Arancha G. Herranz – Érase otra vez, cigüeñas espinariegas

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Propietarias de inmejorables vistas en campanarios, chimeneas y tejados, constructoras innatas, hacendosas diligentes, cumplidoras artesanas, protectoras y familiares, emparejadas viajeras comprometidas, con memoria e instinto privilegiado, de pico robusto y cuello largo, esbeltas y expertas cuidadoras de plumaje blanco y alas grandes, pasajeras de un vuelo de altura. Moradoras eventuales reincidentes, desalojadas por una polémica preservación del patrimonio histórico. Vecinas de temporada que recalan desde hace siglos en tierra segoviana. Dueñas del paisaje, concertistas con su inequívoco crotoreo. Encomendadas a la tarea materno filial que las convierte en reconocidas protagonistas de la historia del municipio y de nuestras vidas. Cigüeñas en matrimonio que regresan al mismo cubil de peregrinajes compartidos, reorganizando el desaguisado por la intemperie y la apatía de la climatología. Signos de identidad en estas tierras altas, como ya recogía Machado en sus versos hace unas cuantas primaveras: “Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario/ girando en torno a la torre y al caserón solitario”. Un retorno, el suyo, esperado y enigmático, para abandonarnos tras el solsticio de verano. Infancias imborrables al bajar la calle San Roque, divisando a lo lejos su asentamiento itinerante sobre el tejado de San Eutropio. Marquesas del Palacio del Esquileo, profesoras de didáctica práctica con sus polluelos, inmersos en un aprendizaje por imitación con la Mujer Muerta de testigo. Arropadas por el sol generoso del mes de mayo, recobramos los recovecos de la memoria con esa banda sonora tan peculiar. Cigüeñas insignes de la Villa de El Espinar, nobles acreedoras de una herencia omnipresente aún cuando desiertos nos quedan sus nidos.