David San Juan – La soledad y la mercadotecnia

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Nacemos y morimos solos, no hay otra. Y, como no podemos elegir ninguno de los dos cabos de la vida, nos hemos puesto de acuerdo con nosotros mismos en transitar el camino entre ambos de la mejor manera posible. Lo suyo, lo que la naturaleza del hombre pide en medio de esta historia tan exasperadamente corta, es procurarse compañía, amor, encontrarnos con el otro. Siempre ha sido así. Sin embargo, uno de los signos más característicos y desalentadores de nuestro tiempo es la soledad. Tanto la deseada como la que se impone a la voluntad.

Miren alrededor. Hartos estamos de ver adolescentes a los que no les falta de nada -de momento- que, en medio de un enjambre zumbón de iguales, se enclaustran un rato sí y otro y otro y otro en el aislamiento de unos youtubes compartidos con los moscones que tienen a su lado. Verán hombres y mujeres maduros que nada quieren que les falte -y que a nada renuncian-, que comparten entre sí la soledad de la calle dándole vueltas a sus negocios siempre apremiantes. Se encontrarán con otros muchos -singles o así- que huyen del compromiso personal, familiar y social y que se jactan de ello, haciendo de la soledad su modo de vida.

Pero en esta sociedad líquida, hoy se nos impone la realidad de otros tipos de soledad no deseada, visible sólo a medias, que cae como una losa sobre muchos que desearían que su suerte hubiera sido distinta y que sufren por ello.

Para empezar, cada vez es mayor el número de personas separadas, divorciadas u obligadas a abandonar su hogar por desencuentros familiares. No hablo de los que han dado ese paso de una manera calculada, sino de los que se han visto abocados a ese destierro humillante en contra de su voluntad y su proyecto de vida. Hace un par de generaciones, esta realidad social era impensable. Hoy, es imparable.

Otra bolsa de soledad es la que hace iguales a las personas sin recursos económicos. El domingo pasado fue la III Jornada Mundial de los Pobres, impulsada por el Papa Francisco. El último domingo de octubre, Cáritas volvió a convocar la campaña “sin techo”. Ya ven: no paramos de celebrar la miseria. Pobres y transeúntes, experiencias de desamparo real que los lemas y los articulillos de tribuna de los periódicos locales no lograrán revertir, pero que no hay que dejar de denunciar por aquellos y estos medios.

La última experiencia de soledad es tan cercana como las anteriores pero está más escondida. Y no para de crecer. En nuestra sociedad occidental, en nuestro país, en la España vaciada, en Segovia… convivimos indoloramente con ancianos que viven solos. Muy solos. Andamos muy ocupados exhumando problemas estupendos a los que se supone que debemos de dar solución (el clima, la igualdad, la eutanasia a la carta…) y a la vez inhumamos otros por incómodos y mucho más próximos. Las noticias de ancianos que aparecen muertos en su domicilio semanas después del óbito -¡qué mayor soledad!- se han convertido en algo habitual. Pero, a fuerza de costumbre, casi han dejado de afectarnos. ¿En qué estamos pensando?

Falta poco para Navidad. En una sociedad desnaturalizada, el aislamiento que muchos sienten puede volverse más lastimoso en estos días. Fíjense que cada vez es mayor el número de personas que reniegan de la Navidad (quiero decir: de las “navidades”) por la falta de sentido que perciben en la época más ridículamente almibarada del año. El uno de diciembre comenzará el Adviento; esto es: el preludio de la Navidad. Justo dos días antes habrá quien celebre el “black friday”; esto es: el preludio de las navidades. Quizá sea el momento para optar entre un hedonismo hueco acaparando turrones de sabores imposibles y envolviendo frascos de colonia que nadie va a usar jamás, o volver la mirada a esa vecina desconocida del piso de arriba de la que apenas sabemos nada. Por supuesto que no todo es tan extremado; no hay que pedir heroicidades, nadie las exige. A lo mejor, lo que deberíamos de hacer es nadar entre esas dos aguas, siendo hijos de nuestro tiempo y, a la vez, luchar para transformarlo.

Coincidiendo con Adviento y Navidad, las parroquias del arciprestazgo de la ciudad han empezado a trabajar en un proyecto asistencial para conocer la realidad de los ancianos que viven en soledad en la capital, acompañarlos y atender sus necesidades. No es fácil, pero la Iglesia de Segovia va a esforzarse con los medios que tiene hasta donde sea capaz de llegar.

En unos tiempos de crisis de sentido, de bloqueos y de parálisis social en la que sólo se oye al más fuerte (así se expresaba un político local hace unos días en estas mismas páginas hablando de lo suyo), cobra sentido la oferta tranquila de una Iglesia que quiere dar lo mejor que tiene como institución activa con vocación de ser útil para todos. Recuerden la idea y, si lo desean, súmense a ella. El bloqueo, la parálisis y las servidumbres se rompen rompiéndose por los demás. Los pactos efectistas, los postureos y las mercadotecnias de partido no aportan nada a la sociedad. Res non verba.