Ángel Gracia Ruiz (*) – Ser médico

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En la mayoría de los casos se trata de una opción de vida vocacional. En esto se diferencia de otras profesiones en las que suele primar su buena salida remunerativa o su acomodo en el colchón de la estabilidad laboral. Un médico nace, el sistema lo deshace y en los momentos de crisis renace.

Desde muy pequeños apuntan maneras. Les encanta explorar a otros desde la más exquisita pureza, mucho antes de haber nacido en ellos el primer atisbo de deseo sexual. Según van creciendo, destinan la habitación de su cuerpo a laboratorio de su propia experiencia. Y más adelante, se convierten en intrépidos exploradores de sí mismos. ¿Cómo voy a ser capaz de tratar a mis pacientes si no me conozco? —se preguntan a menudo. Y entretanto, germina en su seno una actitud de servicio, que callan sigilosamente, porque trasciende las fronteras de la mera satisfacción personal y eso no suele entenderse bien por la gente.

Y es que el médico está hecho de otra pasta, mucho más dura que el resto. Su costumbre de coquetear a diario con la muerte los acaba convirtiendo en expertos degustadores de la vida.
El sistema conoce bien sus valores y, consecuentemente, trata de subyugar a estos héroes de la única manera posible, utilizando contra ellos unas armas contra las que no pueden luchar. Un médico antepondrá siempre la salud y el bienestar de sus pacientes a sus propios intereses o derechos. Y eso lo saben, desde hace mucho tiempo, quienes nos gobiernan. Llevan años y años ahogándolos, despreciándolos, ninguneándolos, destrozando un sistema sanitario público ejemplar en favor de una sanidad privada que, absorbida por los grandes lobbies, va a terminar hundida, en unos años, en el océano del enriquecimiento de unos pocos. Eso sí. En situaciones catastróficas, se vuelve a contar con ellos, porque tienen la certeza de que siempre estarán dispuestos.

El médico es el señuelo, el buque insignia, de la gran flota compuesta por la totalidad del personal sanitario. Enfermeras, Auxiliares, administrativos, celadores, limpiadores, etc., navegan en el mismo barco.

GRACIAS, por ser médicos.
GRACIAS, por ayudarnos.
GRACIAS, por jugaros la vida, día a día, por nosotros.
GRACIAS, por anteponer vuestra profesionalidad, vuestros valores y sabiduría ante todo y en beneficio de todos nosotros.
GRACIAS, por vuestra falta de sueño, vuestro mal comer y vuestra entrega absoluta a nosotros durante estos momentos.
GRACIAS, por ese esfuerzo emocional titánico que supone tener a vuestras familias en este estado de permanente preocupación y, a pesar de ello, seguir adelante.
GRACIAS, por mitigar nuestro dolor en los momentos de sufrimiento.
GRACIAS, por dedicaros a la ciencia de engañar a la muerte para alargar nuestra vida.
GRACIAS, por transmitir confianza a quien se está cagando de miedo acumulando papel higiénico.
GRACIAS, por dedicarnos el tiempo que arañáis a hurtadillas a los vuestros.

Somos muchos los que os admiramos, reconocemos vuestra labor, os respetamos; los que nos quedamos perplejos con vuestro “ojo clínico”; los que nos sorprendemos ante vuestra capacidad de tomar decisiones vitales a cada instante; los que veneramos la entrega y sacrifico que os acompañan durante el ejercicio de vuestra profesión.
En estos momentos y siempre, GRACIAS.

(*) Abogado.