Inocentes

Señor director:

Como todos los días se levanta temprano. Ha quedado con sus amigos y no le gusta llegar tarde. Nunca lo hace. Tiene bien merecida su fama de chico puntual. Mira su móvil, un poco anticuado, sí ¡ya le gustaría a él tener un “iphone” de última generación! Eso y la moto, que con dieciséis ya se puede sacar el carné. Ambas cosas llegarán, no le queda ninguna duda. Se mira al espejo. Está verdaderamente guapo con ese corte de pelo, rapado alrededor y un poco más largo en la parte de arriba. Hoy toca la camiseta del Barça con Messi a la espalda. Le queda algo pequeña porque está dando el estirón como dice su madre, que le riñe por andar encorvado. ¡Algún día los brazos te van a llegar al suelo! le dice mientras le da unos golpecitos cariñosos en la espalda. Aunque ya casi mide uno ochenta, es el pequeño de la casa y para sus padres siempre lo será Desayuna y coge su mochila. Sus amigos se le han adelantado, cosa rara, y ya le esperan en la calle. ¡Adiós, mamá, que tengas un buen día! La besa y abraza, pero hoy el abrazo parece algo más largo que de costumbre.

Hasta aquí podría ser el principio de un día como tantos otros en la vida de cualquier adolescente del mundo que sale de su casa para ir al instituto. La diferencia está en que Mohamed y sus amigos no llevan libros en la mochila sino trajes de neopreno que no van a utilizar para ir a clases de natación sino para, cuando llegue la noche, cruzar a nado esa distancia azul, fría y salada que separa la pobreza y falta de futuro del deseo de una vida mejor.

Tengo dos hijos que, como Mohamed, también tuvieron dieciséis años, ganas de tener una moto y un móvil más moderno. Llevan su mismo corte de pelo y la camiseta de Messi aún descansa en algún cajón de su cuarto no lejos, quizás, del traje de neopreno cuyo fin sí fue una piscina.

Solo espero que, si algún día uno de ellos llega sediento y exhausto al final de su camino, haya un ser humano al otro lado que sea capaz de calmar su sed mientras le consuela con un abrazo.

A todas esas personas inocentes que están pagando muy cara la sinrazón de los culpables.

TERESA SANTOS BERNARDOS