Ángel González Pieras – La calle no tiene razón

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En una democracia la calle no tiene razón. Una democracia posee instituciones y mecanismos para encauzar el libre albedrío de todos. Esa es su fuerza moral: la generalidad. No ser solo el eco de los vociferantes, de los exhibicionistas, de quienes la utilizan –y siempre serán unos pocos, por muy numerosa que sea la multitud- para hostigar la voluntad expresada democráticamente en las urnas y gestionada por las instituciones salidas precisamente de un acuerdo previo de todos. Es mediante este proceso, en donde una sociedad se autoafirma, proyecta su decisión de vivir, define cómo quiere vivir: supone, a la postre, el nexo de unión entre el sistema moral predominante y su plasmación en las normas, que son las que otorgarán fuerza coactiva a lo que previamente es un conjunto de valores latentes en el cuerpo social.

No empecé ello al derecho de manifestación –protegido por la Constitución española; es decir, por el mecanismo superior con el que la democracia se dota-, ni a las fiestas en la calle ni a las algaradas y tumultos. Sin embargo, nunca el ejercicio de un derecho debe obviar sus límites y olvidar que es en la calle en donde se liberan las pasiones más primarias, el sectarismo, el hostigamiento que se ampara en el anonimato de la masa. La calle, como todo escenario multitudinario, es el vomitorio alternativo en donde se da rienda suelta al deseo de salir de la oscuridad, pero sin la fortaleza moral del héroe, a hurtadillas, porque los corifeos forman un cuerpo compacto, impersonal, sin riesgo. Los dictadores gustan de darse un baño de masas porque la pretensión intelectual de estas es mínima. Más bien es la expresión bifronte de una adhesión sin fisura o de un rechazo sin matices; en definitiva, de una intolerancia y de un sentimiento radical cuyo punto de ignición es bajo y por lo tanto su mecha susceptible de ser prendida y propagada con poco que se haga. Entonces, las ocurrencias sustituyen al pensamiento, los lemas a las ideas, las consignas tipo tuits al diálogo. Produce vergüenza observar en Pamplona a unos cuantos folloneros facistoides increpar a los miembros de un Concejo elegido democráticamente.

Resulta bochornoso contemplar en Madrid cómo los que han sufrido exclusión durante tantos años impiden la manifestación libre de quienes, por cierto, han luchado en las instituciones por el reconocimiento de los mismos derechos que ellos históricamente han reclamado. La politización de la calle es la manera más directa de inflamar los ánimos en España y de encauzar las cuentas pendientes del pasado que parece que siguen siendo muchas. Cuando la sociedad está oprimida por regímenes dictatoriales es la única salida moral posible ante el cierre de otros medios. No así cuando existen cauces representativos institucionalizados que responden a un régimen democrático. Quienes creen que las numerosas revueltas españolas del siglo XIX eran una expresión del músculo social se olvidan que contribuyeron a ensalzar los intereses de una élite que una vez en el poder se olvidaron de quienes les habían aupado.

“Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Ese hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que pueblos, naciones, culturas caben padecer”.

No es una reflexión sacada al vuelo de las manifestaciones ultraderechistas que se viven en Europa o de las últimas algaradas españolas. Está escrito por José Ortega y Gasset hace casi un siglo. Época en la que la muchedumbre adquiere presencia como cuerpo permanente de la sociedad, no como consecuencia de acontecimientos extraordinarios, como había ocurrido un siglo antes. Es el hombre que no se diferencia de otro hombre, sino que se repite como tipo genérico, con coincidencia de deseos, de modo de ser y por lo tanto igual a la hora de expresarse a través de sus ritos cotidianos. Lo que diferencia esta muchedumbre de ahora con la del pasado es su expresa politización partidista. Que se utiliza como contrapeso de las urnas y de las instituciones, la verdadera manifestación democrática. Al estar latentes sentimientos y emociones primarias su instrumentalización es más sencilla y efectiva. El objetivo tampoco se dibuja complicado: la imposición por la fuerza, aunque sea de manera momentánea, puntual, de una determinada voluntad. Es la victoria del momento. Ello le diferencia de las revoluciones, que pretendían expandir “erga omnes” un determinado ideario. Los escraches y algaradas actuales poseen una dimensión menor y más puntual. El reproche moral mayor que se les puede imputar a sus protagonistas es que se sientan imbuidos de un derecho preferente frente a los demás, a quienes tachan de usurpadores de un espacio y de unas ideas de las que ellos son los únicos dueños. No solo no se admiten diferencias, sino que incluso se rechazan con violencia, porque consideran que ya que no las instituciones la calle sí es de ellos. Solo de ellos. El lugar en donde ejercer su poder, aunque sea de una manera efímera. El único sitio que permite transmutar conceptos como libertad, derecho, democracia en algo tan tangible como el poder de la masa haciéndose evidente en unas imposiciones groseras, detrás de un insulto, en el vuelo que dibuja una botella lanzada con rabia.