Dos años después

Poco a poco descongelamos una normalidad que ha esperado paciente con respiración asistida. Una vuelta que hemos sabido regular con diligencia y responsabilidad en la mayoría de los casos. Algunos sí hemos aprendido qué es lo que la pandemia se ha llevado y también lo que ha traído. Pueblos y ciudades se han educado en el respeto a los que han invertido tanto en su supervivencia, como una inercia casi instintiva cumpliendo con ese apéndice que ya forma parte de nosotros, la mascarilla.

Una vuelta a las calles, a los espectáculos al aire libre sustituyendo a festejos suspendidos un año más, buscando rostros de antes y recobrando hábitos en extinción. Echando de menos lo que aún nos queda lejos, e intentado recuperar el tiempo perdido.

Una sonrisa que se desea y agradece el reencuentro y la carga que hubo que soportar. Un abrazo inevitable y terapéutico que va liberándonos de la gran represión, dando rienda suelta a los impulsos que subsistieron encarcelados durante tanto tiempo. Una distancia que se acorta con medida, soñando con ser inconscientes al menos en los últimos cinco minutos que nos quedan para despedirnos, sin tocarnos.

Reuniones con amigos y comidas familiares en un sábado en el que volvíamos a renunciar al Teo, conformándonos con el relente de terrazas adaptadas, herencia postpandemia, espabilados por el aire serrano que se templa con las ganas y el valor que haga falta, renegando del exilio al que nos obligaron.

A los que estuvieron cerca aunque fuese en la distancia y seguirán estando el resto de la vida.