Ángel González Pieras – La Gran Dama

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Posiblemente nunca dejaré de observar el ábside de la catedral con ojos de turista; o, cuanto menos, de viajero ávido y curioso. En última instancia, de foráneo. Posiblemente mis ojos rememoren en estas noches de verano segoviano, frente a la catedral iluminada, la primera vez que se enfrentaron, admirados, a una enorme nube de algodón de azúcar o recalaron en las hermosas trenzas de una niña pelirroja allá por los sesenta.

Espero nunca perder la admiración que siento por el ábside de la catedral —iluminada o no, pero siempre con luz—, por el acueducto, por la portada románica de la Casa de los Contreras, por el Torreón de los Lozoya, por las pinturas de San Clemente, por la Segovia soterrada que discurre por parte de las Canonjías, por el cimborrio de San Millán, por el esgrafiado de la Claustra, por la soledad vigilante de la Veracruz: que nunca la costumbre haga de ellos rincones cotidianos ante los que la vida pasa sin detenerse siquiera un rato.

Aprendí a amar a Segovia antes de que mis ojos se emborracharan de su belleza pétrea. Fue en la prosa de María Zambrano sobre los valles de la ciudad; sobre el ansia de luz de su catedral; en el libro de José Maria Otero (edición de 1915), que devoré como si fuera un relato de Joseph Conrad cuando aún no sabía el destino de vida que me aguardaba en la ciudad. Fue ante la figura de Cándido, a quien confundí con una estatua bajo el dintel de la entrada de su taberna, como él la llamaba. Hoy, cuarenta y cinco años después, la disfruto en una noche estival, sentando en la Plaza Mayor, cuando hasta la luna parece crecer de manera infinita para así mejor admirarla.

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