Puertas abiertas, boca cerrada

Tras leer el artículo 28, sobre el derecho a la huelga, Javier Borderías lamentó que las centrales sindicales no lo pongan en práctica y «se dediquen a bailarle el agua a Zapatero».

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En contra de ese monumento a la resignación que proclama que cada pueblo tiene los políticos que se merece, ayer en el Congreso de los Diputados, que para variar se había convertido en un verdadero foro de representación social, volvió a demostrarse que los españoles están muy por encima de sus teóricos representantes.

En el marco de la tradicional y algo relamida lectura ciudadana de la Constitución como homenaje a la Carta Magna en sus cumpleaños -hace 31 esta vez-, el jefe de la Cámara Baja había invitado a una treintena de famosos y a otros tantos estudiantes anónimos para desgranar los artículos de la norma fundamental. Todo discurría con la solemne normalidad de los actos encorsetados, pensados más para el lucimiento de quien los organiza que de los que son protagonistas, cuando tras los vivas a Casillas y la poca soltura de los Estopa, dos de los estudiantes de Secundaria convocados para la ocasión tuvieron el atrevimiento de sentirse verdaderos partícipes de la democracia e introdujeron sendas morcillas en sus lecturas.

Con chaqueta azul y corbata rosa, Javier Borderías Villalón, del colegio Asunción Cuestablanca de Madrid, al que le tocaba recitar desde la tribuna el artículo 28, donde se reconoce el derecho a la huelga, hizo gala de un aplomo digno de un parlamentario profesional y, mientras miraba unas notas, añadió: «Me da pena y vergüenza que los sindicatos no ejerzan este derecho en los tiempos que corren y que se dediquen a bailar el agua al señor presidente del Gobierno».

Se hizo un incómodo silencio seguido de un amago de aplauso, pero, enseguida, la vicepresidenta del Congreso, la socialista Teresa Cunillera, encargada de dirigir la sesión, se apresuró a quitarle la palabra… no le fueran a aguar unos simples mocosos su mañana de gloria.

El chaval, al que no le quedó otra que dejar el púlpito, volvió a crecerse luego, ya en los pasillos, cuando, abordado por los periodistas, despachó a todos con un «no voy a hacer declaraciones».

Luego, en una escena más propia de la trastienda de un infausto telón, en vez de irse con sus compañeros, se fue escoltado por dos personas que le guiaron hasta la puerta de la calle Cedaceros, que no es la habitual para las visitas.

Recuerdo para su abuelo

Quizá animado por su rebelde precursor, otro chico, Sergio García, del también madrileño colegio Los Sauces, dedicó los párrafos del artículo 50, que versan sobre la atención a los mayores, a los exiliados que, como su propio abuelo, tuvieron que abandonar España.

Luego le tocó el turno a otros chicos y chicas, más o menos nerviosos, que precedieron a los famosos. Por la tribuna de oradores desfilaron el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez; el del Atlético, Enrique Cerezo; el bicampeón del Tour, Alberto Contador, las actrices Marina San José o Itziar Miranda, y muchos más.

Para todos ellos hubo ovación, y fue mucho más entusiasta que la tributada a los políticos, no importó que fueran del PP, del PSOE o de IU, ni que se llamaran Soraya Sáenz de Santamaría, José Antonio Alonso o Gaspar Llamazares, pues a ellos les correspondió el honor de representar a sus grupos.

Y ya con todo el pescado vendido, con el sofoco superado y de nuevo la sonrisa de profesional en el rostro, la vicepresidenta Cunillera trató de arreglar su falta de encaje y poca tolerancia. «Ha sido un hecho gracioso y simpático», comentó la socialista antes de defender que el joven inoportuno quisiera expresar libremente su opinión… aunque fuese ella quien solo un rato antes no se lo hubiera permitido.