Alberto Martín Baró – Santander en tiempos de pandemia

Cuando estoy fuera de El Espinar, añoro sus montes y pinares. Cuando estoy fuera de Santander, añoro sus playas y el mar. Santander sigue siendo, como cantara el inolvidable Jorge Sepúlveda, la “novia del mar”. Sin que la maldición del covid-19, pasado el estado de alarma, impida a los santanderinos y a los visitantes, disfrutar de su dorada concatenación de playas, los Peligros, La Magdalena, Bikini, el Camello, la Concha, la primera y la segunda del Sardinero… Estas dos últimas son las preferidas por mí, para pasear por ellas dejando que el agua y la arena de la orilla activen la circulación de las plantas de los pies, hasta que me decido a adentrarme en el abrazo del oleaje y la espuma del mar abierto.

No desdeño la Bahía, tan querida por propios y extraños, ni el Puntal, ni las Quebrantas, a cuyas dunas aún no nos hemos acercado a bordo de la lancha de los Diez Hermanos. Pero cuando el autobús supera la península de La Magdalena y se abre ante mis ojos, valga la redundancia, el mar abierto, abrazado por el Cabo Menor y el Cabo Mayor, mi vista y mi espíritu se dilatan.
Este año, por razones conocidas, no se ven extranjeros en la ciudad, o yo no los he visto, pero es notable la afluencia de nacionales, a los que el calor sofocante del centro y sur de la Península ha empujado hacia el norte.

Quiero consignar la disciplina de esta población, con la que me cruzo por el Muelle o el Paseo Marítimo: todos vamos provistos de las preceptivas, e incómodas, mascarillas, de las que nos despojamos para tomar algo en las terrazas, si tenemos la suerte de encontrar una mesa libre. Quizá por ello el número de contagios por el coronavirus en Cantabria sea de los menores de España.

En mi artículo “El amor en tiempos de pandemia” ya tocaba tangencialmente el tema de la familia, y vuelvo a hacerlo ahora, al observar a las personas que caminan por las playas o por las calles de la capital cántabra. Son minoría los paseantes solitarios. Predominan las parejas, no solo de matrimonios, sino también de madre anciana o mayor e hija de menor edad que la ayuda a caminar, o de amigas jóvenes o provectas. Me consuela la presencia de familias con hijos pequeños que juegan con la arena o las suaves olas que arriban a las orillas.

Por si no estuviera ya convencido del valor de la familia o de la amistad, la actual pandemia me ha confirmado la consolación, además de la que encuentro en Dios y en la naturaleza, la de los seres queridos que gozan y sufren a mi lado. Incluidos aquellos que nos dejaron, pero siguen confortándonos con su compañía.