Ángel Galindo García – Trabajo autónomo y creativo

Llegadas estas fechas, es tiempo para recordar cómo hace décadas la población castellana trabajaba con intensidad. La época estival era aquella en la que toda la familia, desde los niños pequeños hasta los ancianos, se dedicaba a faenar con la siega, espigando, trillando y realizando otras tareas que duraban de sol a sol.

Pasó el tiempo y vivimos un momento en el que el verano es ocasión propicia de descanso para los que están cansados y tiempo de ocio para quienes no viven del nego-cio. Pero incluso esto ha cambiado.

Hace decenios quienes trabajaban en la fábrica en condición de “obreros”, como decían entonces, también ha cambiado. Hoy, se puede ejercer un trabajo dependiente sin salir de casa a través del teletrabajo o realizar un trabajo como autónomo en forma de hobby. El trabajo se está digitalizando.

En gran parte, esto se debe a que el futuro de la democracia está unido al futuro del capitalismo productivo. Este está vinculado a la evolución de la geopolítica donde una Europa envejecida se verá sorprendida por el rejuvenecimiento de África y, sobre todo, a los cambios biotecnológicos.

En su relación con el capitalismo, las democracias tienen que afrontar una digitalización que ya está cambiando la forma tradicional de entender las relaciones sociales, las transacciones económicas, el sistema financiero y, sobre todo, cambios radicales en el mundo del trabajo.

Nos llega un horizonte laboral nuevo donde el progreso tecnológico que nos proporcionará la inteligencia artificial, la automatización y la robótica, traerá como consecuencia la supresión de muchos “puestos de trabajo” y la creación de “nuevos empleos”.

Pero, aún no tenemos las instituciones sociales preparadas para afrontar este cambio y corremos el peligro de que estos cambios nos pillen a todos con el paso cambiado. Los sindicatos se han convertido en una antigüalla donde sus líderes no trabajan. Por ello, la OIT (Organización Internacional del Trabajo), al conmemorar el centenario de su creación, ha elaborado un documento donde realiza una serie de advertencias para transitar de una economía tradicional a una economía digital.

La OIT señala que los sistemas tradicionales de formación (escolar, universitario, profesional) tienen que modificarse porque ahora el aprendizaje se realizará a lo largo de toda la vida y en gran parte on-line. Con ello muestra que las competencias técnicas con las que ahora estamos organizando la educación y evaluando a nuestros estudiantes no serán las mismas que necesitarán desarrollar cuando accedan al mercado laboral.

Si formamos a las nuevas generaciones solamente para “aprender a hacer” y no los formamos para “aprender a ser”, más que trabajadores o profesionales con dignidad serán únicamente “mano de obra” reciclable, empleados sin virtud y trabajadores poco creativos como marionetas en manos de poderes oscurantistas, es decir, empleados sin conciencia.

También indica que necesitamos un verdadero sistema de protección social planteado en términos de autonomía, corresponsabilidad y solidaridad. Los gobiernos tendrán que poner en marcha iniciativas que promuevan una renta mínima de ciudadanía garantizada y universal. Estas iniciativas no podrán limitarse a un subsidio de paro o un salario de inserción porque el incremento de las desigualdades y la exclusión social irá en aumento.

Hace falta recuperar y promocionar el contrato social, lo que significa reparar las desigualdades, volver a pensar todos los tipos de trabajo y también todos los tiempos de actividad humana. De esta forma, empezar a valorar la riqueza oculta del trabajo informal y no formal, una riqueza vinculada al mundo de los cuidados donde el hogar, la proximidad y la vecindad nos llevarán a buscar formas de vida ecológicas.

Hoy, la meta que se propuso la OIT de promover un trabajo decente y duradero, sólo se conseguirá cuando en lugar de monetarizar (traducir en dinero lo que se produce), digitalizar o mercantilizar (valorar a la persona trabajadora por el rendimiento), empecemos a “ecologizar el trabajo”, es decir, a valorar el trabajo por la satisfacción que proporciona al que lo realiza.

El futuro nos hace recordar las propuestas de la Creación con las que el hombre en el paraíso terrenal podía realizar un trabajo creativo y autónomo porque se sentía inmerso en una naturaleza en la que podía desarrollar su inteligencia con libertad e igualdad.