El peso de un legado familiar

Los dos candidatos a la Presidencia de Perú, el nacionalista Ollanta Humala y la legisladora Keiko Fujimori, arrastran un apellido que ha marcado el devenir de su historia política.

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En las elecciones peruanas del próximo 5 de junio se enfrentan dos candidatos, el nacionalista Ollanta Humala y la legisladora Keiko Fujimori, que arrastran, para bien o para mal, el peso de un apellido y una herencia familiar que ha marcado su historia política.

Keiko nunca ha negado la herencia paterna, hasta el punto de que ha conseguido perpetuar la memoria de su padre, preso en un llamado movimiento fujimorista que se niega a etiquetar ideológicamente, pese a que toda la derecha peruana le ha dado su apoyo.

Por si quedara alguna duda del arrastre de un apellido, el hermano menor de Keiko, Kenji Fujimori, un joven de 30 años sin recorrido político, ha sido el candidato más votado para el Congreso de la República en las elecciones del 10 del pasado mes de abril, con más de 380.000 sufragios.

Aparentemente, el fenómeno opuesto es el del apellido Humala: al candidato Ollanta le está costando desligarse de la ideología y la forma de actuar de su polémico hermano Antauro, preso por haber dirigido el asalto a una comisaría de policía en 2005 en Andahuaylas (sur), en la que murieron cuatro agentes, y que perseguía la renuncia del entonces presidente Alejandro Toledo.

Si bien un juzgado absolvió a Ollanta sobre su participación en el llamado andahuaylazo, el popular presentador de televisión y escritor Jaime Bayly -confeso admirador de Keiko- destapó el asunto en sus últimos programas y se empeña en demostrar que Ollanta fue el responsable intelectual de aquel suceso.

Ollanta y Antauro son hijos de Isaac Humala, ideólogo del etnocacerismo (una doctrina mezcla de ultranacionalismo e izquierdismo que propugna la supremacía de la raza cobriza o andina) y que ha llegado a pedir el fusilamiento de los traidores a la patria o los homosexuales.

Si Keiko Fujimori reivindica la herencia de su padre como «el mejor gobernante que ha tenido Perú», Ollanta Humala ha intentado desmarcarse de un padre que, por sus postulados radicales, puede hacer un flaco favor a su movimiento cuando intenta ganarse al centro político.

«Felizmente, mi padre no está postulando ni siquiera a regidor distrital», declaró recientemente Humala al diario Trome.

La presidenta de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis, Teresa Ciudad, destaca una similitud entre ambos candidatos en lo referente a sus progenitores: «Proceden de padres que no los han visto como individuos, sino como una extensión de sí mismos, depositarios de sus fantasías más grandiosas; todo esto no presenta buenas credenciales democráticas», comenta.

«Da la impresión de que ambos han sido sometidos a la autoridad paterna, no parecen haber tenido un trato respetuoso por parte del padre», añade.

Keiko Fujimori llegó a la política a los 19 años, al convertirse en primera dama tras el divorcio de sus padres en 1994, una labor que Teresa Ciudad ve como «impuesta, ya que Alberto Fujimori estaba detrás de que ella fuera su sucesora».

Es difícil saber cuánta influencia efectiva ejerce el ex mandatario preso desde su cárcel de la Diroes: sus críticos aseguran que él ha manejado y maneja los hilos de la campaña de Keiko, a la espera de que ella lo indulte en caso de que llegue al Gobierno.

Ante las sospechas, Keiko ha llegado a jurar que no indultará a su padre, confiando en que la justicia peruana siga su curso y termine declarando nulo el juicio que lo condenó a 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad.

En cuanto a Ollanta Humala, el único encarcelado en su familia es su levantisco hermano Antauro, del que se ha desligado en numerosas declaraciones, mientras que el padre de ambos, ideólogo e inspirador de Antauro, guarda un prudente silencio en estos meses de campaña electoral.

Lo que salta a la vista es que los dos candidatos han optado por potenciar en sus campañas una imagen de familia feliz.