Ángel González Pieras – Museos y economía

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Atesoro en una libretita de lomos gastados el nombre de los museos que han formado parte de mi vida. Como contabilizo, en otra, las estaciones del mundo en las que he tenido el gusto de esquiar. Son mis muescas particulares en el revólver de la existencia. Pocas experiencias considero más gratificantes que echar horas viendo obras de arte, imbuido en el ambiente de un edificio singular, como lo son la mayoría de los museos, o integrado en el paisaje particular de unas montañas nevadas mientras disfruto de un buen giro sobre los esquíes.

El lunes pasado fue el Día Internacional de los Museos. Unos centros que han permanecido cerrados durante la pandemia, contraviniendo la finalidad para la que fueron creados. Imaginamos las salas solas, hueras, sin los observadores que dan alma a las obras de arte. Los museos son fuente de conocimiento pero sobre todo de gozo. Siempre que hablo de ellos me viene al recuerdo el protagonista de “Maestros Antiguos”, de Thomas Bernard, acudiendo con periodicidad a contemplar “El hombre de la barba blanca”, de Tintoretto, en el Kunthistorische Museum de Viena. Encerrado en sí mismo; configurando una torre ebúrnea con la pintura.

También poseen estos centros una innegable dimensión económica. Algunas ciudades españolas los han utilizado como un factor de “exportación de atención” o como locomotora de destino turístico. Siguen el efecto de la implantación del Guggenheim en Bilbao (2003), fenómeno precedido por la milla de oro madrileña, publicitada como tal tras la apertura del Thyssen en octubre de 1992. La mayor parte del consumo de los visitantes de los museos se realiza fuera de ellos; según algunos estudios solo absorben el 3% del gasto del visitante. Tienen, como las estaciones de esquí, un fuerte efecto palanca. Su visitante medio posee una saneada profesión y su capacidad económica es superior a la del turista típico. Y en muchos casos es extranjero. De los 2,9 millones de visitantes que tuvo el Museo del Prado en el 2018, el 59,39% tenían su residencia fuera de España; y de los nacionales, solo el 17,73% eran de Madrid. Ahí reside su potencial.

La caza del visitante posee, sin embargo, desigual éxito, lo que se traduce en algunos casos en un mayor consumo de recursos, el cual se justifica precisamente en el efecto difusor que proyectan hacia el conjunto de la sociedad en el que están inmersos. Con datos basados en un estudio presentado en el Seminario Internacional sobre la Economía Inducida de los Museos (2005), celebrado en Valencia, la horquilla oscila entre los 10 euros que cuesta cada visitante a la Fundación César Manrique, o los 18 del Guggenheim, a los más de 70 del IVAM valenciano o a los casi 80 euros del Artium de Vitoria (todos datos de 2003). Pocas veces, sin embargo, se cuestiona el cierre de uno de estos establecimientos por su falta de rentabilidad. Antes al contrario, la expansión de sucursales internacionales da lugar a que algunas ciudades, como el caso de Málaga, hagan de ellas una seña de identidad.

Este “branding” territorial va en ocasiones unido a la revolución urbanística que supone la apertura de un museo. Ya solo la arquitectura de autor (Ghery, Foster, Moneo, Piano, Koolhaas, Nouvelle, Calatrava, Hadid) es por sí misma garantía de desarrollo urbano, que tiende adecuarse a la nueva obra. Bien es verdad que a veces el fracaso es sonado, y que el riesgo de continente con escaso contenido persigue a algunos de estos proyectos (caso del Museo Pablo Serrano, de Zaragoza), generalmente dedicados al arte contemporáneo; pero en ninguna ocasión la sociedad se ha cuestionado, al menos hasta el momento, sobre criterios de eficacia, eficiencia y oportunidad en esta materia.