Ángel González Pieras – Consumid, consumid

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Es lo que se debe recomendar en esta época de crisis para contrarrestar el enorme shock de oferta negativa que sufre nuestra economía. Los tratadistas clásicos se echarán las manos a la cabeza. El crecimiento a largo plazo depende de la inversión, y esta del ahorro. Pero este proceso se interrumpe cuando los bancos continentales prefieren invertir sus excedentes en el Banco Central Europeo antes que en clientes finales que los destinen a producir.

Admito de partida dos premisas: España es un país poco ahorrador en relación con la tasa de inversión interna, lo que le obliga a endeudarse con capital exterior —hablo del país pero también de las familias—, y, segundo, la contracción de la oferta unida a una expansión de la demanda puede provocar tensiones inflacionistas. Basta recordar la hiperinflación sufrida por la Alemania de principios de los treinta del siglo pasado o por la España inmersa en la crisis posfranquista. Sin embargo, y aquí reside el matiz, los mecanismos reguladores monetarios no son los mismos ahora que en el pasado. El gran problema actual es la caída de la actividad productiva y los niveles de desempleo que esta puede ocasionar. Por eso creo —y ya lo he escrito anteriormente— que lo último que hay que hacer en una crisis es recortar el gasto público y drenar liquidez al sistema. Esto último incluye no subir impuestos: donde mejor está el dinero en esta coyuntura es a disposición del ciudadano. Aunque se guarde la factura; aunque después lo correcto sea aplicar una saneada política fiscal —equilibrando ingresos y gastos— y de reducción de deuda, tanto a nivel individual como colectivo. Ahora es el momento del consumo. En un país en el que el sector terciario ocupa más del 65% del PIB no es de extrañar que el consumo privado constituya la variable que se incentive o que se constriña según se desarrollen los ciclos económicos.

Es bastante habitual que en épocas en las que se experimenta una contracción económica el ciudadano encamine su renta disponible no al consumo, sino al ahorro. Los seres económicos que somos nos movemos por expectativas y por impulsos. Cuando las expectativas de futuro decaen se reprimen los impulsos, y se ve afectado el gasto en comercio minorista no esencial y en turismo. En un informe reciente, el Banco de España prevé que el descenso en el consumo llegará al 12% en el 2020, y en el año 2021 puede volver a caer un 7% con respecto al periodo de referencia: 2019. Como bien indica el economista José Carlos Díez ello supone una muestra de la magnitud de la crisis en la que estamos inmersos. Valga una sola comparación: en el año 2008, cota cero de la Gran Recesión, el consumo privado cayó un 0,7%, y en el 2009, un 3,5%. Se volverían a repetir estos descensos en los años centrales de la crisis en España, 2011 y 2012; aun así, en el intervalo 2007-2013 “solo” se registró una contracción del 12%.

Escribo este artículo cuando Segovia pasa a la Fase 1 y buena parte de España a la 2. Es posible que al final los resultados no sean tan negativos como su previsión. El español es más propenso al consumo que el nórdico. El comercio supuso en el 2018 un 13% del PIB nacional —dos puntos por encima de la media europea—, siendo el subsector que más empleo concentraba, y más estable: un 17% del total de afiliación a la Seguridad Social —unos tres millones de personas—. Esta crisis le va a afectar, y también el cambio en los hábitos de consumo: el “ecommerce” —funcionando durante el confinamiento— ha crecido un 50% según datos de la patronal de empresas de logística. Bueno sería que la hostelería y el comercio gozaran de planes especiales para que no caigan en masa. Son más que números en nuestra geografía emocional.