Ángel Gracia Ruiz – Memorial democrático y Agapito Marazuela

Traspasar las rejas de la cárcel sigue produciendo un sentimiento sobrecogedor. Esa puerta que he cruzado tantas veces como abogado para entrevistarme con algún preso, no hace tanto tiempo, continúa sonando a ecos desgarradores de privación de libertad. El frío se sigue agarrando como un piojo a los pies y a los huesos. Y una sensación de pena, difícil de describir, encoje el alma de cualquier persona que esté familiarizada con la escucha de su sentir.

Era un día muy especial. Sabía que me iba a reencontrar con mi abuelo, ochenta y tres años después. Y allí estaba él, Ángel Gracia, materializado en una fotografía, junto a un grupo de valientes, unidos por el mismo destino: la privación de libertad y, en algunos casos, la muerte. El único delito cometido por mi abuelo Ángel, fue ser un buen maestro de escuela, consecuente con sus ideas, e ilusionado con el aire fresco de la Institución Libre de Enseñanza.

Pocos días después del alzamiento, fue arrebatado de los brazos de mi abuela, Fuencisla, y de tres niños pequeños que se agarraban a sus pantalones. Pasó unos días en la cárcel vieja, en la actual Casa de Lectura; no muchos. Una noche de agosto de 1936, sin proceso judicial, lo fusilaron, acribillándolo como a un conejo, en el pinar cercano al Puente Uñez. Mi abuela, también maestra, no pudo asimilar tamaña injusticia, falleciendo a los pocos meses de un cáncer de pecho, represaliada y suspendida de empleo y sueldo, dejando aquí a tres huerfanitos. Ella siempre había luchado por la libertad e igualdad de la mujer. Fueron pocas las mujeres que, como ella, traspasaron nuestras fronteras en la década de los años veinte, para el ejercicio y la formación en la profesión que ejercían aquí.

Sin odio, sin el más mínimo atisbo de rencor, y con un inmenso agradecimiento a mi pasado linaje, olvidé por completo que me encontraba en la cárcel.

En frente de mi abuelo Ángel, estaba su amigo Agapito. ¡Qué gran homenaje le brinda Lidia Martín en su documental “Agapito Marazuela, la estatua partida”!. Puro amor, reconocimiento, y buen hacer cinematográfico, emanan de cada plano. Con una delicada aguja de oro entreteje la palabra de Agapito, las imágenes, su canto inigualable, y la voz de sus amigos. Es un trabajo realmente emotivo, grabado en el tono de ese diapasón que el Maestro sacaba del bolsillo en tantas ocasiones, para poner orden, para dar la nota, para afinar la interpretación.

Agapito es un personaje esencial en la historia de mi vida. Me da vergüenza decir que el Gran Maestro venía a mi casa a enseñarme solfeo, y a tocar esa guitarra que él eligió para mí. Colocaba mis deditos con delicada firmeza sobre los trastes del instrumento y, el “Romance anónimo”, y composiciones más complicadas después, de Granados y otros, comenzaron a emanar, poco a poco, de aquellas seis cuerdas.

Agapito venía a comer muchos domingos a casa. Otros, iba donde Manolo (González Herrero). Era un hombre bueno, enjuto, austero, delgado pero fuerte, serio y a la vez simpático, callado hasta que se soltaba. Entonces, contaba anécdotas maravillosas que adornaba con coplas entroncadas entre la sucesión de sus palabras.

El arroz con leche de mi abuela le gustaba a rabiar y, era tan educado, que no se atrevía de decirla nunca que no, a un segundo platito. Luego, teníamos que dar un paseo con él hasta que su ya ajado cuerpo lo digería.

A veces oigo (porque no escucho) a colectivos que se manifiestan contra el homenaje a la memoria histórica. Y yo me pregunto: ¿Qué somos nosotros sin nuestra memoria?. ¿Con qué nos quedamos si nos la roban?. Es tan nuestra, que no es diferente a nosotros mismos. La memoria es el archivo que utiliza el intelecto para discernir y razonar. En ella se encuentran guardados nuestros más profundos secretos. Todas nuestras impresiones, todas nuestras experiencias se cobijan, como un tesoro, en el cofre de nuestra memoria. Es ella la que nos da ese “toque” de individualidad y de diferencia, que nos hace ser quienes somos y actuar como actuamos.

Cuando una memoria está llena del recuerdo de hombres y mujeres buenos, y la honramos, nos hacemos un poco mejores personas. Esa es la gracia que ellos nos otorgan, y este es el homenaje con el que nosotros así lo manifestamos.