Ángel González Pieras – La economía del s. XXI. La hiperglobalización (II)

La globalización de los mercados y la deslocalización de los procesos productivos no es un fenómeno moderno: uno de los motivos que animó en el XVII la revuelta de las provincias del Norte –hoy Holanda- ante España fue la permisividad del gobernador ante la importación de telas de distintas procedencias, entre ellas Gran Bretaña y Segovia. Incluso en la ciudad segoviana sus gremios realizaban parte del trabajo que luego se concluía en talleres holandeses. En ocasiones los intercambios eran telas por cuadros. Gracias a ello disfrutamos en nuestra ciudad de algunas tablas de Ambrosius Benson de extraordinaria calidad.

Pero ha sido desde finales del siglo XX cuando la tendencia se ha disparado. Una fábrica de ropa deportiva y de montaña española realiza el primer ensamblaje en Marruecos y el segundo en Polonia. Una empresa zaragozana levantó una fabrica en China con la excusa de penetrar en el mercado asiático, cuando la realidad es que lo allí producido se exporta a países americanos, función que podía haberla cumplido ampliando su fábrica aragonesa. Holanda basa parte del superávit en la balanza de pagos no porque exporte más producto nacional que el que importa, sino simplemente porque ha sustituido parte de su producción por importación que después coloca en otros mercados realizando puro “trading”. El paroxismo de la deslocalización, sin embargo, tiene su ejemplo máximo en Gran Bretaña, que ha llegado a plantearse eliminar poco a poco la agricultura como sector productivo y depender de la importación de alimentos de terceros.

La crisis del coronavirus ha devuelto la mirada de los Gobiernos hacía los sectores productivos de cada país. Ya no se admitirá con facilidad que una parte sustancial de los suministros médicos se produzcan en China por cuestiones de eficacia económica. Y lo que ocurre con los suministros sanitarios se extenderá a otros sectores considerados estratégicos para un país. No es que vaya a resurgir ahora la autarquía como sistema económico ni que sean los niveles exigidos de autosuficiencia los que vayan a propiciar localismos y un repliegue dentro de las fronteras nacionales: son muchas las inercias de épocas anteriores y la población europea y mundial está lo suficientemente interconectada como para volver a la política de ciudades o comunidades pequeñas y aisladas, pero es muy probable que exista un retraimiento parcial de la economía hacia las fronteras nacionales, lo que conllevará una implicación decisiva de los Gobiernos –sin descartar las nacionalizaciones- y una nueva redefinición del papel de los poderes públicos a escala europea, ahora ganado ese campo por la idea general de una liberalización en la que solo se excluyen servicios considerados esenciales. John Gray, catedrático Emérito de la London School of Economics, escribe: “La era del apogeo de la globalización ha llegado a su fin. Un sistema económico basado en la producción a escala mundial y en largas cadenas de abastecimiento se está transformando en otro menos interconectado, y un modo de vida impulsado por la movilidad incesante tiembla y se detiene”. En opinión de Gray estamos asistiendo a un adiós a la hiperglobalización y a la deslocalización como norma habitual de comportamiento económico. Será la consecuencia de las rendijas en los procesos productivos que ha dejado en evidencia el virus. La crisis del 2008 conllevó una mayor regulación de los mercados financieros. Pero no acabó con los movimientos especulativos. Puede que las cosas no se desarrollen de la manera tan radical apuntada por Gray pero es muy probable que se haya llegado a un punto de inflexión en las relaciones mercantiles y que los Estados vuelvan a jugar un papel esencial en estas.