MAESO 2

Forma Lope Tablada de Diego junto con Antonio Machado, Daniel e Ignacio Zuloaga y Aniceto Marinas el quinteto de artistas con mayor representación en las páginas de El Adelantado de Segovia durante el primer tercio del siglo XX. Pero con una salvedad: Lope aparece retratado desde el día de su bautizo hasta su muerte. Exactamente desde el 26 de diciembre de 1903 —cuando fue cristianado en San Millán— hasta el 9 de septiembre de 1974, dieciocho días después de su fallecimiento, fecha en la que se publica el último artículo a modo de réquiem firmado por Saturnino G. López Tablada.

Así como Ignacio Zuloaga tiene su cronista particular en la firma de José Rodao, es Antonio Linage, procurador de los Tribunales en Sepúlveda y colaborador habitual del periódico decano, quien se mantiene fiel al pintor durante algo más de veinte años. Cito a Linage porque me parecen muy significativos los escritos sobre el pintor, y en especial el que publica el 27 de octubre de 1949, fuera del alcance temporal de nuestras crónicas pero definitorio del mejor Tablada de Diego y de su mejor producción a nuestra parecer: la que va desde mediados de los veinte a mediados de los treinta del pasado siglo: “Tablada es fundamentalmente un impresionista”, dice, lo que no le “hace alejarse de una observación fiel y rigurosa de la Naturaleza, ni del detalle minucioso pero característico para producir impresiones de conjunto”. No desvela Linage la historia pictórica del pintor, que es amplia y diversa en estilo y género, sino, como decíamos, su mejor época, cuando deja atrás toda carga de academicismo adquirida durante su larga formación. Y reposa su ansia productiva. Volveremos a ello después.

DE DIEGO
Lope Tablada de Diego.

Lope Tablada de Diego (1903-1974) es hijo de Lope Tablada Maeso (1877-1946), un notable pintor que contuviese en su día una prometedora carrera por su labor de artesano de la pintura decorativa. En 1901, recién editado como diario, Tablada Maeso se anunciaba en El Adelantado de Segovia como pintor decorador para toda clase de trabajo “dentro y fuera de la capital”. El artesano se ofrecía para decorar “habitaciones en estilo modernista”. Era el estilo que predominaba entonces, más en el interior de las casas segovianas de la burguesía que en los exteriores. En estos son las forjas de cierros y balcones las que aúnan tradición floral con guirnaldas y decoración moderna. En el interior, frisos y cenefas en el paramento o en papeles pintados engalanaban paredes de tonos claros y pastel. Tablada pintó los techos de la antigua farmacia de Sangarcía, hoy al albur del paso destructor del tiempo, mientras que el mobiliario se exhibe en el Museo de la Farmacia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid.

MAESO
Lope Tablada Maeso.

Tablada Maeso se anunciaba en 1901 en la Calle Real del Carmen, 5. Contaba 24 años. El pintor decorador prosperaría pronto. Años después, su estudio recalaría en el número 3 de la calle de San Agustín, y al tiempo en la cuesta del Angelete, después Ruiz de Alda y hoy Teodosio el Grande. Allí mantendría el estudio su hijo. No lejos, su hermano Carlos desarrolló a lo largo de su vida sus negocios, primero de tejidos y más tarde de engrasado de coches. Ambos serían concejales de la ciudad.

Tablada Maeso decoró en 1918 la bóveda del teatro Juan Bravo, y en 1923 repitió en el Cervantes, aquí con las figuras alegóricas de la Tragedia, la Música y la Danza, las tres sobre un carro tirado por blancos corceles. Para el Juan Bravo eligió la estética que sobre el comunero había impuesto en 1860 Antonio Gisbert en su cuadro “Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo”. Fue Aniceto Marinas quien se encargó de romper con la iconografía habitual desde ese 1860 con su estatua de la Plazuela de San Martín, de 1922. En todo caso, la obra del teatro Cervantes le ocasionó a Lope un traspiés en modo de quebranto económico. Poco antes de concluir el trabajo, la empresa gestora entró en quiebra con lo que Tablada no solo no cobró sus emolumentos sino que tuvo que hacer frente a los de su equipo, entre los que se encontraba el inquieto pintor Lucio Roldán, alumno suyo en la Escuela de Artes y Oficios, en donde Tablada Maeso ejerció de profesor antes de hacer partícipe a su joven hijo en las tareas de la docencia. Estaba ubicada la escuela en un destartalado caserón de la plazuela de San Martín.

Del pincel fino de Tablada Maeso van a salir dos obras destacables: La Plaza Mayor de Segovia y Casas de la Plaza Mayor. El pintor, para trazar el primero de los cuadros, pone los ojos en donde antes los había descansado Darío Regoyos, y coincide con Ignacio Zuloaga en el sitio en donde instalar el caballete para la segunda pintura. En esta, Lope se centra en las casas de los cuatro edificios que luego, en 1916, fueron sustituidas por el hoy llamado edificio Larios. Aparece la triple arquería de arcos de tipo carpanel del siglo XVI y al lado el establecimiento comercial que más tarde ocuparía la confitería El Alcázar. En el interior de los 3 arcos se encontraba uno de los escasos restaurantes que se escapaba de la distinción de taberna y mesón de Segovia, el restaurante de Suárez, famoso por sus chuletas empanadas y los exquisitos pestiños que en él se servían. En un interesante artículo (El Adelantado 14 de noviembre de 1925) Sandoval (J. de S.) habla de esta particular casa de comidas y centro de peculiares tertulias e incluso de tardíos duelos. Es este inmueble, y el inmediato a su izquierda, los que aparecen al fondo del cuadro La Diligencia de Segovia, de 1882, obra de Darío de Regoyos.

Ignacio Zuloaga pintaría estos edificios en un magnífico cuadro titulado Rincón castellano, hoy propiedad de Plácido Arango. En él se visualiza la irregularidad de líneas que componían estas cuatro edificaciones que resolvió después Rafael Cabello y Dodero en una monumental construcción neoplateresca, que todavía hoy es discutida, aunque no participa en la crítica el autor de esta crónica. Es cierto, sin embargo, que la monumentalidad y la diagonal trazada por la edificación rompería con la unidad y armonía pensada por Brizuela cuando al inicio del siglo XVII diseñó la fábrica del Ayuntamiento (1610) o dibujó las trazas de la Plaza Mayor de Segovia (1623).

Ignacio Zuloaga Rincon castellano
Ignacio Zuloaga. Rincón castellano

En una esquina del cuadro de Tablada Maeso aparecen los inicios de los soportales de otro inmueble, el que hoy ocupa el hotel Infanta Isabel. No concluyó su renovación hasta 1889, aunque empezara en 1869. Se alza entre la antigua calle de la Cintería (hoy Reina Isabel) y la de Reoyo (hoy Infanta Isabel). Desde una de las ventanas tomó al natural la vista de la Diligencia de Segovia Darío Regoyos, con una perspectiva innovadora que es lo mejor del cuadro, que llama la atención por su simplicidad conceptual y su esquematismo. La diligencia se encuentra a punto de tomar el camino de salida de la ciudad por la calle Cintería, pasando por la Puerta de San Martín, todavía en pie en 1882. Allí ejercían los cocheros sus habilidades en el manejo de los jamelgos, apartando sin piedad de su ruta a la buena gente que subía a la plaza desde el Arrabal Grande y San Millán.

Me atrae de Casas de la Plaza Mayor de Tablada Maeso el encuadre fotográfico que utiliza, importándole más la captación de la realidad que la propia simetría del cuadro. Como realiza Regoyos en Place à Segovie se hace evidente el arenal en forma de suelo y ocupa la primera parte del cuadro a modo de introductor écran. Probablemente es un efecto buscado puesto que la pavimentación y la instalación de aceras en la plaza había comenzado en 1866. En el cuadro de Ignacio Zuloaga, Rincón castellano, al que aludía antes, sí son ya evidentes estas obras de urbanización mencionadas, que realzan unos comercios sin otros elementos de definición —no aparece un alma— que las luces del interior que además de apuntar un esbozo de modernidad en la ciudad sustituyen a un inexistente punto de fuga.

Pasado el tiempo (1971), Tablada de Diego pintó una interesante acuarela —Calle Real de Pedraza— que sin duda denota la influencia de este magnífico cuadro de su padre.

Tablada pinta otro cuadro destacable, La Plaza Mayor de Segovia. Todo el lienzo rezuma dinamismo, viveza, riqueza sociológica en un jueves de mercado

Como a Ignacio Zuloaga, como a Darío Regoyos, como a Daniel Zuloaga —que pintó una magnífica acuarela sobre ella—, a Tablada Maeso le atrae la Plaza Mayor de Segovia. La única plaza que ha tenido la ciudad en siglos, antes que entre el XIX y el XX se convirtieran los solares de antiguos conventos e iglesias en plazas arboladas —preciosas plazas, por otro lado—. Tablada pinta otro cuadro destacable, La Plaza Mayor de Segovia. Todo el lienzo rezuma dinamismo, viveza, riqueza sociológica en un jueves de mercado. El edificio que se retrata esta vez es el de la cara este de la plaza. Por aquí empezó la remodelación del entorno Joaquín Odriozola, aunque solo se levantaran los ocho arcos de los soportales que estuvieron esperando desde su soledad erguida de 1884 hasta 1917, en que se construyó el Teatro Juan Bravo, inaugurado un año después y también obra de Javier Cabello. Es destacable la contraposición entre la vida que bulle en la plaza y la triste quietud de un edificio mellado que sabe cuál es su condena y espera paciente su ejecución. Que se hará esperar. Allí encontró lugar durante décadas el Mesón Grande. Años antes (1882), todavía sin arcuaciones, el gran Darío Regoyos pintaría un cuadro de interés dentro de su producción. El interés se lo proporciona ese arenal inicial tan poco frecuente en su obra, captando toda la luminaria del entorno; aparece al fondo la Torre de Hércules, a un lado, y al otro la iglesia de San Facundo. Lo tituló, como hemos visto antes, Place à Segovie. Hoy se expone en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fue identificado por Mariano Gómez de Caso en 1992.

Lopito

Lope Tablada de Diego nació con el destino ya trazado. Su padre fue también su maestro. Eso le marcaría en los primeros años. Después trasladaría ese sello de familia a su hijo Lope Tablada Martín, todavía hoy en activo y componiendo la tercera generación de pintores segovianos.

Tablada Maeso lleva a su hijo al jardín botánico, cuando ya el Camino Nuevo había adoptado su actual denominación —Ezequiel González—, para que adquiera destreza con el dibujo. Con el tiempo, le servirá ese dominio para perfilar sus característicos bodegones y naturalezas muertas, como los que pinta en las salas interiores del Mesón Cándido. Pronto, a los nueve años, entra en la Escuela de Arte y Oficios de Segovia. La Escuela goza hoy de gran solera en la ciudad, pero pasó distintos avatares en 1901 que le llevaron al borde del cierre. Es la heredera de aquella Escuela Práctica de Dibujo que impulsara entre finales del XVIII y principios del XIX el grabador Antonio Espinosa de los Monteros. Queda fuera del alcance de nuestra crónica seguir la trazabilidad de esta escuela de artistas. Estamos ahora con Lopito. Cinco años permanece en la escuela antes de dar el salto a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando —1918— y antes de ser pensionado —1921— para pintar en El Paular y en Cudillero.

En la San Fernando coincidió con Salvador Dalí. Dalí, excelso dibujante, era irreductible y poco formal. Compartía con Lope el dominio del trazo, no la férrea disciplina

Realizo este recorrido para remarcar dos de las tres características del Lope Tablada de la época: su consideración de niño prodigio y el clasicismo formativo al que se le sometió. La tercera será su capacidad productiva. En la San Fernando coincidió con Salvador Dalí. Dalí, excelso dibujante, era irreductible y poco formal. Compartía con Lope el dominio del trazo, no la férrea disciplina. El segoviano aguantó los años de formación en Madrid. Sin embargo, tiempo después —1929—, y en una entrevista a Antonio Linage publicada en El Adelantado, despotricaba contra la labor de las academias que a su juicio no contribuían en la formación del artista. “Es más”, apostillaba, “yo creo que los estropea”.

Atentos a la fecha: 1929. Lope Tablada se desprende del neoclasicismo, del romanticismo y del folclorismo paisajista. Y busca la luz. Y encuentra el color. Cuenta Linage en el periódico —18 de octubre de 1928— sus andanzas con Lopito por las tierras de Sepúlveda buscando aprisionar, cada uno con sus armas —el pincel y la pluma—, “el sello imborrable de la hora crepuscular”; la luz del sol — “los destellos irisantes”— sobre el paisaje. Es la parte menos conocida de la obra de Lope, que reivindico: la búsqueda de la luz que descompone la forma, del color que aparca el dibujo. Es lo máximo, por otro lado, que se va a permitir en el bordeo de la modernidad Tablada de Diego: su pintura encierra una amalgama de estilos pero sin renunciar al clasicismo que le impide dar un paso más allá; sin traspasar jamás los límites de la forma. No solo pretende que su pintura se sienta, sino que se entienda. Ocurre cuando se llena de “plenairismo” y dota a su paisajismo de una pincelada rápida, corta, empastada, repleta de referencias impresionistas (Vista del Parque del Oeste, 1927); o cuando retrata a su hermana Lola —1931—en un primer plano al estilo Van Dongen y con un encuadre que no permite aprehender la totalidad de una exuberante pamela roja. Son los años de un magnífico Tablada de Diego. La década que va desde 1925 a 1935. He de decir que después completará otra década de sumo interés, más allá de la Edad de Plata que describimos, de 1962 a 1972.

LOLA
Lope Tablada de Diego. Mi hermana Lola (1931).

En esta última parte de los veinte el pintor se ha desprendido ya de la carga académica. Lo que Luciano Reinoso llama con acierto “mal digeridas orientaciones profesionales”. Lo hace en los distintos géneros que practica: retrato, bodegón o paisaje. Se mostrará en la exposición que realiza en La Granja de San Ildefonso, inaugurada el 2 de septiembre de 1928, que luego continuará, también con 32 obras, a finales de ese mes, en la recién restaurada iglesia de San Quirce, sede de la Universidad Popular. Las exposiciones de 1928 serán un éxito de público. El Adelantado de Segovia se vuelca otra vez con el pintor. Durante su estancia en el Real Sitio le dedica tres artículos en trece días —30 de agosto, 3 y 12 de septiembre—. En el del 12 de septiembre, Gonzalo España cuenta que la infanta Isabel de Borbón, condesa de Segovia, La Chata, compró su obra Mañana de otoño, en la que se reproducían los jardinillos de S. Roque de la capital. El precio fue 800 pesetas, cantidad nada desdeñable para la época.

No era novedad en El Adelantado este seguimiento a Lopito. Lo hizo en la exposición de artistas segovianos que tuvo lugar en la Casa de los Picos en septiembre y octubre de 1921. Allí el triunfador fue Lope Tablada Maeso, el padre, a tenor de los cuadros vendidos. El mayor de los Lope ejercía esos días de alcalde accidental de Segovia. Tampoco se privó la infanta de la visita. Esto decía el periódico: “Tuvo (…) la egregia dama frases de elogio (…) muy especialmente para el joven —casi un niño— Lope Tablada, quien, por el número de obras que presenta y las felices disposiciones que manifiesta por el paisaje, escuchó muchas felicitaciones”. (El Adelantado, 30 de septiembre de 1921). El periódico decano recalca en otro suelto que el joven Lope es el pintor que más obra presentaba —estaban, entre otras, las pinturas de Valentín Zubiaurre, Lucio Roldán, Jesús Unturbe (primo de Lopito) y Emilio García Martínez— y además “quien verdaderamente ha sentido el entusiasmo de hacer obras nuevas para la exposición”. (El Adelantado, 20 de septiembre de 1921).

Tantos parabienes podían dar, cien años después, una imagen distorsionada del pintor en 1921. Prefiero acogerme a lo que decía de él Fernando López Martín ese mismo año en la revista Nuevo Mundo: “Cuando este pintor se libere de la preocupación del detalle, su pincel correrá con más fragancia sobre la tela, tendrá más luz, será, en suma, una gama completa de iris vivos, palpitantes, que hoy permanecen yertos. Con talento, y Lope Tablada lo tiene, todo se consigue”.

Su paleta es entonces parca: con predominios de los ocres y de los grises, gustosa de los matices fríos. Emerge la sombra de Gutiérrez Solana, de Zubiaurre, de Zuloaga. El joven Lope bebe del pesimismo de la generación del 98. Y cultiva la forma clásica. Y lo proyecta sobre un paisaje que todavía no sale de su pincel con la ligereza que lo hará años después.
Cuando tiempo más tarde vuelva a los paisajes, a las naturalezas muertas, a los tipos y hechos históricos en la taberna de Cándido —en donde pintó durante cuarenta años—, ya es otro pintor y es otra la época. Me quedo con el final de la década de los veinte. Y con la ganas de haber contemplado Alegoría de la República, el cuadro que tan solo vivió tres años y en el que se reflejaría el Lope más ecléctico, capaz de unificar géneros y estilos. Sin teorías ni relatos superfluos.