Cuando los padres son una gota de el cielo en la tierra

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Señora directora:

Se cumplen en estos días, diez años del fallecimiento de mi padre, José Gabriel Esteban (segoviano de nacimiento) y quince años del fallecimiento de mi madre Mª de los Ángeles Moreno y aunque no soy capaz de darme cuenta de cómo ha pasado el tiempo, no transcurre un solo día sin que me acuerde de ellos, incluso a veces, me sorprendo a mí misma, haciendo cosas que tantas veces se las había criticado.

Hace muchos años, San Pablo (un romano convertido) les hablaba a los corintios, basándose en el capítulo 64 de Isaías, que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, lo que Dios tiene preparado para los que le aman”, pero creo que determinados seres humanos te hacen sentir, aunque solo sea una gota, de ese cielo, con sus valores inquebrantables, su fe comprometida, su transmisión de las cosas bien hechas, de la educación, de la preocupación por los otros, de la dedicación a los demás, sin priorizar los valores materiales.

Mis padres se encontraron con su primera hija Síndrome de Down (va a cumplir sesenta años) y aunque para ellos tuvo que ser una sorpresa, jamás les oímos una queja, ni un disgusto, sino que por el contrario, se convirtió en un reto para ellos mismos y desde el primer momento, mi padre, junto con otros padres (aunque nadie se lo haya reconocido) buscó la forma de que pudieran ser escolarizados, primero en unos locales, después en el colegio Nuestra Señora de la Esperanza y más tarde, cuando ya eran adultos, en los Talleres de APADEFIM en el Sotillo, asociación que crearon para atender todas las necesidades de todos los niños de la provincia de Segovia.

Desde pequeña, mi padre dedicaba muchas horas a trabajar por la Asociación, después de su larga jornada laboral, mientras mi madre colaboraba con él, cuidando de las cuatro hijas que tuvieron. Siempre el espíritu incansable por quién lo merecía todo, aunque no pudiera devolverle nada más que una sonrisa o el cariño con los que los chavales de APADEFIM le llamaban “señor Lozoya”.

Cuando lo vives en carne propia, cuando sientes el amor a los demás, a aquellos que más lo necesitan, el tiempo dedicado sin compensación económica (que tanto prima en nuestra sociedad), sabes que te estás impregnando de valores que se marcarán a fuego en tu vida y en tu personalidad.

Mi madre, cuando sus hijas crecieron, se comprometió con la sociedad segoviana (aunque ella era de Burgos) participando en la Asociación de Amas de Casa, en la Sociedad Filarmónica, en la Asociación de vecinos del Barrio y hasta en los Mensajeros de la parroquia de San Millán. Su espíritu inquieto, la acompañó hasta su muerte y nunca dejó de vivir intensamente cada día, incluso durante la enfermedad del cáncer al que se enfrentó como una auténtica heroína.

Estoy segura de que no soy un caso aislado y que, de forma anónima muchos padres nos han transmitido a generaciones enteras, unos valores tan refinados, que puestos en marcha crearían sociedades más justas, equitativas, donde el otro solo es diferente por ser otra persona, pero que vale infinitamente por ser hombre o mujer, independientemente de su cualificación profesional, de sus estudios, de su dinero, de sus creencias, de su estatus social, de su fama y de sus seguidores. Tan solo es un ser humano y como tal merece nuestro máximo respeto. ¡Cuánto necesitamos recordar la esencia del ser humano!.

Agradezco a mis padres todo lo que me transmitieron con su vida, que después transmitieron a mis sobrinos (querían con locura a sus tres nietos), incluso para mi padre, sus dos nietos (después de haber tenido cuatro hijas) fueron un regalo maravilloso hasta su muerte.

Dedico estas palabras, no solo a mis padres, sino a los millones de padres en el mundo, que como padres, tíos, primos, sobrinos, abuelos o bisabuelos nos han hecho sentir en la tierra una gota de El Cielo.

Rosa María Esteban Moreno