La guerra y el recibo de la luz

Señor director:

Una guerra, en cualquiera de sus formas, es siempre algo terrible para un país, pero es infinitamente peor cuando se trata de una guerra civil.

Una guerra fratricida que implica como enemigos a gente tan cercana como vecinos de la misma región, del mismo pueblo, incluso entre familiares, es algo tremendo porque abre heridas muy profundas que tardan muchísimo en cicatrizar y que, para conseguir una reconciliación requiere mucho tiempo y sobre todo, mucho generoso esfuerzo por parte de todos los implicados durante varias generaciones.

En nuestro país han transcurrido 82 años desde el final de nuestra desgraciada guerra civil, y cuando, ya felizmente llegada la Democracia, tuvo lugar aquella admirable Transición donde aquellos políticos de ideologías tan diferentes, se esforzaron de forma tan generosa y ejemplar para intentar reconciliar posturas que a veces eran prácticamente irreconciliables, parecía que habíamos logrado cerrar esas heridas tan profundas.

Pero de vez en cuando, y casi siempre coincidiendo con situaciones donde hay que desviar la atención de acuciantes é incómodos problemas actuales, algunos políticos desempolvan de nuevo los terribles fantasmas de ese dolorosísimo pasado y ponen sobre la mesa de nuevo aquel sufrimiento, aquel rencor y aquel odio, sin importarles demasiado avivarlos.

Si hiciéramos una encuesta entre los españoles y preguntáramos que le importa más a la gente 82 años después:

¿Exhumar los restos de Primo de Rivera o solucionar el escandaloso asunto del recibo de la luz, que ha batido un record histórico de subida, ante el gesto hierático, rayano en la indiferencia del Ministro de Consumo, Sr. Garzón?

¿De veras cree el Gobierno que los ciudadanos apostarían por la primera opción?

MARIBEL EGIDO CARRASCO