CARTEL

29 de agosto de 1899. Segovia, ferias de San Juan. El día de San Pedro va a conocer un acontecimiento extraordinario en la ciudad. Y será la plaza de toros el escenario en donde se verificará el espectáculo. Dos toreras serán las protagonistas de la hasta entonces tradicional corrida con motivo de la festividad. Solo que esta vez la programación se verá alterada. No será de toros sino de novillos o toretes. El día 26 fue el elegido para que Rafael Bejarano (Torerito) y Enrique Vargas (Minuto) estoqueasen seis toros de Vicente Cortés en una corrida de muerte. En el 29 el turno corresponderá a dos mujeres toreras, ‘Señoritas Toreras’ especifica el programa de mano de la feria. Torearon cinco toretes, aunque el programa anunciaba previamente seis. De la misma ganadería que los toros del día 26, que llegaron de Guadalix de la Sierra, solo que estos no pasaban de erales y utreros. El nombre de las toreras: Dolores Pretel, Lolita y Ángela Pagés ‘Angelita’. En la cuadrilla figuraban otras mujeres que habitualmente acompañaban a las lidiadoras: Encarnación Simó, Julia Carrasco, Isabel Jerro, María Pagés o María Mambea. La tarde era hermosísima y la entrada más que buena si hemos de creer a José Rodao en la crónica que publicó el viernes 30 de junio el Diario de Avisos de Segovia.

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La apuesta por las toreras fue sin duda arriesgada conocido el conservadurismo social de la capital segoviana. Cómo se lo tomó la opinión publicada se constata en las referencias que sobre ella publicó el periódico que había sido fundado ese año por Gregorio Bernabé Pedrazuela, el citado Diario de Avisos de Segovia. La lectura de la crónica redactada por José Rodao no deja lugar a la duda del concepto que se tenía de la iniciativa. Para muestra, un botón que en este caso se resume en el cuarteto final:

Que vuelvan aquí más veces
esas seis lindas doncellas
y que Dios vele por ellas
y aumente sus redondeces.

Rodao era un periodista cuyo humor satírico y su facilidad versificadora en no pocas veces caía en lo casposo más recalcitrante cuando se refería a la mujer en sus ripios, aunque se le disculpara con el paso del tiempo por la labor que hizo con los jóvenes poetas desde la Página literaria de El Adelantado de Segovia a partir de septiembre de 1906 y por su especial olfato para entender el genio de Ignacio Zuloaga.

Más explícito fue el comentario que el día 29 de junio, fecha de la corrida de las toreras, realizaba el periódico de Pedrazuela a modo de editorial. No tiene el menor desperdicio. Atiendan: “La corrida de toros es necesaria en este día, la fiesta española tan brutal como sentida, tan apasionada como sugestiva, pero hoy no hay corrida que aun en esto hemos degenerado, pues la mojiganga de las señoritas toreros es un feminismo de última fila, y esas desgraciadas son una degeneración de su sexo todo dulzura, delicadeza y sentimiento”. (Las cursivas son mías).

Estamos ante un periódico cuyo propietario engrosaría años más tarde las filas de los liberales capitaneados por Segismundo Moret. Cometería un enorme error quien entroncara estos liberales con aquellos que a principios del siglo XIX luchaban por introducir a España en la modernidad y luchaban por los derechos civiles y de los pueblos. Nueve años después esta lógica sería la que imperaría a nivel político, prohibiéndose por Real Orden de 2 de julio de 1908 la participación de las mujeres por —y esto es lo más significativo— ofender su presencia en los ruedos “la moral y las buenas costumbres”. Pero nos adelantamos a los acontecimientos en esta crónica. Volvemos a la tarde de 29 de junio de 1899 y a las protagonistas de la fiesta.

ANGELITA 1
Angelita.

Un precisión previa: puede ser que se deba a una casualidad, pero el expediente de la corrida no se encuentra en los legajos de las fiestas y ferias de San Juan de 1899 que custodia el Archivo Municipal de Segovia. Solo el programa de mano que ilustra este comentario es testigo de la presencia en la plaza de toros de la ciudad de Lolita y Angelita.

¿Quiénes eran estas toreras? Probablemente cuando pisaron el coso de la todavía no centenaria plaza no llegaran a los veinte años. Formaban parte del grupo llamado ‘Las Noyas’ —en realidad en grafía catalana las noias: ‘las chicas’ en castellano— o, también, ‘Las señoritas toreras catalanas‘. Su debut, según diversas fuentes, se produjo en 1894 y un año después, el 10 de marzo de 1895, lograron un importante éxito en Barcelona, con una plaza llena de público. Su apoderado era el periodista y empresario catalán Mariano Armengol, que firmaba sus crónicas como ‘El Verduguillo’. Poseían una técnica más que aceptable y ejercían diversas suertes. Las dos banderilleaban, y en Segovia Lolita rejoneó un astado, el quinto de la corrida. En el cartel que utilizamos como ilustración figuran las toreras como practicantes de suertes nuevas en el toreo: rejoneo en bicicleta y banderillas a caballo; en otros carteles aparece otra torera clavándolas dentro de un cesto de mimbres que amortiguaba el embate del animal.

LOLITA
Lolita.

Estas circunstancias, que sin duda utilizaban para aumentar su atractivo ante el público, fue el que dio pie a que los más recalcitrantes calificaran el espectáculo como mojiganga.

La palabra mojiganga alude a funciones grotescas ante los animales, en este caso ante los toros, y en España eran habituales desde el siglo XVIII. Poco tiempo después a este 1899 con el que principiamos, el 20 de julio de 1901, domingo, debutaba en la plaza de Segovia el famoso Don Tancredo —Tancredo López, un torero reconvertido natural de Valencia— que inmóvil, subido sobre un pedestal, recibía a un “cornúpeto de peso y de humos” (El Adelantado, 25 de julio de 1901) al que sorteaba por la tendencia de los toros a arremeter solo a las figuras en movimiento. La fama de Don Tancredo fue tal que Pío Baroja incluyó una referencia en su novela ‘La busca’. Hasta hace unos años formaba parte el tancredismo del lenguaje coloquial como sinónimo de inacción o imperturbabilidad.

José María Cossío, por su parte, en su fabulosa enciclopedia ‘Los Toros’ incluye a las mujeres toreras en el apartado ‘Las Mojigangas’ junto a Don Tancredo o a los cómicos taurinos que como Charlot o el bombero torero llenaron las plazas de chirigotas y comedias durante décadas. Una enorme injusticia producto de los prejuicios morales de la época.

Pero las mujeres toreras intentaban buscar su espacio dentro de la Fiesta. Lolita y Angelita no fueron las primeras ni serían las últimas. La lámina 22 de la serie ‘La Tauromaquia’ de Francisco de Goya retrata el rejoneo de Nicolasa EscamillaLa Pajuelera’, basándose en el recuerdo de una vez que la vio en la plaza de la Misericordia de la capital aragonesa. Escribe el pintor en la leyenda del grabado: “Valor varonil de la célebre Pajuelera en la Plaza de Zaragoza”. La pareja de ‘Las Noyas’ siguieron esta estela y tuvieron un éxito considerable por la mayoría de las plazas de España hasta que en 1902 se separaron formando cada una de ellas sus respectivas cuadrillas.

Decíamos que no fueron las únicas. Años después, Juanita Cruz tomó el testigo entre las toreras que gozaron de fama y de público. Vestía de luces en ocasiones y en otras de corto. También lo hicieron Angelita y Lolita. Angelita lució oro y azul en la corrida de 29 de junio en Segovia.

Pasados los años, Juanita Cruz fue la protagonista de un hecho reseñable que acentúa su afición taurina. Pero para su relato tenemos que avanzar hasta 1908, como se adelantaba antes, y explicar con detalle la situación que jurídicamente se vivió entonces como novedad. Era presidente del Consejo de Ministros Antonio Maura, y Juan de la Cierva ocupaba la cartera de Gobernación. Transitaba la mitad de su llamado gobierno largo, época de cambios estructurales en España. En ocasiones incluso demasiados para algunos segmentos sociales. Probablemente en su deseo de congraciarse con los más conservadores y concretamente con la Iglesia católica —siempre renuente con la Fiesta de los toros desde la bula de Pio V De salutis gregis dominici, de 1567— el ministro de la Gobernación redactó ese año dos reales órdenes que restringían la celebración de las corridas de toros. Una de fecha 5 de febrero de 1908 limitaba la celebración de capeas y festejos en plazas no preparadas —lo que afectaba a la Fiesta en los pueblos—; la otra, de 2 de julio de 1908, prohibía el toreo de las mujeres. La causa aparece en el encabezamiento de la orden. La reproducimos: “La opinión pública ha protestado en varias ocasiones contra la práctica que se va introduciendo en las plazas de toros de que algunas mujeres tomen parte en la lidia de reses bravas; y sin bien se alega de que la ley no la prohíbe expresamente, el hecho en sí constituye un espectáculo impropio y tan opuesto a la cultura y a todo sentimiento delicado, que en ningún caso deben las autoridades gubernativas permitir su celebración, como acto que ofende a la moral y las buenas costumbres”. (Las cursivas son mías).

Aunque sea introducirnos en finuras jurídicas, hay que especificar que la orden se carga las corridas de las mujeres toreras amparándose en dos artículos de la ley provincial otorgada por Alfonso XII (Gaceta de Madrid de 1 de septiembre de 1882). Concretamente los artículos 22 y 25. La combinación de ambos preceptos exhortaba a los gobernadores civiles a reprimir “los actos contrarios a la moral o a la decencia pública”.

Las reacciones sociales fueron diversas. Para no extendernos en la crónica, nos centramos en Segovia, entonces con dos periódicos: Diario de Avisos y El Adelantado de Segovia. No conocemos la reacción del hoy decano, sí, y no nos extraña, la cobertura del Diario de Avisos, que recogió la totalidad de la Real Orden con un sugestivo título: ‘Contra las señoritas toreras’ (edición del 4 de julio de 1908).

Como ocurrió con las capeas y festejos de pueblos —sobre todo con estas últimas— el cumplimiento de la orden descargaba en la figura de los gobernadores su ejecución y en los alcaldes de pueblo la solicitud de la autorización de los festejos. En las mujeres toreras la orden hizo mella. Buenas lidiadoras como la mencionada Juanita Cruz o la chilena Conchita Citrón se vieron obligadas a torear fuera de España, a pasarse al rejoneo o a colgar los trastos. Rafael González Zubieta, en su artículo ‘La presencia de la mujer en el mundo de los toros‘, recoge la expresión de Juan Belmonte al ver a Conchita en un tentadero en su finca de Sevilla: “Si yo mandara en el toreo, usted, Conchita, toreaba a pie el domingo que viene”. Hay que recordar que la prohibición —repito, con algunas vacaciones temporales por la vía de los hechos, y con reforma jurídica en tiempos de la República, como veremos— duró hasta la orden de 10 de agosto de 1974. Se dio la paradoja normativa en España que mientras la ley 56 de 22 de julio de 1961 reconocía a las mujeres, con limitaciones que no hay que olvidar y que afectaban sobre todo a las casadas, los mismos derechos que el hombre para el ejercicio de toda clase de actividades profesionales y de trabajo, el artículo 49 párrafo 2º del Reglamento de Espectáculos Taurinos de 15 de marzo de 1962 siguió prohibiendo un año después que las mujeres toreras participaran en las corridas como matadoras de reses.

Juanita Cruz

Juanita Cruz en 1934 en la portada del semanario taurino La Fiesta Brava OK
Juanita Cruz, en 1934 en la portada del semanario taurino ‘La Fiesta Brava’.

Juanita Cruz se adelantó en las reclamaciones. Aprovechando la entrada en vigor de la Constitución de la República Española el 9 de diciembre de 1931, y en concreto de sus artículos 25 y 33, solicitó en diciembre de 1933 que se derogase el artículo 124 del Reglamento taurino de 12 de julio de 1930 que prohibía tomar parte en la lidia de toros, novillos y becerros a las mujeres. Juanita dirigió una instancia al ministro de la Gobernación que publicó en su integridad el periódico Luz de 28 de diciembre de 1933. Pedía una derogación ex iure, porque de facto Cruz había actuado durante esa temporada de 1933 en dieciséis corridas de novillos, algunas en plazas de toros de capitales españolas como Albacete, Córdoba, León, Málaga y Murcia. También lo hizo en el extranjero, concretamente en Marsella, Perpignan y Lisboa. Rafael Salazar Alonso, entonces ministro de la Gobernación, revocó el artículo 124 del Reglamento después de recibir un informe favorable de la Dirección General de Seguridad. El toreo a pie de las mujeres quedaba autorizado en 1934. Juanita toreó ese año 53 novilladas, entre ellas la de Sevilla, con reses de Juan Belmonte. Cortó dos orejas y un rabo. El 2 de abril de 1936 debutó en Las Ventas madrileña. Incluso ABC se rendía a la evidencia. “Juanita cuando está en la plaza vence y vencerá siempre con el arte a toda clase de prejuicios”, escribía el crítico Eduardo Palacio Valdés. No obstante, ese día, y para que la revolución no fuera tan intensa, cambió la torera la taleguilla por una falda de luces diseñada para la ocasión por el famoso dibujante K-hito. Tras la Guerra Civil volvió la vigencia del artículo 124. Conchita murió en 1981. En el cementerio de La Almudena de Madrid el escultor Luis Sanguino le levantó una escultura a tamaño natural. Luis Sanguino hoy reside en Valdeprados, en el Torreón que fue de los condes de Puñonrostro.

La Reverte

Este guirigay formado por prejuicios, prohibiciones y apoyo popular se vio complicado con la irrupción en el panorama taurino de La Reverte, que terminó de animar el cotarro. La carrera de María Salomé Rodríguez Tripiana comenzó en 1888, año en el que debutó de la mano del famoso Machaquito y de Lagartijo Chico. Hicieron terna en plazas como Zaragoza, Madrid, Granada, Valencia, Murcia, Sevilla o Lisboa. El periódico ABC se convirtió en un seguidor fiel de la torera. Pero llegó la Real Orden de 1908 del ministro La Cierva. Se produjo entonces el escándalo: La Reverte alegó que la norma no iba con ella porque en realidad era…un hombre, y que su verdadero nombre era Agustín Rodríguez. Las especulaciones saltaron a la palestra. El 15 de octubre de 1911 ABC se preguntaba: “Pero qué es La Reverte, a ver, hombre o mujer”. Un mes antes había titulado ‘Cambio de sexo’, yendo más allá de la duda y asegurando: “Lo que podemos afirmar nosotros es que la vimos torear una vez en la plaza de toros de Madrid y advertimos en ella un valor grande al estoquear dos novillos con respetable cornamenta, una agilidad impropia de una mujer para correr y saltar vallas, así como una resistencia física que no es común en los individuos del sexo débil”.

La Reverte posando vestida de luces para la revista La Fiesta Nacional OK
La Reverte, posando vestida de luces para la revista ‘La Fiesta Nacional’.

Vista en perspectiva, e introduciéndonos en el análisis sociológico, La Reverte responde a un caso de travestismo aprovechando el tirón popular que en el fin de siècle tuvieron las mujeres como parte de un espectáculo que tras la retirada de El Guerra y a la espera de la llegada del dúo Belmonte-Joselito no vivía sus horas más prósperas. España pasaba por una crisis intelectual, social y económica. Los empresarios taurinos aprovecharon la circunstancia de la irrupción femenina para atraer público con precios populares. La corrida del 26 de junio en Segovia tuvo una “vistosa” entrada. La de las mujeres toreras de San Pedro fue, sin embargo, “más que buena”. Los precios de la segunda eran entre un 20 y un 30% más baratos que los de la primera. Pero en los palcos la reducción subía a un cincuenta por ciento, porque era la burguesía la más renuente. El final de La Reverte fue triste: no soportó la polémica, se marchó a hacer las Américas y cuando volvió mediando los años treinta cosechó un auténtico fracaso. En 1962, Francisco Rodríguez Batllori lo explicaba con claridad en ABC: “Las deficiencias que el público había tolerado a María Salomé no eran, en cambio, toleradas a Agustín Rodríguez”. Terminó como guarda en una mina de Jaén.

La irrupción del toreo femenino con Las Noyas, Juanita Cruz o La Reverte se produce en un momento de reconfiguración del concepto Nación en España y en el que la Fiesta no pasa por sus mejores momentos. También la zozobra afectaba a los esquemas sociales y a los roles masculino y femenino. Era una época en que la derrota política e intelectual del liberalismo radicalmente esencial tras el fracaso de la Revolución de 1868 hace posible que las tesis conservadoras logren imponerse de manera progresiva y transversal en los estándares sociales. A su vez —con suma paradoja— los regeneracionistas observaron lo popular más como objeto de estudio —a la manera del positivismo— que como sujeto activo cuyos gustos debían ser respetados tal y como ocurrió a principios del XIX. El toreo femenino va a concitar todas las paradojas y contradicciones de una sociedad fracturada y perdida. Se queda sin cobertura que lo ampare. El conservadurismo llevará en la segunda década del siglo XX a concebir otra vez el toreo como estereotipo de la masculinidad, mientras que los regeneracionistas —que podían haber trastocado esos roles masculino y femenino— simplemente consideran la Fiesta como ejemplo de una brutalidad popular que envilece.

Segovia y los toros | 1899. Toreras en la plaza (descarga el especial)