Ángel Galindo García – La Parroquia

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El término y el concepto “parroquia” tiene su origen en la vida eclesial y religiosa. Pero además es reconocida como institución social y religiosa por el Ministerio de Justicia y por la misma sociedad. En este sentido, quizás muchos ignoren que la parroquia está formada por bautizados y tienen una autonomía independiente respecto a otras instituciones sociales como las ongs, ayuntamientos u otras asociaciones culturales.

Uno de los Dicasterios romanos acaba de publicar un documento titulado “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia”. Está destinado a la iglesia universal y tiene en cuenta la diversidad de culturas y formas de vivir en cristiano dentro de la sociedad.

El objetivo del documento es el de ayudar a las diversas comunidades parroquiales a potenciar la creatividad, que significa «buscar caminos nuevos», o sea «buscar el camino para que el Evangelio sea anunciado». Se trata de un texto que invita a renovar las parroquias mediante la participación más intensa de los laicos y donde abunde la gratuidad, la corresponsabilidad y el servicio religioso dentro de una sociedad laica y no practicante.

Toda parroquia está formada por párrocos, religiosos y laicos o seglares: todos y solos bautizados. Cada grupo tiene su función y los tres se interrelacionan en la vida parroquial. Normalmente en Castilla, en la zona rural, cada parroquia suele coincidir con una localidad, pero pueden existir varias parroquias en una localidad como es evidente en la ciudad.

Las situaciones descritas por esta Instrucción representan una preciosa ocasión para la conversión pastoral en sentido misionero. Es, ciertamente, una invitación a las comunidades parroquiales a salir de sí mismas, ofreciendo instrumentos para una reforma, incluso estructural, orientada a un estilo de comunión y de colaboración, de encuentro y de cercanía, de misericordia y de solicitud por el anuncio del Evangelio

La parroquia posee una larga historia. Pero, la configuración territorial de la parroquia hoy está llamada a confrontarse con una característica peculiar del mundo actual, en el cual la creciente movilidad y la cultura digital han dilatado los confines de la vida parroquial, como ha podido verse durante los días de pandemia.

Como guía para la renovación parroquial se establece el criterio de la misión. Este es el corazón de la deseada conversión pastoral, que debe afectar al anuncio de la Palabra de Dios, la vida sacramental y el testimonio de la caridad; esto es, a los ámbitos esenciales en los que la parroquia crece. Por eso, los fines de la misma no son el arte, la celebración de conciertos o el turismo sino que ha de ser inclusiva, evangelizadora y atenta a los pobres.

En su proceso de renovación y reestructuración, la parroquia debe evitar el riesgo de caer en una excesiva y burocrática organización de eventos y en un ofrecimiento de servicios, que no responden a la dinámica del evangelio y de la evangelización, sino al criterio de auto-conservación.

En el lenguaje actual, tomado de los documentos del Magisterio, en relación con la división interna del territorio diocesano, desde hace algunas décadas, a la parroquia y a las vicarías foráneas, se han agregado expresiones como “zona pastoral”. Estas denominaciones, de hecho, definen formas de organización pastoral de la diócesis, que reflejan una nueva relación entre los fieles y el territorio.

En primer lugar, el párroco en comunión con el Obispo, es una referencia fundamental para la comunidad parroquial, por la tarea de pastor que le corresponde. El párroco y el presbiterio, cultivando la vida común y la fraternidad sacerdotal, celebran la vida sacramental para y junto a la comunidad, y están llamados a organizar la parroquia de tal modo que sea un signo eficaz de comunión.

Además, integrada en la comunidad junto a los clérigos y los laicos, la vida consagrada «se coloca en la dimensión carismática de la Iglesia. La espiritualidad de los Institutos de vida consagrada puede llegar a ser, tanto para los fieles laicos como para el sacerdote, un recurso importante para vivir su vocación».

La comunidad parroquial está compuesta especialmente por fieles laicos, los cuales, en virtud del bautismo y de los otros sacramentos de la iniciación cristiana, y en muchos también del matrimonio, participan en la acción evangelizadora de la Iglesia en los diversos servicios parroquiales.