Álvaro Pinela – Garbanzos, pucheros de inmensidad

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Me dicen mis vecinos más entrados en edad, que hace cien años, Valseca, estaba más cerca de Segovia que ahora. Y es verdad, por mucho que estemos acostumbrados a asfalto y ruedas, los caminos siempre han estado referenciados por la verticalidad. La que tomaban siempre ellos, andando, en mulas o en carros, para ir hasta la capital, que no es otro que el camino de Zamarramala, tan sólo distanciado en cuatro kilómetros y medio. Por carretera, circunvalamos algo más.

Tan sólo es un apunte sobre mi pueblo, que ha visto estos días erizado su orgullo, una vez que su popular garbanzo, tocaba el techo de la Marca de Garantía. Se vienen muchos recuerdos con tan merecido tributo, aparte del merecido trabajo de Ayuntamiento y Asociación de Productores, y la importante evolución en el cultivo; el campo de visión se me va un poquito más atrás, a la niñez. Recuerdo a esas familias que agostaban de madrugada para emprender al garbanzal su particular carrera de surcos. Con la fresca, se hacía mejor la dura tarea de coger garbanzos. Era la forma de coronar la siega en el pueblo y alcanzar la fiesta y Virgen de agosto, que antaño se celebraba en el pueblo el día quince.

Con los garbanzos, acababa prácticamente la temporada agrícola. Los recuerdo, así, como ahora y como dice el refrán, grandes y gordos como la manteca. También, veo en el trasluz aquellos rostros de los garbanceros, ajados por el sol y el calor. Labriegos, con las manos abultadas y ásperas, en las que caían los garbanzos y parecía que botaban en el cuenco de las manos.

En Valseca, el garbanzo, no solo es un cultivo, es el culmen, es el orgullo del pueblo, desde tiempos pretéritos, inquebrantable también a la cultura de su faena. Podríamos decir que es la bandera, y así es, en la bandera municipal, desde el siglo pasado quedaron representados.

Actualmente el garbanzo, se ha puesto a la altura de productividad. Y los resultados son más que positivos. Si bien la etiqueta de la reciente Marca de Garantía, les seguirá exigiendo dicho estatus. De esa vieja cultura de los garbanzos, se viene a la memoria la felicidad, que produce su venta al cliente de siempre. Ese que acude al pueblo, en el mes de septiembre u octubre, al encuentro con su garbancero, sobre el que además de coger acopio del producto para todo el año, se fraterniza la amistad. Sacos llenos de garbanzos, o aquellos talegos blancos, la criba en calles y portales, seleccionando, son secuencias de ese trabajo exquisito y de selección. Dentro de los muchos conceptos identitarios que abarca el garbanzo, está el del olor. Es una de las características del campo de Valseca, a finales de junio o comienzos de julio, el del olor a salitre. Al salitre que despide la cochura de la vaina, y que cuando se pasa al lado, huele a inmensidad. En un término municipal plenamente agrícola, los olores, también son un gran valor intangible. Como el de las cebadas a finales de mayo, desprendiendo su aroma a pan, esparcido por todos los lados. Bajo mi punto de vista, son los olores más característicos de Valseca, junto con el olor a tierra ahuecada por el arado de los meses de septiembre o octubre.

El garbanzo, del que hay censos perpétuos desde el siglo XVII, sujeto a la producción local, sigue llenando pucheros, ahora en un mundo más global, y equiparado al actual mercado y sus exigencias. Aquellos talegos blancos llenos de garbanzos de Valseca que tomaban dirección a las casas de comida y tabernas del Madrid castizo en el siglo XIX, lo siguen haciendo, pero con más ojos apuntando a un mapa más amplio.