David San Juan – Cambio climático (I). Realidad y negocio

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Ya ha pasado un mes desde la celebración de la cumbre del clima en Madrid. Puede ser éste el momento de hacer algunas reflexiones con una prudente distancia temporal y anímica desde aquel acontecimiento.

La acción del hombre sobre el entorno natural es evidente. Así ha sido desde el mismo comienzo de la civilización con el desarrollo de la agricultura al que han seguido la deforestación, la ordenación del territorio, la industrialización… independientemente (o a mayores, mejor dicho) de la existencia de ciclos climáticos que sobrevienen por causas naturales, más severos o más benévolos con el correr de los siglos, algo que también ha sido demostrado por los científicos. La realidad es que en las últimas décadas, la superpoblación, el desarrollo desmedido y la falta de medidas preventivas han acelerado este proceso de degradación ecológica. Negar esto y su influencia en lo que ahora se llama cambio climático es disparatado. No cabe negacionismo alguno ante esta evidencia. Otra cosa es la magnitud y las consecuencias de este proceso, sobre las cuales los expertos no se ponen de acuerdo. Es natural, los modelos de predicción son diversos y han de irse ajustando con el tiempo.

Pero dejemos a los científicos trabajar en ello. Me interesa ahora, si me permiten, reflexionar sobre algunas derivaciones, más bien derivas, del asunto éste del cambio climático del que todos creemos entender y por el que empuñamos con rara habilidad argumentos extremados en contra de la negligencia de los demás, justificándonos a nosotros mismos con una feliz indulgencia.

El cambio climático, además de una realidad, se ha convertido en un gran negocio, un negocio global, planetario (utilizando el vocabulario al uso en estos ambientes), en un caladero en el que pescan muchos agentes pugnando por extraer el mejor botín posible entre tanto revuelo. Un negocio respaldado por unas operaciones de márquetin fabulosas, nunca vistas y difícilmente contenibles. Negar la existencia de este negocio es tan ilusorio como negar el efecto lesivo del hombre moderno sobre la naturaleza.

A mi parecer, el negocio climático puede clasificarse en tres tipos, de menos a más dañino, de esta manera:

El primero es el negocio empresarial. Cualquiera que haya estudiado algo de márquetin conoce la evolución de la técnica de ventas desde un primitivo enfoque sobre el precio, luego sobre la calidad, hasta acabar hoy en un márquetin emocional, mucho más perdurable en la imagen que el consumidor tiene del producto. Todo lo que se nos ofrece, sea cual sea su naturaleza, ayuda a conservar el planeta. Los huevos son ecológicos (¿cuándo no lo han sido?), los coches no contaminan, la ropa es friendly, hay equipos de fútbol que por un día se visten de verde clamando por la sostenibilidad del planeta después de embarcar en un vuelo chárter para jugar un partido a miles de kilómetros de distancia de su casa… Palabras, márquetin, necesidad de ingresos y de proyección pública. Pero este tipo de negocio tiene la virtud de que, bien por presión del consumidor, bien por autoexigencia interesada, los procesos de producción y distribución van transformándose e incorporan demandas sociales y mejoras que benefician a todos. Es una forma nada desdeñable de avanzar en la responsabilidad social y medioambiental. Es algo.

El segundo es la parcela conquistada por ciertos individuos que se ganan la vida con una agenda alarmista bien diseñada: guionistas de género gore, niñas sin garbo pero con catamarán de diseño y toda suerte de gurúes varios que agitan el pocillo para acrecentar sus ganancias. Terreno de lobos y lobbies. La verdad es que, gracias a ellos, mucha gente, sobre todo jóvenes, toman conciencia e intentan comprometerse sinceramente por un futuro mejor. Un cierto activismo siempre es necesario para mejorar la sociedad, aunque nunca han de faltar grajos que se aprovechen de ello.

El tercero es el más pernicioso. Es el negocio ideológico, sustentado en un márquetin demoledor, en donde todo se manipula impúdicamente y que carece de modulación en la práctica. El negocio climático empresarial tiene la regulación del mercado, que aprueba o deniega según el éxito de la estrategia comercial adoptada. El negocio climático de los gurúes también se va corrigiendo a medida que algunos se van retirando después de hacer caja. Pero el negocio ideológico no busca el beneficio económico o el aplauso inmediato, sino que mira más allá.

El proceso siempre es el mismo. Yo me apropio de unos ideales nobles, de unas necesidades sociales que todos desean satisfacer, los transformo en urgencias y emociones y luego me busco un enemigo (mejor, varios) a los que achaco todos los males posibles para erigirme yo en el adalid de las justas demandas de la ciudadanía. Mensajes simples manejados con habilidad. Imaginen ustedes otros casos si lo desean: abundan. Yo no pondré más ejemplos que éste del cambio climático y uno nuevo al que ya los gabinetes de prensa de los partidos políticos han calificado como muy rentable y que empieza a ser pieza codiciada: la lucha contra la despoblación y la España vaciada.

Este tercer tipo de negocio es muy peligroso. Tiene como objetivo final la manipulación de las conciencias para beneficio propio en mucho mayor grado que los anteriores y está especialmente dirigido a las nuevas generaciones, con menos criterio natural para distinguir entre realidad y artificio. Ingeniería social a medio y largo plazo. Piensen en Cataluña.