Alberto Martín Baró – La consolación en tiempos de rebrotes

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Cuando pensábamos que lo peor de la pandemia del coronavirus había pasado, los rebrotes de los contagios y de los fallecimientos causados por el covid-19 han vuelto a afligirnos. Es esta una aflicción acentuada por el temor a volver a experimentar la angustia que ya creíamos superada.

El temor a un enemigo mortal que sigue amenazándonos por más mascarillas que nos pongamos y por más geles hidroalcohólicos con los que nos lavemos las manos. Es, en resumidas cuentas, el miedo a la enfermedad y a la muerte, las nuestras y las de nuestros seres queridos.

Libramos una batalla desigual, puesto que desconocemos cómo acabar con el enemigo. La vacuna que en algún momento llegará nos defenderá de los ataques del virus, pero no lo destruirá. El punto débil del coronavirus es la capa lipídea que lo recubre y que la espuma del jabón y los hidroalcoholes disuelven. Habría que armar con estos y otros desinfectantes a ejércitos enteros que llevaran a la extinción a un virus que, además, experimenta continuas mutaciones.

He estado leyendo estos días “La consolación de la filosofía”, del pensador romano Severino Boecio (Roma hacia 480 – Pavía 524), con la ilusión de encontrar en sus páginas el consuelo que la amenaza del Covid-19 me niega. Insiste el autor, que sufrió el destierro y la pérdida de todos sus bienes para acabar siendo ejecutado a palos —sí, como lo leen—, que la fortuna es mudable y que no podemos poner nuestra esperanza ni en las riquezas, ni en los placeres corporales, ni en el poder.

¿En qué entonces? En una vida moral recta y, en último término, en Dios, nuestro creador, autor del orden que brilla en la naturaleza y fuente de toda felicidad.

Otra lectura en la que he buscado consuelo es “Naturaleza”, del poeta y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson (Boston 1803 – Concord 1882). Estoy de acuerdo con Emerson en que la naturaleza nos consuela con su belleza y con su protección. “En los bosques recobramos la razón y la fe. En ellos me parece que nada malo puede sucederme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad (mientras conserve los ojos) que la naturaleza no pueda reparar”.

Salgamos al campo, a los montes, a las praderas. En ellos, como canta san Juan de la Cruz en su “Cántico espiritual”, está Dios. “Mi Amado las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos”.

Así que, de un modo o de otro, acabamos en Dios. En la naturaleza trascendida de Dios hallo la consolación que la ciencia de los sedicentes expertos no me concede.