Fallece Arturo Fernández, el galán por antonomasia, a los 90 años

El popular actor había ingresado en el hospital donde fue operado el dos de abril y no pudo superar el postoperatorio • Fernández estaba de gira con la comedia “Alta seducción”

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El actor Arturo Fernández dedicó 68 de sus 90 años a ser en la escena y en la vida “un galán”.
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El actor y empresario teatral gijonés Arturo Fernández falleció ayer a los 90 años en un hospital madrileño en el que había ingresado para una operación, informaron fuentes próximas al intérprete de “Alta seducción”.

El actor había ingresado en el hospital donde fue operado en la mañana del 2 de abril y no pudo superar el posoperatorio.

Fernández estaba de gira con la comedia “Alta seducción” y había tenido que suspender en Zamora, donde estaba programado para los pasados 22 y 23 de marzo, y posponer la representación prevista en Valencia para el 17 de abril.

un galán

Arturo Fernández dedicó 68 de los 90 años que cumplió en febrero a ser en la escena y en la vida “un galán”, es decir un buen actor con un “buen porte” de nacimiento, pero su popularidad se la ganó a pulso con su sinvergonzonería elegante y una vis cómica que se resumía en su grito de guerra: “chatina”.

El primer trabajo del “mastroianni gijonés” fue en el cine en 1951, hizo su primera función en 1954 y creó su propia compañía en 1961: “después de 58 años es la que lleva más tiempo sobre el escenario en la historia del teatro en España y eso sin haber pedido jamás una subvención”, decía.

Cuando empezó como empresario teatral, lo hizo con “Dulce pájaro de juventud”, el drama de Tennessee Williams, con el que consiguió varios premios en 1962, aunque en los momentos dramáticos los espectadores “se partían de risa” y eso ya le dio “alguna pista” de que lo suyo lo mismo era la comedia.

Tuvo siempre mucho éxito con sus trabajos porque, explicaba, siempre había tenido “ojo” al elegir a los autores y llenó los teatros con títulos como “La montaña rusa”, “Pato a la naranja”, “Esmoquin” o “Los hombres no mienten”.

Estuvo encima de los escenarios hasta el marzo pasado, cuando tuvo que suspender la gira con la que llevaba dos años las funciones previstas en Zamora de “Alta seducción” porque le dolía mucho la espalda, de la que ya le habían operado hacía unos años.

Este “madurísimo”, que presumía de sus comedias “olían” a “chanel” y tenían glamour, era de una generación que “a quien tenía un traje se le aplaudía por la calle” y por eso él iba siempre “como un pincel” y tenía claro que cuando abandonara la profesión lo haría “con el esmoquin puesto y la raya del pantalón bien planchada”.

El porte, decía, lo había heredado de su madre pero él estaba más orgulloso de otra cosa: “Lo que luce es llevar el alma limpia, sin ningún reproche contigo mismo, sin haber hecho daño a nadie. He sido un hombre terriblemente feliz porque la vida me ha tratado muy bien y yo he tratado de corresponder y creo que, conscientemente, nunca he hecho daño a nadie”, afirmaba.

Creía que el actor debe ser “un misterio, y proteger su glamour, no dejarse ver y que su vida pase desapercibida” por eso estaba muy orgulloso de que “jamás” se había metido en la vida de nadie ni dado que hablar: “Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido nacer”, resumía.

Su popular “chatina” era “un gesto de cariño” que se quedó en su vocabulario, y de paso en el de media España, tras su paso por la exitosa serie de televisión “La casa de los líos” (1996-2000).

Pero no quería volver a la televisión porque decía que las cosas habían cambiado mucho y “no se sabía hacer comedia: huele a cocido y la comedia tiene que ser champán, glamur y caviar”, zanjaba.

Antes había hecho otra famosa serie, “Truhanes”, con Paco Rabal, su compañero también en la película del mismo título. Aquella fue su película número 70. Después hizo otras seis.

Langreo

El gijonés era hijo de un trabajador de la estación ferroviaria de Langreo que tuvo que abandonar España en 1939 por su militancia en el sindicato Confederación Nacional del Trabajo pero él no tenía reparos en decir que era de derechas, incluso bromeaba con que Franco le quedaba “a la izquierda” y se negaba a actuar en Cádiz “porque allí está Podemos”.

Colgó el cartel de “no hay entradas” durante nueve meses consecutivos con “Los hombres no mienten”, algo que, decía, jamás había ocurrido en el teatro en España y solo una vez había visto el teatro “medio vacío”.

“Fue en Barcelona -en 2016- con ‘Enfrentados”, una comedia hecha para Barcelona pero que cayó por la cosa política, simplemente porque la obra era en castellano. Esta Barcelona no es la que yo conocí, veo a la gente triste y con miedo a no se sabe qué”, decía en una entrevista en 2017.

“Es triste dejar aquellas cosas por las que has luchado tanto, pero tus amigos se han ido antes; por eso te rodea tal vez la soledad, te falta ese abrazo de los que no están y eso te hace pensar que estás ya muy cerca de otra historia”.