Ceñida completamente del verdor de su copioso arbolado. / Turismo de Segovia

El artículo “Los árboles de la ciudad de Segovia” publicado en este diario el pasado día 16, daba información sobre los árboles y espacios ajardinados más señalados. En el que hoy se publica veremos que el elemento verde se integra en el entramado urbano haciendo de Segovia una ciudad única, en la que los árboles compiten con las torres, el césped con las losas de granito y las flores, cuando salen, ponen chispas de color encendido a espacios que casi nunca son monocromos.

Cuando, hace más de cincuenta años, tomé conciencia de la belleza de este nuestro rincón del mundo y me puse a estudiarlo, pronto llegué al convencimiento de que su belleza residía, qué duda cabe, en sus espectaculares monumentos, en el pintoresco caserío, en sus iglesias torreadas, en sus palacios y en sus calles recoletas. Pero también aprecié que buena parte de esa belleza radicaba en su emplazamiento y en la sensación de oasis de verdor que ofrece a quien la contempla desde cualquier punto de vista y que, para definir Segovia, tan esenciales son sus árboles como sus singulares edificios.

El viajero inglés Richard Ford fue el primero en darse cuenta de que le elemento verde ya tenía una presencia poderosa y recomendaba que, para apreciarlo en plenitud, se subiera a la torre de la catedral ya que, desde allí, “el panorama de la ciudad con los jardines, los conventos y el gigantesco acueducto es soberbio”. Estuvo por aquí en los años centrales del siglo XIX, 1844, recogiendo materiales para su libro Guía del viajero en España y lectores en casa, cuando el Ayuntamiento, superadas las dificultades de la Guerra de Independencia y de la Primera Guerra Carlista, había puesto en marcha un proyecto de plantaciones por plazuelas y caminos, que le hacían escribir a un periodista local: “Así la ciudad, en su elegante situación natural sobre una roca elevada entre la que destacan las numerosas agujas de sus altas torres, vendrá a presentarse por el exterior ceñida completamente del verdor de su copioso arbolado tan al aumento llevado y para llevar por la municipalidad”.

Metidos en el siglo XX, el periodista Francisco Alcántara, escribiendo para el periódico madrileño El Imparcial (31-X-1902), regalaba a sus lectores estos párrafos que denotaban el entusiasmo que en él había despertado la ciudad que tantos elementos unía en no muy frecuente amalgama: “Estamos en Segovia, la de las torres románicas, la más fantástica de las ciudades, por sus extrañas perspectivas, la de las piedras doradas, la de las tierras ocres, almagre, bronce y creta, circundada por frondas seculares cuyos verdes, se exaltan entre notaciones rubicundas”.

El día en que Richard Ford descubrió la ciudad de Segovia
Cinturón verde de Segovia. Arboles para una ciudad. / E.A.

Aunque más contenido, también el gran novelista Pío Baroja mostraba su entusiasmo ante la estampa de la ciudad sobrepuesta al arbolado, viendo como Segovia “se destacaba sobre la masa verde de follaje, contorneándose, recortándose en el cielo gris de acero y ópalo” para acabar con una frase realmente expresiva al contemplar la imagen que componía con sus torres levantándose sobre los chopos de la alameda, dorados de otoño: “como la corola sobre el cáliz verde veíase el pueblo”.

Entre quienes escribían desde dentro, haciendo que su pluma hablase de esa maravilla, recordaré a Julián María Otero, el inolvidable autor de esa joya literaria que es el libro Segovia. Itinerario sentimental: “Cuando se alejen ustedes unos centenares de pasos saliendo por cualquiera de las puertas de la Ciudad, y desde cualquiera de las alturas que rodean el cerro en que ésta se eleva, contemplen el panorama de Segovia, verán en lo alto unas torres, muchas torres. Y más abajo, campeando de la cintura de vegetación que ciñe el peñasco, unos grupos de árboles esbeltísimos, derechos y firmes, que se cimbrean ceremoniosos y de los que se ven las largas copas, cuyas ramas últimas rasgan las nubes… Segovia, árboles, torres, hombres”.

Con los escritores compitieron los artistas porque nuestro paisaje urbano lo pintaron grandes como Aureliano de Beruete, Joaquín Sorolla, Aurelio García Lesmes, Eugenio de la Torre y Lope Tablada de Diego. El primero, reconocido como el introductor del impresionismo en España, no pudo escapar a la atracción del paisaje segoviano, a las vibraciones de su luz, y en él supo inspirarse para realizar algunos de sus más luminosos lienzos, en los que armonizó el encanto de la piedra con el de la vegetación que la envolvía. No sin dificultades ya que, como le decía por carta a Joaquín Sorolla, “Ya conoce V. Segovia. Es muy pintoresco, pero hay tal contraste entre la vegetación tan oscura que rodea la ciudad y las casas de ésta que es facilísimo caer en durezas y violencias”.

El día en que Richard Ford descubrió la ciudad de Segovia
La de las piedras doradas, la de las tierras ocres. / Turismo de Segovia

Yo, por mi parte, prestando atención a esa vegetación aprendí a ver Segovia desde registros que sobrepasaban los determinados por el arte y escribí un libro, El Cinturón Verde de Segovia. Árboles para una ciudad, referencia obligada desde entonces para cuantos han querido acercarse al tema y escribir sobre él, por cuanto recoge a cuantos, entidades o personas, se esforzaron por crearlo, las dificultades con las que tropezaron y los logros que se han venido consiguiendo.

Les daría unas breves indicaciones para que puedan disfrutar en plenitud de las bellezas de Segovia:

Ver la catedral más allá de los pinos del Pinarillo, tengan estos o no nieve. Verla tras las thujas del jardín de la calle 23 de Abril. O verla, en óleo antiguo de Lope Tablada, enmarcada por los cipreses que el Jardín Botánico tuvo en el pasado. Entrar en su claustro y no quedarse en las tracerías góticas, tan delicadas, sino pasear la geometría del jardín que da carácter a su interior.

El día en que Richard Ford descubrió la ciudad de Segovia
Segovia, árboles, torres, hombres. / Turismo de Segovia

Para disfrutar del Parral, no ver sólo el maravilloso tríptico escultórico de la iglesia sino también los jardines de sus dos claustros, la magnificencia de su encina milenaria y de su centenario almez. O verlo, unido a la Moneda por una alineación de chopos como los vio Pedro Pérez de Castro cuando pintó su acuarela.

Para llenarnos de la esencia del Alcázar hay que ver la antigua Huerta del Rey, hoy Parque; el renovado jardín de levante, en la Plaza de la Reina Victoria Eugenia; los llamados Jardín Almohade y de la Fruta, en la fachada sur; y la escolta de álamos que enfilan su camino hacia la meseta por el oeste.

Una forma distinta de contemplar el valle del Eresma es caminar por el recinto amurallado y contemplarlo, con sus frondas, con sus templos, con sus ruinas, desde los jardines de Colmenares y Zuloaga, desde el jardín de Miguel Delibes o desde el Jardín de los Poetas, junto a la Puerta de Santiago.

Puede uno llegarse al paseo del Salón y mirar, y admirar, la estampa oriental que componen el ábside de la iglesia del Corpus Christi y sus ventanas de arcos de herradura, con los cipreses y palmeras, estas del género trachicarpus, que se extienden por su base.

O pasear por el casco a topar con las plazuelas –de San Agustín, de Guevara, de Los Huertos, del Conde Alpuente, de San Facundo…- de las que escribió Martínez de Pisón: “Adornadas de una jardinería romántica, más o menos afortunada, pero acogedora, tienen una armonía arcaica y sin alardes. Lo más exacto que se podría decir de ellas es que son voluntaria y plenamente literarias”.

Segovia, rebosante de naturaleza, se ve de otra manera.

(*) De la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce.