Ángel González Pieras – Moby Dick

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La primera vez que leí Moby Dick fue por obligación: No es la mejor manera de adentrarse en la literatura, pero no es la peor: la peor es no adentrase en la literatura, ni siquiera por obligación. Me pareció un libro mastodóntico. 135 capítulos pueden resultar una enormidad si el libro no es extraordinario. Aunque entonces vivía junto al mar, y todo lo del mar me era propio, me asustaba ese talante enciclopédico que tiene la novela sobre la caza de ballenas y la vida marinera del siglo XIX. Cuando en un relato la descripción es muy pormenorizada corre el peligro de ahogar la narración, de que se pierda en un excesivo pespunteo la hilazón necesaria en el desarrollo del argumento y en la definición de los personajes encargados de llevarlo a cabo. Pero mis dudas se disiparon conforme fueron pasando las hojas y asistía impertérrito al discurso de Ismael sobre la obsesión del capitán Ahab por la caza del cachalote blanco; a la descripción de ese microcosmos que formaban los tripulantes del Pequod; a la patología psicológica que ensombrecía de manera progresiva la mente del tiránico capitán. Y me ganó la narración frenética que en su parte final adoptaba los mismos tics infernales que Ahab; su trasmutación de novela de aventuras en ensayo metafísico y psicológico.

Si la diferencia entre una persona vulgar y una brillante es un par de verdejos, lo que separa una obra maestra de una corriente es su capacidad de quedar palpitando en la mente del lector una vez que el punto final se evidencia; y los descubrimientos que surgen en distintas relecturas; y el código moral que desarrolla y que aunque no se comparta es capaz de abrir una espita en principios y nostalgias previamente asentados en quien se enfrenta al libro.

Todo eso es Moby Dick. Desde esa primera lectura ha acompañado mi vida como han formado parte de mi patrimonio sentimental la catedral de San Pedro de Jaca; el Vega Sicila; el Adagieto de Mahler, Monte Perdido o la Tempestad de El Giorgione. Cumplen con eficacia la función de los agarraderos en puerto ante la mar bravía, la de los pivotes multicolores que señalan la ruta precisa en los días de ventisca. Por ellos merece la pena seguir anclado a la vida, al no perderse nunca la esperanza de editar viejas glorias o de revivir antiguos placeres. Son el “modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación sanguínea (…), mis sustitutivos de la pistola y la bala”, y utilizo las palabras del narrador de Moby Dick al definir al principio del libro lo que supone para él la mar. Como se deduce, marca estilo desde el comienzo.

Un día como hoy se cumplen doscientos años del nacimiento de Hermann Melville, el escritor con quien estoy en deuda al salir de su pluma esa obra maestra. Un autor portentoso que, sin embargo, sumó fracaso tras fracaso en cada una de sus publicaciones. Y eso que dos de sus relatos breves merecen la pena figurar en una Biblioteca de Alejandría actual de libros imprescindibles. Pido disculpa al lector y a la editora de este periódico por tener yo mayor protagonismo del deseado en este artículo dirigido a Melville, pero los dos que citaré a continuación forman también parte de mi pasado, el único patrimonio al que no se puede renunciar. Uno de ellos, Benito Cereno, lo publicó esa estupenda colección que Salvat tituló libros RTV y con la que se pretendía alentar la vocación lectora de los españoles del tardofranquismo. Es un libro extraño, en ocasiones inexplicable, y muy simbólico. Al contrario que en Europa, los simbolistas americanos acudieron a la prosa y no a la poesía, con la sola salvedad de Walt Whitman. Entre ellos se cuentan Hawthorne, Poe y el propio Melville. Benito Cereno es otro relato marino pero lleno de intriga y misterio. Recuerdo que lo abrí y no pude dejar de leer hasta que sobrecogido cerré las tapas. Y eso que la edición de Salvat no invitaba a las grandes jornadas lectoras.

El otro relato es Bartleby, la historia de un escribiente atrapado en un microcosmos y dependiendo de unas leyes inexplicables de los que no sabe salir. Kafka antes de Kafka. Beckett antes de Beckett. Quién da más.

Herman Melville vivió una vida en la que primó de joven el azar y la aventura –condimentos vitales nada desdeñables- pero los fracasos como escritor terminaron por agriar su carácter. Persona hermética, crítica, en pelea constante con el mundo fue desahuciado y relegado como oficinista de aduana en la última parte de su existencia. La energía vital de la juventud se truncó en un sedentarismo abúlico y silente. Murió sin conocer el éxito, que sobrevino hacia mitad del pasado siglo. No lo pudo disfrutar. Nosotros, en cambio, si lo hacemos con su obra, que contribuye a que este mundo esférico sea algo más que un enigma vacío.