RETRATO MARCO

¿Qué queda del legado de Ezequiel González? ¿Se conoce la figura de este prohombre del siglo XIX, ejemplo de liberal burgués, seguidor de las ideas del regeneracionismo, defensor del patrimonio histórico y alentador a la vez de las infraestructuras y de la educación como motor de desarrollo de una provincia, de un país?

Contestaremos. Pero antes construyamos el relato. De la mano, entre otras fuentes y como venimos haciendo en estos capítulos, de El Adelantado de Segovia, verdadero esbozo de la historia de este primer tercio del siglo XX, en el que tanto influyó la trayectoria de González.

Ezequiel González (Turégano, 1820 – Segovia, 1903) constituye, con un conjunto de segovianos, un grupo de personajes clave en la España de la Restauración, de la Regencia y por lo tanto de la transición –en el más amplio sentido de la palabra- de un siglo a otro; en la espalda de este grupo, más o menos curvada por la edad, recayó la regeneración de España en general y de Segovia en particular. Fue su esfuerzo particular el que funcionó como palanca en la creación de anhelos culturales. Tan solo estuvo a su altura una institución administrativa: la Diputación Provincial. Es significativo observar cómo la restauración en octubre de 1875 de la Sociedad Económica Segoviana de Amigos del País –de la que González fue presidente- decae cuando las administraciones empiezan a ocupar un papel más activo en la vida cultural y económica de la provincia. En ese grupo pueden enclavarse a Segundo Gila, Félix Gila, Leopoldo Moreno, Teófilo Hernando, Antonio García Tapia, el conde de Cheste, Gregorio Bernabé Pedrazuela o Rufino Cano de Rueda. Ampliando la nómina se incluirían nombres como Rafael Ochoa, Mariano Sáez Romero, Agustín Ruiz Arévalo o Joaquín María de Castellarnau.

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Las fuentes de las que se nutre el ánimo de Ezequiel González se ubican entre sus contemporáneos, en especial en la obra del aragonés Joaquín Costa, veinte años menor que él. También en la beneficencia de Diego Ochoa Ondátegui, potente industrial lanero de la Segovia de mediados del siglo XVIII, que en su testamento, fechado el 5 de marzo de 1751, legó parte de sus bienes para la construcción de un colegio de huérfanos y unas escuelas en el solar que había adquirido en la calle Romero, hoy Almira. Un documento, guardado en el Archivo catedralicio, recuerda su generosidad a partir de la fundación y legado. Muy unido estará González a ese legado. Para lo bueno y para lo malo.

La fundación

El propio fundador, en el discurso de inauguración, centraba en la ausencia de instrucción pública la causa del subdesarrollo español con respecto a otras potencias europeas más avanzadas

La fundación de Ezequiel González se inauguró el 6 de septiembre de 1903. La edición de El Adelantado de Segovia del lunes 7 de septiembre se dedicó monográficamente al acontecimiento. En el propio periódico se recogía su finalidad: construir “un centro de enseñanza especial, el primero en su género que se instaura en Segovia, y acaso en España, con la tendencia de dar carácter práctico, de inmediata aplicación, a la enseñanza primaria, a fin de iniciar al niño en la vida del hombre”. El propio fundador, en el discurso de inauguración, centraba en la ausencia de instrucción pública la causa del subdesarrollo español con respecto a otras potencias europeas más avanzadas. Sus palabras, todavía hoy, ciento diecisiete años después, resuenan en los oídos y siguen dejando poso: “Pensaba y pienso que todo provenía de haber tenido (esas potencias europeas) la gran idea de educar al pueblo, de multiplicar las escuelas de primera enseñanza, de levantar el magisterio a la altura que se merece por su elevado ministerio (…) Pensaba y pienso que el maestro de escuela, que la escuela de primera enseñanza, han sido el resorte mágico que ha levantado a esas poderosas naciones a la altura colosal donde han llegado en ilustración, en riqueza y poder”.

Es el “Escuela y despensa”, el lema de Costa y que el viejo liberal, forjado en la revolución de 1868, aplica con coherencia absoluta al destino de su fortuna. Aquí reside la gran diferencia entre los liberales decimonónicos y los liberales surgidos del capitalismo industrial del siglo XX. La ausencia de una estructura administrativa creadora de igualdad se suple con el destino de esas fortunas, que se socializan en la búsqueda del bien común. Constituye el liberalismo genuino de estos prohombres españoles llenos de compromiso con la sociedad de su época, y en los que influye de manera esencial la doctrina cristiana, y en especial la desarrollada por la encíclica Rerum Novarum, de Leon XIII (mayo de 1891), que en sus puntos 17 y 35 anima a que la riqueza individual se “emplee en beneficio de los demás”.

Emociona leer el análisis de González cuando pone el acento en la pobreza retributiva de los maestros: “la mayor parte de ellos tiene un sueldo mezquino de 625 pesetas anuales… ¿Cómo esos desgraciados han de educar a sus discípulos?”, argumenta para después exigir al gobierno la reforma de “la enseñanza en todas sus jerarquías con arreglo a los procedimientos más modernos”; y la propia aplicación a la enseñanza de “buen material científico”, para complementar “las sesiones teóricas con las prácticas”. En la continua búsqueda de precedentes que realizamos, recordemos que estamos en 1903 y que en 1876 Laureano Figuerola, su primer presidente, había inaugurado la Asociación de la Institución Libre de Enseñanza junto con un grupo de catedráticos separados de la Universidad Central de Madrid por defender la libertad de cátedra y proponer un modelo educativo diferente que no se caracterizase por ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa.

Ezequiel González no fue en el campo religioso tan lejos –ya hemos indicado cómo su actitud tiene un poso importante de solidaridad cristiana con los desfavorecidos- pero sí se separa del mero adoctrinamiento religioso. “Alimentaremos el alma de los niños con las divinas máximas de nuestra santa religión, y al mismo tiempo excitaremos sus sentidos con la vista de esas numerosísimas y preciosas colección de láminas de la Historia Sagrada, explicando lo que significan y representan. Y para que la impresión sea más fuerte y duradera, para que los sentidos de los niños queden heridos materialmente, digámoslo así, se les darán sesiones prácticas con el magnífico aparato de proyecciones que está en el museo”.

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¿Qué latía debajo de la iniciativa de Ezequiel González? Ya lo hemos apuntamos pero incidimos en ello: ligar la iniciativa particular a la instrucción pública, al estilo de lo que habían llevado a cabo personajes como Urquijo, Aguirre, Sotés, Sierra o Viteri. Como buen liberal recelaba de aquellas políticas públicas más centradas en legislar que en la dotación de recursos. “Hemos vivido medio siglo con la Ley de Instrucción de Moyano (ley de 9 de septiembre de 1857), sin acordarnos para nada de que en España había escuela que atender, maestros de (los) que cuidar y ciudadanos que formar”, acusó en su discurso pronunciado en el mismo acto, el director de la Fundación, Rafael Roda. Un discurso, por cierto, imprescindible para conocer la situación de las corrientes que se concitaban en la instrucción y pedagogía de la época, pero también para calibrar en su justo término el alcance de las distintas tendencias que formaban el regeneracionismo español de la época.

A pesar de ese europeísmo, consideraba “funesta la manía del extranjerismo”

El nombramiento de Rafael Roda, elección personal de Ezequiel González, causará recelo en el Ayuntamiento de Segovia, que recriminará al prócer no haberse sustraído a un procedimiento de concurso público. Roda viajó, en los años precedentes a la inauguración de la escuela, por distintos países europeos para empaparse de los métodos que allí se aplicaban, adquiriendo materiales e instrumentos pedagógicos por valor de un millón de reales de la época. A pesar de ese europeísmo, consideraba “funesta la manía del extranjerismo” que pretendía, sin más, “trasplantar a nuestro suelo las instituciones, la organización y los procedimientos del otro lado del Pirineo”, abogando, en cambio, por “estudiar las condiciones de nuestra raza, el carácter de nuestros pueblos y las necesidades de nuestro país para inducir (…) las reformas que debemos acometer (y) las leyes por (las) que nos debemos regir”. Rafael Roda estaba muy influido por las experiencias desarrolladas por el padre Andrés Manjón en los cármenes de Granada con las colonias escolares destinadas a niños pobres.

La escuela se abrió el mismo 6 de septiembre de 1903 en que se dio a conocer la Fundación, dos meses antes de la muerte de su fundador. Lo hizo en terrenos hoy ocupados por el IES que lleva el nombre de Ezequiel González. Fue destinada a la formación de niños mayores de 8 años de las parroquias de El Salvador, Santos Justo y Pastor, San Lorenzo y Santa Eulalia. El legado de la Fundación Ezequiel González fue muy importante económicamente. Estaba dotado con 216.000 pesetas de deuda perpetua. Sus rentas iban destinadas al sostenimiento de la escuela. Cumplió con su finalidad unos años.

En 1994, el pleno de la Diputación Provincial, a la que el testamento del benefactor había confiado subsidiariamente su administración, la extinguió; por decreto de la Presidencia (2003) fue liquidado el capital relicto sobrante. González había formado parte de la Diputación, aunque no creemos que llegara a presidirla, tal y como dice la esquela que cubrió toda la primera página de El Adelantado del día 6 de septiembre, fecha en la que murió a las 10 de la mañana.

Aunque parezca difícil de entender, no todo fueron parabienes con la creación de escuela y fundación. El 5 de septiembre de 1903, González recibió un anónimo con un amenazante mensaje: “La fundación (…) va a dar a usted muchos disgustos pues por lo visto por la Gloriosa (revolución liberal de 1868) hizo usted cosas que van a salir a la superficie (…). Los defensores, como El Adelantado de Segovia, desconocen la historia poco correcta observada por usted en la fundación (Ochoa) Ondátegui”. Hay que recordar que la casa palacio de Ezequiel González, en donde guardaba su fantástico gabinete de curiosidades, había sido con anterioridad sede de la fundación del antiguo lanero vasco-segoviano.

No pararon aquí las críticas. El miércoles 30 de septiembre de 1903 la infanta Isabel visita la escuela quedando impresionada “con el aparato de proyecciones luminosas”, como recoge El Adelantado. Sin embargo el propio periódico publica que “ciertas intrigas y despreciables pretensiones de los enemigos de (…) la institución –que por lo visto los tiene- (…) trataron de impedir con maliciosa inventiva la visita de S.A.R.”.

El Adelantado criticó duramente esta decisión. Al final, el Ayuntamiento plegó velas

El propio Ayuntamiento de Segovia, en su preliminar sesión de 14 de agosto de 1903, debate la moción de los concejales Higuera, Terradillos y Ondaro para que la corporación se saliera del patronato de la Fundación Ezequiel González al resultar mero “patrono de derecho que no de hecho”. Se recriminaban tres cuestiones: la eliminación del arquitecto municipal, Joaquín Odriozola, de las obras de la escuela; el nombramiento de Rafael Roda como director sin pública oposición, y la convocatoria de los cursos docentes sin concurso del Ayuntamiento. El pleno votó, sin embargo, “subsistir en el Patronato”, pero “haciéndole cumplir al señor González cuantas condiciones tiene firmadas”. El asunto levantó polémica puesto que se le quería decir a un donante las características de su legado. El Adelantado criticó duramente esta decisión. Al final, el Ayuntamiento plegó velas e incluso en septiembre de ese año decide el cambio de nombre del Paseo Nuevo por el de Ezequiel González.

Lo que subyacía en este enfrentamiento, sin embargo, además de la participación activa de González en la Gloriosa, era la controversia que este mantuvo desde la Sociedad Económica Segoviana de Amigo del País con los proyectos de Odriozola de expansión urbanística de la ciudad a costa de monumentos segovianos, que tuvo su concreción en el acuerdo adoptado en la Junta de 17 de agosto de 1883 contra el derribo del arco de San Martín (Revista del 27 de septiembre de 1883).

El museo

MANO
Mano momificada. FOTO: KAMARERO

La creación del Museo González será la otra pata de su generoso legado. Y la realizará transmitiendo, tras su muerte, toda su colección al entonces Instituto General y Técnico de Segovia, hoy IES Mariano Quintanilla. Ya en la cláusula 20 de su testamento ológrafo de 12 de mayo de 1896 expone su deseo de que en el futuro museo “sobre la puerta de entrada (…) se ponga en letras grandes la inscripción siguiente: Museo González”. En esa misma cláusula se establece la obligación de que la exposición “ha de abrirse al público un día cada semana, por lo menos, para que pueda visitarse gratuitamente”.

Durante buena parte de su vida Ezequiel González había ido recopilando objetos y obras artísticas en su casa palacio. González creó un Gabinete de curiosidades, tan al gusto del siglo XIX, aunque no tan excéntrico como el que logró reunir el doctor González de Velasco –natural de Valseca de Boones- en su palacete neoclásico de Madrid diseñado por Francisco de Cubas. Pero sí consiguió una colección en la que se unían pájaros disecados con cuadros, manos de momias egipcias, frisos judaicos de la antigua sinagoga de Segovia o un ídolo tallado en obsidiana representante de la cultura tlascalteca. La heterodoxia a la hora de coleccionar los elementos antropológicos contrasta sin embargo con el gusto clásico –fundamentalmente helénico- de sus reproducciones estatuarias, de general en bronce.

Suplemento en PDF | Ezequiel González: filantropía liberal

Destacan, por supuesto, las reproducciones que magistralmente realizó Michele Amodio –activo en Nápoles desde 1850 a 1890- de obras cumbres del arte clásico como las monumentales que forman el grupo del Laocoonte y sus hijos y El toro farnesio –sus originales forman parte del periodo helenístico de la cultura griega- o esculturas de los grandes hombres de todos los tiempos. Es también destacable un jarrón de bronce, atribuido a Benvenuto Cellini –el célebre autor del Salero de Francisco I o del Perseo con la cabeza de la Medusa; escultor y biógrafo de artistas del siglo XVI-. En El Adelantado de Segovia, en sus ediciones de 1 y 3 de octubre, Miguel Zárraga realiza una exposición detallada tanto de la casa palacio como de las obras que adornaban los salones. Aunque no quedaron atrás las plantas que cultivaba en su jardín. “Un jardín que, por lo hermoso, parece una miniatura “viva” de Versalles”, dice Zárraga. En la cláusula 18 de su testamento ológrafo antes citado recogía el legado, y también a dicho Instituto, de los libros de su biblioteca.

PAJAROS
Aves disecadas. FOTO: KAMARERO

A la muerte de Ezequiel González se realizaron los catálogos de sus bienes y de sus libros. 421 bienes se inventariaron el 25 de enero de 1904 por el director y el secretario del Instituto. Un mes después se confeccionó el de la biblioteca. Desgraciadamente, con los años la desidia y la negligencia en la custodia llevaron a que algunos de los objetos del legado se perdieran, como atestigua el informe pericial levantado por el profesor Faustino García el 9 de julio de 1949. E incluso que los bienes se desperdigaran, como ocurre con la biblioteca, hoy en el IES Andrés Laguna. “Al poco tiempo de aquello el museo se cerró y cerrado permaneció durante décadas”, recordó Juan Manuel Santamaría en el Suplemento Especial que conmemoraba el centenario de El Adelantado de Segovia. En el mismo periódico escribió Santamaría sendos artículos con el título el No Museo González, en el que denunciaba la situación. A partir de ellos comenzaron los pasos para su recuperación, que hoy siguen gracias al esfuerzo de profesores del IES Mariano Quintanilla como Carlos del Barrio o Juan Antonio Sanz, director del instituto, a quienes el autor de esta crónica agradece las facilidades otorgadas para su realización.

Además de las obras que permanecían en su casa, Ezequiel González legó 40.000 pesetas para que se adquiriesen “estatuas y esculturas” al “estilo y perfección de las obras maestras de la antigüedad clásica”. De la gestión se encargó el escultor Aniceto Marinas. Culminó ocho años después de la muerte de González. Se adquirieron cuatro composiciones. Un fauno danzando, en bronce, de Mateo Larrauri (5.000 pesetas); un bajo relieve titulado Estela (4.000 pesetas), obra del magnífico Ángel Ferrant, discípulo de Marinas; otra constituyendo un Ánfora, proyecto de Aniceto Marinas ejecutado por el escultor José Bueno (11.000 pesetas), y la composición en mármol del propio Marinas, Ninfa (en otras fuentes, Ninfa de los bosques), que resultó la más cara: 18.000 pesetas. Fue el propio escultor quien realizó el informe de entrega, que se publicó en El Adelantado el 28 de junio de 1911.