Ángel Galindo García – Ecología integral y el papa Francisco

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La tarea del cuidado de la naturaleza es una labor de todos. La cumbre del clima (COP25) reunida en Madrid a nadie deja indiferente. El “cuidado de la casa común” es una de las insistencias más pronunciadas por el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si.

Los cristianos siempre se han preocupado del cuidado de la creación. Son continuas las referencias positivas, veáse la actitud de Francisco de Asis, a pesar de que lo distorsionadores del pensamiento cristiano hayan culpado al judaísmo y al cristianismo de instrumentalizar la naturaleza basándose en la ignorancia del concepto “dominar la creación”.

La palabra “dominar” viene del latín ‘Dominus’ y significa Señor, concepto que en la biblia significa hacer lo mismo que Dios hizo, es decir, cuidar, administrar, mimar, la creación que él mismo ha creado. El concepto de dominio, equivalente a destrucción, nace de una mala interpretación de la Ilustración seguida por el capitalismo y la industrialización dura que concibe la naturaleza como objeto de consumo y producción.

El núcleo de la propuesta de la Encíclica del papa Francisco es una ecología integral como nuevo paradigma de justicia, una ecología que “incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea”. Porque no podemos “entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida”.

Esto vale para todo lo que vivimos en los distintos campos: en la economía, la política, en las distintas culturas –especialmente las más amenazadas- y hasta en todo momento de nuestra vida cotidiana. Todo está conectado e interrelacionado o como decía K. Marx, con otra intención, todo está complicado en todo.

Según el pensamiento papal son varias las cuestiones a tener en cuenta para unas buenas políticas sobre energía, apelando tanto al compromiso o implicación personal como a las actuaciones que deberían proporcionar los poderes de las naciones, incluida la niña, Greta Trumberg, utilizada entre otros por J Bardem.

En primer lugar, el consumidor tiene derecho a decidir. El autoconsumo es un derecho, no una opción. Pero el consumo debe ser racional, sobrio y solidario, es decir, teniendo en cuenta a uno mismo y a los otros. El gasto en consumo no debe estar en referencia a una mayor producción que favorece a los ricos, sino en relación con el bien y desarrollo personal y comunitario que origina felicidad.

El sistema energético español requiere cambios, en los que deben intervenir no sólo las empresas eléctricas, las autoridades políticas y administrativas, también el consumidor. En este sentido, la sobriedad y el ahorro, como señala Benedicto XVI, es un problema cultural y existen diversos métodos sobre los que podemos intervenir: incentivos tarifarios, soberanía de la población, descentralización del uso de la energía, en definitiva participación de la sociedad civil.

Se deben dar cambios que sean sostenibles, justos y eficientes, siendo conscientes de que hay costes no reflejados en el precio de la energía y oportunidades para el desarrollo en el tránsito a las energías renovables. Esta evolución solo puede hacerse con alianzas y colaboraciones. Para ello, es necesaria la descarbonización de la economía.

Entre otras acciones, se debe planificar el ahorro y la eficiencia energética en los edificios y en las casas particulares: se pueden construir casas en las ciudades con elementos que no necesiten tanta calefacción y consumo, por ejemplo, la electricidad puede llegar a todos de forma económica.

De la crisis ecológica, surgen algunas consecuencias éticas y retos a tener en cuenta por todos los ciudadanos: el desafío es enorme, pero hay esperanza. Una esperanza que hay que alimentar actuando desde el poder de la ciudadanía y donde valores como la justicia social, la solidaridad, la democracia global y los derechos globales deben ser incorporados en la transición ecológica y tecnológica que los problemas medioambientales requieren.

Por otra parte, se debe fomentar la educación para el bien común y aprender a gestionar no solo lo privado sino el bien común. Para ello, son necesarios los educadores ambientales y no dejar todo en manos de los políticos corruptos: debería existir una asignatura en todas las escuelas sobre educación para el buen cuidado de la casa común

Es necesario transitar hacia una conversión ecológica individual y colectiva que dé valor a los bienes de la naturaleza. Un valor no tanto monetario sino más bien espiritual. Cambiando nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza. Reorientando nuestro deseo individual de consumo y potenciando el valor de lo comunitario.

En todo este problema ecológico, se constata que los problemas medioambientales afectan más negativamente a los pobres, tanto las personas como los países. Finalmente, nos parece necesaria la implicación de la Iglesia, de las comunidades cristianas, parroquias, asociaciones, con el fin de llevar a la práctica las orientaciones del documento del papa Francisco “Laudato si”.