Ana María Herrero – Duerme si te dejan

326

No es la primera vez que escribo sobre el deterioro que las distintas formas de ocio producen en la vida de una parte de los vecinos del casco antiguo de Segovia. Sí, ese casco histórico que, por lo visto, es Patrimonio de la Humanidad y que, en la práctica, es un sitio lleno de problemas y suciedad, sobre todo en el cogollito visitado a diario por miles de turistas.

No voy a enumerar los numerosos inconvenientes que se van acumulando para el día a día de los vecinos, que sin duda darían para otro artículo, sino que me voy a centrar en el que considero el más importante de todos y que es el que está motivando la huida de los habitantes tradicionales: el ruido.

Es curioso que cuando se confecciona el pomposamente llamado mapa del ruido, sólo se fijan en ruidos motivados por la industria o por los transportes, por ejemplo aeropuertos, con lo cual Segovia está situada en una especie de nirvana ambiental, vamos, en encefalograma plano. Si acaso, reconocen alguna incidencia en Conde de Sepúlveda y poco más; pero es que el ruido de verdad –ése que ni siquiera puedes justificar por causas de necesidad– los redactores del mapa ni lo mencionan ni te dejan hablar de ello.

Esta vez mi relato no va de las primeras horas de la noche, ésas horribles que el amable lector se puede imaginar, con la Plaza Mayor y aledaños llenos de gente en las calles bebiendo y voceando cada vez más. Voy a contar lo que pasa después, cuando se supone que podríamos encontrar algún tipo de relajo, y que además puede tener muchas variantes. Voy a poner como ejemplo la noche del 19 al 20 de julio, aunque podría ser casi cualquier otra.

1:30 – Me acuesto ya malhumorada, porque hay 28ºC dentro de casa, pero no puedo abrir el balcón para intentar refrescarla porque el follón de la calle ya es considerable, y además sé que va a ir en aumento. Me cuesta conciliar el sueño, además de por el calor, por la contrariedad de estar sufriendo un trato inhumano por parte de los que no sólo no solucionan la situación, sino que la fomentan y justifican.

5:25 – Me despierto sobresaltada, no sé si por la temperatura –ya asfixiante– o por algún ruido especialmente fuerte (que ya es decir). Corro a abrir el balcón para que entre algo de fresco, con la esperanza de que los borrachos se hayan ido ya a sus casas, pero sigue el vocerío, y concretamente en la puerta de una discoteca de la C/ Infanta Isabel (que abre hasta las siete) hay ocho personas bebiendo y rebuznando. Llamo a la Policía Local.

5:41 – Aparece, entrando desde la Plaza Mayor, un coche de la Policía que viene hacia acá despacito, despacito, despacito (evidentemente, para ver si los borrachos los ven y se van antes de que lleguen ellos). El grupito de alborotadores se pone en movimiento por la C/ Herrería, pero sin prisa y voceando aún más, no sé si en un alarde desafiante hacia la policía o porque ya saben que no va a pasar nada. El coche se para del todo, pero ni se baja nadie ni se les llama la atención en absoluto, no vaya a ser que los pobres se vayan a incomodar.

6:50 – Con el calor y el cabreo no he conseguido volverme a dormir, y cuando ya estoy a punto, surge como un trueno el camión de la basura, que está sacando el contenedor de papel. Al parecer, cualquier hora de la noche vale para este cometido, y no tienen suficiente con los que pasan a diario a las tres y a las tres y media de la madrugada, machacando primero con los contenedores subterráneos y luego con los de superficie de residuos normales.

6:55 – ¿Qué está pasando? Se oye como un taladro cuyo volumen sube y baja. Madre mía, si las obras no se permiten hasta las ocho de la mañana… Me asomo al balcón y me quedo pasmada viendo que se trata de un parapente. Llamo a la Policía: ¿quién da permiso para semejante actividad, y a semejante hora? ¿Estamos ante una nueva forma de ocio que puede proliferar? Vuelvo a la cama, cada vez más convencida de que conciliar el sueño va a ser imposible con el aparato caracoleando por encima de la zona.

7:07 – Esto sí me resulta familiar. Ya han colocado debajo de mis balcones la infernal tanqueta motorizada con manguera que va a estar ahí aparcada durante los tres cuartos de hora que dura la limpieza del entorno, que ciertamente está peor que una cuadra. Es curioso, porque me consta que la empresa de limpieza FCC –que presta sus servicios en Segovia– presume de ser la más moderna y silenciosa del mundo mundial, pero claramente aquí nadie se ha preocupado de que lleguen a esta ciudad esos nuevos sistemas. Total, que cuando acaban el trabajo con la terrible máquina son casi las ocho, y por tanto ya sí que no queda otra que levantarse y pasar el día malamente por el cansancio y la indignación, hasta que llegue otra vez la hora de lo mismo. No como los juerguistas, que ahora mismo se estarán metiendo en la cama y dormirán a pierna suelta hasta la hora de comer.

Ya no cabe más hipocresía, hablando a todas horas de la protección medioambiental y de un cambio de hábitos que garantice un futuro a nuestra sociedad, cuando la contaminación acústica que soportamos algunos vecinos, y que afecta de forma muy negativa a nuestra salud, es ya un hecho real del que no se quiere hablar y al que no se quiere buscar solución.