Arancha G. Herranz – Viaje sin escalas

En el intento de reconocernos de nuevo por tus calles de siempre, emergen inevitables momentos pasados, dolientes, mientras transcurre la escena goyesca de la razón y los monstruos, añorando volver a encontrarnos cuando todo esto pase, implorando una prórroga para recuperar los abrazos perdidos, que esperan, contenidos, su liberación.

Demando el olor de la hierba recién cortada, y reactivar todos mis instintos. Quiero descongelar la risa mientras celebro el gesto acogedor de nuestros mayores que rinden el rescate más aplaudido de todos cuando paralizados por la incertidumbre y el miedo te dedican casi mudos el saludo más valioso, algo más que un impulso de buena educación, animando a continuar el viaje.

Distantes, reacios, en una calma tensa queriendo volver a ser los mismos de antes. Supervivientes afortunados que han de reflotar casi ahogados por el naufragio.

Agradecidos de volver a contemplar tus indelebles puestas de sol desde La Fuensanta, pellizcándonos si eso que vemos son las gavillas de un paisaje cabizbajo que es testigo de un guión surrealista de miradas congeladas, reprimiendo el pesimismo entre pacientes y longevos pinos espinariegos, que susurran al oído su chasquido misterioso.

Hoy regreso a mis años mozos y te recorro activando mis sentidos por La Forestal hasta Arroyo Mayor, escuchando el sonido del agua y de los pájaros, los ruidos del bosque encantado, con ausencias y vacíos, tocados pero no hundidos, sometidos y rebeldes recuperando el aliento en este hospital de la sierra.