Editorial – Sanidad y nacionalismo

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El 20 de abril del 2020, en plena ola de la pandemia, la portavoz de la Generalitat catalana, Meritxell Budó, tuvo la desfachatez de realizar el siguiente comentario: “En una Cataluña independiente, no habría habido tantos muertos ni tantos contagios”. Otra colega igual de burda publicó en su cuenta de Twiter un exabrupto que se pretendía chistoso y que se definía por si solo: “De Madrid al cielo”. Es sabido que todo nacionalismo bebe de dos fuentes: de un supremacismo irredento y del continuo agravio contra un enemigo exterior causante, para ellos, de buena parte de sus problemas y desgracias internos. Es una constante esta a lo largo de la historia que define el perfil psicológico de los sujetos y el cariz sociológico del grupo que adopta esta ideología.

Pero en ocasiones la maldita realidad viene a deshacer el relato. Llama mucho la atención que habiéndose producido el primer gran rebrote de coronavirus en tres comarcas aragonesas, la extensión descontrolada haya sido en el vecino territorio leridano. El Gobierno de Aragón retornó con prontitud a la Fase 2, imprimiendo unas restricciones precisas a los habitantes afectados de las comarcas. No hizo lo mismo el homólogo catalán, aun cuando las demarcaciones son colindantes y la conexiones comerciales y laborales muy frecuentes. Incluso se permitió el lujo de declarar la gerente del área sanitaria que no estaban dispuestos a criminalizar la actividad del sector agroalimentario. El 11 de junio, la consejera de Sanidad de la Generalitat afirmaba que los nuevos brotes estaban bajo control, y escasamente 24 horas antes del confinamiento aseguraba que este no se iba a producir.

Desde luego que desde estas páginas no vamos a dudar de la difícil gestión de la pandemia ni a hacer leña del árbol caído. Pero nunca nos cansaremos de resaltar la demagogia y zafiedad del argumentario separatista y a rechazar los ataques contra el conjunto de la nación de unos dirigentes nacionalistas demasiados acostumbrados a la inmunidad política, y que en cuanto ponen los pies en el suelo y bajan del ensimismamiento la realidad les castiga con inusitada dureza.