David San Juan – Las preguntas que no se hacen

En los pasados meses, una importante firma de servicios funerarios convocó un concurso de cuentos, de los muchos que existen en España, cuyo tema era explicar a los niños el hecho de la muerte como proceso natural de la vida. Una vez superada la instintiva sensación de desagrado ante lo inusual de la materia propuesta para un cuento infantil, lo cierto es que el asunto puede hacernos reflexionar. ¿Cómo ven los niños la muerte? ¿Cómo lo hacemos los adultos, individualmente y como sociedad?

Es un hecho de sobra conocido que aquélla era, hasta hace un par de generaciones, un componente muy importante, casi omnipresente, de nuestra cultura. La muerte estaba siempre ahí y la sociedad estaba preparada para recibirla, digámoslo así. No hay más que repasar la riqueza de costumbres, creencias y ritos documentados que hoy ya sólo perviven malamente en la memoria de los más mayores de nuestros pueblos. La muerte estaba de alguna manera integrada en la vida, también para los excesos: tenebrismo, mortificaciones, lutos agobiantes…

Pero hoy lo propio (en buena medida por los procesos de urbanización y secularización) es orillar, cuando no ocultar, el hecho del fin inevitable de la existencia: es algo desagradable, nos estorba y por tanto lo mejor es no pensar en ello. Que cuando ocurra, el duelo sea rapidito y circunscrito al ámbito privado. Que no se note mucho. Este comportamiento social no es sino una muestra más de que vivimos instalados en lo banal, lo factible, lo pragmático y, claro está, no hay nada menos pragmático que morirse.

A lo mejor lo que ocurre es que no queremos bajo ningún concepto plantearnos la pregunta por el sentido de la vida. ¡Qué pereza! ¿Para qué complicarse a estas alturas? Conscientemente o no, todos tendemos a rehuirla, no resulte que encontremos respuestas perturbadoras que alteren nuestro bienestar. Porque puede suceder que acabemos dando por bueno lo que predicaba cierta corriente existencialista del siglo pasado acerca del absurdo de la vida o, casi peor, nos veamos obligados a reconocer nuestras limitaciones, nuestra finitud, y a la vez nuestra capacidad (si lo prefieren, necesidad) de apertura a lo trascendente como dos elementos inseparables y radicalmente constitutivos de nuestra esencia.

En fin, que al sospechar que nos vamos a encontrar o con una respuesta desmoralizante y demoledora o con otra que nos apea sin remedio del centro del universo para ceder el lugar a una realidad superior (Dios…, los demás…), preferimos continuar en nuestra indiferencia ignorante y quedarnos sin preguntar, sin preguntarnos, no vayamos a ser como esos niños inquietos que todo lo quieren saber. Sin embargo, aunque no queramos aceptarlo, preguntar es uno de las características básicas e irrenunciables de la existencia humana, como ha dejado escrito el profesor Jesús García Rojo.

Así de simple. No hay más que caer en la cuenta de que la parte más hermosa de la historia de la humanidad: el arte, el pensamiento, la técnica, la ciencia, la espiritualidad… se ha construido a base de preguntas. Y la diversidad cultural del ser humano de la que tan orgullosos parece que nos sentimos en los últimos tiempos, no es más que el fruto de las distintas respuestas dadas a las mismas preguntas. ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué tenemos que morir?

Hay quien afirma, y esto sí que es desesperante, que conformarse con lo inmediato es síntoma de deshumanización. Al menos, creo yo, sí lo es de una sociedad complacida y decadente, encantada de haberse conocido pero que, para su desgracia, no quiere ir más allá de sí misma.