Viejas parras apoyadas en los pilares del paseo que conduce a la huerta.

De los Huertos al Parral, Paraíso terrenal, es un dicho que los segovianos del pasado acuñaron para expresar la excelencia de unos suelos fértiles y abundantes en agua, situados a la orilla derecha del río Eresma.

Los Huertos era el nombre popular del convento de premostratenses que tuvieron por allí su sede, hasta que, cansados de las crecidas del río frecuentes desde que se construyó la presa de la fábrica de la Moneda, decidieron trasladarse a la parte alta de la ciudad donde su presencia se ha venido recordando hasta no hace nada en nombres como plaza de los Huertos, mercado de los Huertos, escuela de los Huertos…

El Parral era el nombre abreviado del monasterio de Jerónimos que, casi un siglo después de haberse visto obligados a abandonarlo tras la publicación de los decretos desamortizadores, pudieron regresar a él y reorganizarlo.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
Claustro de la Hospedería.

Y el Paraíso terrenal no era el edén bíblico, sino el espacio existente entre los dos cenobios, orientado al sur y resguardado por las alturas de las Cuestas de los vientos del norte, heladores en invierno. Un microclima, como se dice hoy, que hace fácil y productivo cualquier cultivo.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
La encina milenaria.

Lo que queda del suelo agrícola del convento de premostratenses es la Huerta Grande, actualmente sin explotar, pero en el Parral se ha recuperado casi todo lo que hubo salvo las parras que ocupaban la parte alta de la finca, que los monjes denominan “la viña”. Así lo vi en una visita efectuada el 30 de junio de 2018.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
Vista del patio mudéjar desde la galería superior.

La mayoría de quienes acuden a visitar el monasterio buscan sus bellezas artísticas. Y hacen bien porque lo que se ha conservado es verdaderamente relevante; pero diré que, para el amante de la naturaleza, lo que el monasterio ofrece no es menos espectacular y admirable. Y si el recorrido se puede hacer al lado de fray José, capaz de hablar al arbolado de tú y a quien se debe buena parte de lo existente, el paseo se convertirá en algo inolvidable.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
Ramillo del pinsapo del claustro mudéjar con flores masculinas.

El monasterio tenía Cuatro claustros: Portería, Enfermería, Hospedería y Mudéjar. Tres tienen jardín.

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Estanque en el claustro de la portería.

El de la Portería, tras una reforma realizada en 1973, según proyecto de Leandro Silva y costeada por la Caja de Ahorros de Segovia -¡cuánto se perdió con su desaparición!-, está dominado por la presencia del agua y por plantaciones lineales de laureles y mahonías. En abril, cuando estas estallan con el intenso amarillo de sus flores, el espacio es de lo más atractivo.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
Koeleuteria paniculata marcando el inicio de un camino.

El claustro de la Hospedería, que es cuadrado y pequeño, encierra entre sus arquerías un jardín claustral típico, con camino perimetral, cuatro caminos en cruz dividiendo el espacio en cuadros y elegante fuente en el centro emergiendo de un pilón octogonal. Los bordes de los cuadros están dibujados con setos bajos de chamacerasus al exterior y campánulas al interior, y en el centro de cada uno de ellos hay un tejo -Taxus baccata-. Hubo cipreses, pero crecieron tanto que llegaron a ahogar el espacio y hubo que cortarlos y sustituirlos por los tejos, de crecimiento más lento.
El claustro mudéjar es también cuadrado pero grande, con 28 metros de lado. Tiene camino perimetral y cuatro caminos que salen de cuatro puertas laterales para ir a converger en el centro, donde se halla una fuente de granito, con surtidores menudos vertiendo a un pilón cuadrado. Hubo otra fuente pero fue trasladada a la Alameda, una arboleda municipal. En la actual, recompuesta, destacan las grandes piedras rectangulares que componen dos laterales del pilón. Eran las que sostenían las rejas del presbiterio de la iglesia que, como tantas otras cosas notables por su valor artístico, desaparecieron con la desamortización. En el centro de los cuatro espacios dibujados por los cuatro caminos hay un árbol, aunque no césped, que ha tenido que ser sustituido por encanchados de piedra pues los monjes, ya de bastante edad, no se ven con fuerzas para segar tanta hierba como allí crecía. En las esquinas hay lirios y dos acebos. Los cuatro árboles elevan hacia el cielo sus siluetas apretadas, rebasando ya la altura del claustro. Son dos cipreses -Cupresus sempervirens- que se plantaron en 1940, gruesos pero de cuyo tronco no puedo dar datos porque tienen ramas que salen desde el suelo; otro ciprés plantado en 1972, que ya mide 3 metros de cuerda; y un pinsapo -Abies pinsapo-, también plantado en 1972 pero que tampoco pude medir por el material de obra apilado a su alrededor.

Fray José y la encina milenaria de El Parral
Un paseo trazado entre pilares de piedra nos marca la salida.

Hay años, me dijo fray José, que todo el pinsapo se adorna con el intenso carmín de las flores masculinas. ¡Algo incomparable!

De este claustro se sale al camino que conduce hacia la huerta, flanqueado por abetos rojos o piceas -Picea abies-, que se trajeron de San Ildefonso el año 1972, a la vez que el pinsapo; luego se ve una palmera -Trachicarpus fortunei-, plantada en 1983 -la memoria de fray José es prodigiosa-, tres cipreses, un castaño de Indias -Aesculus hippocastanum-, varios pinos resineros -Pinus pinaster- y piñoneros -Pinus pinea-, un arce -Acer pseudoplatanus- plantado en 1962, nogales jóvenes -de 30 años, dice fray José-, cedros y una de la joyas vegetales de este espacio: un almez -Celtis australis- gigantesco.

Fray José y la encina milenaria de El Parral

También hay una encina. Un amigo, Alfredo Cubo, sabiendo mi pasión por los árboles, me dijo que subiera a verla si quería ponerme delante de una realmente admirable. Le hice caso y pedí a fray José que me permitiera visitar esa zona del monasterio. Alfredo no había visto nunca una encina tan enorme. Yo, tampoco. Está rodeada de un poyo corrido para que se sienten quienes quieran acogerse a su sombra y su tronco mide 6,28 metros de perímetro. Increíble, 2 metros de diámetro en una de las especies de más lento crecimiento que existen.

Los romanos llegaron a la península el año 218 a. c., es decir, hace 2.236 años. ¡Seguro que esta encina ya estaba aquí! Es un árbol para el que se me agotan los adjetivos.
Cerca de la encina hay un pino de 3,32 metros de cuerda semidestrozado por las últimas nevadas, que han abatido a otro casi gemelo que crecía a su lado.

Descendiendo, uno puede ir viendo cactus, pitas e higueras hasta llegar a una plantación de lauros -Prunus laurocerasus- dispuestos en torno a unos bancos. Son cinco y se dirían arquetipos de la especie.

– ¿Y, esos lauros?, pregunté.
Fray José me cuenta: -En la calle José Zorrilla los habían puesto en unos macetones y cuando hicieron la última reforma los retiraron. Acerté a pasar por allí y pregunté a los operarios por ellos.
– Irán a la escombrera, me dijeron.
– ¿Me los puedo llevar?
– Puede.

Los traje y los trasplanté. Han crecido con sus formas características, florecen y fructifican. Y sus bayas, valor añadido, sirven de alimento a varias oropéndolas que llegan allí cada tarde.
Para salir se camina por el paseo de columnas, obra de 1670, escoltado por bambúes, rosales, durillos, mahonías, prunus, koelreuterias… Plantas de aquí y exóticas, que en este paraíso todo crece.

*Académico de San Quirce.
Porunasegoviamasverde.wordpress.com