es cuando más se debe asumir que nada sabemos sin el conocimiento ancestral y, con ello, todo está por descubrir. Amemos y respetemos a nuestros queridos tejos, pues, una vez se van, sólo perdura la ignorancia supina que conlleva la arrogancia extrema del que vive sin memoria.