el conde de cheste y xavier de la pezuela

Juan de la Pezuela, conde de Cheste (Lima 1809-Madrid 1906), fue un personaje excepcional. Su figura recorre todo el siglo XIX español; desde el imperio hasta la pérdida de las colonias en el 98; desde Fernando VII y Napoleón hasta Alfonso XIII. Hijo del penúltimo virrey del Perú; capitán general del Ejército; Grande de España, director de la Real Academia Española desde 1875 hasta su muerte en 1906… Tuvo una personalidad tan extraordinaria como bizarra, y siempre, desde muy pequeño, su vida transcurrió en compañía de la literatura, aunque estuviera en el frente de batalla contra los carlistas –la batalla de los campos Cheste, en diciembre de 1838, le proporcionaría en 1864 el condado y la Grandeza de España-. Tradujo la Divina Comedia, y La Jerusalén libertada, y Los Luisiadas, y el Orlando furioso. Su tono barroco gongorino en la Divina Comedia –en ocasiones incomprensible- le granjeó la bufa de los jóvenes románticos, como José Zorrilla y Núñez de Arce, y de aquellos periodistas liberales a los que Juan Valera llamaba folicularios. Pero poco afectó al conjunto de su carrera. La traducción la terminó en su ya casa de Segovia en 1863, en el edificio en donde hoy se levanta el colegio de las Concepcionistas, en la plaza que lleva su nombre.

CRÓNICAS DEL 120 ANIVERSARIO | El conde de Cheste y Xavier de la Pezuela

Su relación con Segovia fue casual, pero con el tiempo se convirtió en muy intensa. Dado su carácter conservador y devotísimo de Isabel II, O´Donell, a la sazón ministro de la Guerra y antiguo compañero suyo de promoción, lo confinó en Segovia en 1854. Lo cuenta su biógrafo, el marqués de Rozalejo, en Cheste o todo un siglo (1809-1906), Madrid, 1935. Su ahijado, Juan de Contreras, marqués de Lozoya –Contreras, Miñanos y Pezuela en el caserón de San Pablo. Segovia, 1969- afina más: probablemente viviera en esos días en la casa de su cuñado, los Meléndez de Ayones, en el solar que hoy ocupa el edificio de Correos, al lado del convento de Los Huertos. A Pezuela le gana el ambiente de la ciudad, cansado de los devaneos de la Corte. Los estudios de su hijo Gonzalo en la Academia de Artillería, todavía en el Alcázar –hasta su incendio en 1862-, también le animarían a construir una segunda residencia en Segovia, complementaria de su palacio madrileño de la calle de Pizarro. Sus ojos se depositan en dos casas que están unidas aunque su procedencia fuera en su época distinta: la de los Miñanos y de los Contreras, entonces propiedad del conde de Cobatillas. La yuxtaposición de los palacios o casas solariegas no es inhabitual en el urbanismo segoviano. Ocurre también con otros dos, colindantes con los mencionados: el palacio Uceda-Peralta, del siglo XVII, y el de los Maldonado. Ambos forman hoy la Diputación Provincial.

Ambas casas lindaban en ángulo recto con la del Maestrazgo de los Cáceres –hoy de los Lozoya-, con el palacio del Marqués de Quintanar y con el de los Marqueses de Moya o de la Cadena

La casa de los Contreras había sido alzada por Juan de Contreras, hijo de Diego González de Contreras y de la mítica Angelina de Grecia, nieta del rey de Hungría y liberada por Tamerlán del poder de los turcos, en cuyo harén permanecía junto con su hermana. Era el lugar sitio noble por excelencia. Ambas casas lindaban en ángulo recto con la del Maestrazgo de los Cáceres –hoy de los Lozoya-, con el palacio del Marqués de Quintanar y con el de los Marqueses de Moya o de la Cadena –con una enorme puerta dovelada: la mayor de Segovia-. Haciendo plazuela, y en medio, la iglesia de San Pablo, que tardaría todavía treinta años en caer (1886). El conde tenía holgado patrimonio porque había hecho buena boda con Javiera López de Ayala y Ortiz de Urbina, de próspera familia alavesa. Y levantó un imponente palacio estilo Segundo Imperio francés, respetando algunas construcciones anteriores como el patio, la imponente fachada de dovelas y alfiz isabelino conteniendo al escudo de los Contreras –las cuatro barras verticales, el león en recuerdo de doña Angelina de Grecia y el castillo invertido-, y un ventanal geminado, partido por un mainel e historiado, a mi gusto de los más bonitos de Segovia junto al que engalana el patio de la casa de los Moya: ambos de innegable traza mudéjar.

Juan de la Pezuela hizo de ella su residencia veraniega, cuando el veraneo duraba meses. José Luis Abellán, en La Segovia del primer tercio de siglo: orígenes intelectuales de María Zambrano, sostiene que en esta casa, y bajo el manto del conde, se formaría un círculo de intelectuales y artistas como Joaquín de Castellarnau, Xavier de la Pezuela –coprotagonista de esta crónica-, Juan de Contreras, marqués de Lozoya, y Valentín Zubiaurre. Pero la presencia de estos últimos acontecerá años después. Por esa casa pasaron Juan Valera, Pedro Antonio de Alarcón y Marcelino Menéndez Pelayo. Juan de la Pezuela levantó un oasis en una ciudad ‘destartalada y pobre’, utilizando la terminología de Eduardo Martínez de Pisón. Participó desde entonces el conde en la defensa de los intereses segovianos. Cerca de los noventa años escribió un soneto en el Boletín Extraordinario que la Sociedad Económica Segoviana de Amigos del País editó el 1 de diciembre de 1896 para solicitar la restauración de la torre de San Esteban. Fue gracias a él que colaborara en el número Benito Pérez Galdós.

CRÓNICAS DEL 120 ANIVERSARIO | El conde de Cheste y Xavier de la Pezuela

Los Lozoya trataban como familia a los Cheste. Era estrecha la amistad entre la hija del conde, Isabel, y la marquesa, Ramona López de Ayala y del Hierro, madre de Juan de Contreras. El pintor Valentín Zubiaurre llegó con su hermano Ramón a Segovia por empatía con los hijos de Isabel y nietos del conde, dos de ellos sordomudos, como los Zubiaurre. Porque el conde, que lo había sido todo en la España del siglo XIX, vio cómo en dos generaciones su estirpe se extinguía. No tuvo descendencia su hijo Gonzalo, II Vizconde de Ayala; los hijos de Rafael o murieron de niños –dos- o, caso de Xavier de la Pezuela, que después veremos, lo hicieron jóvenes y sin progenie; y los de su hija Isabel, de la que hablábamos, eran sordomudos y con deficiencias, Carmen y Juan, o simplemente deformes, Javiera, y tampoco procrearon.

Cuenta el marqués de Lozoya en sus Memorias inéditas que Isabel creyó oportuno que sus hijos se criaran mejor que en Madrid, en Segovia, en la casa del patriarca. Y que recibieran una buena educación y no anduvieran ocultos en una torre ebúrnea, aislados de su entorno social. Por ello la recepción a los Zubiaurre.

En las memorias aludidas, Juan de Contreras relata el viaje que hicieron en 1913 los nietos del conde, Juan y Javiera, Valentín Zubiaurre y él mismo al París de la preguerra, entonces la capital mundial del arte. Valentín, como su hermano Ramón, serían con el tiempo dos grandes pintores. En Valentín se hizo más evidente lo que, con gran perspicacia y deje de Stendhal, llamaba el marqués de Lozoya el ‘susto de Segovia‘, y permaneció más tiempo en la ciudad. Ramón volvió al País Vasco, en donde realizó una destacable carrera artística. Valentín llegó a tener un estudio en la casa solariega de los Cheste. Lo ocupaba durante buena parte del tiempo. Como Zuloaga, retrató a personajes populares de Segovia, como el tío Romualdo de Zamarramala, o la señora Basilia, esta muy conocida en la ciudad. Teresa Sanz Nieto les dedicó un bonito artículo en El Adelantado de Segovia (11 de agosto del 2019). De lo que dio de sí la trayectoria del marqués de Lozoya poco hay que decir a estas alturas que no se sepa: poeta, catedrático, historiador del arte, diputado, director general de Bellas Artes. Valgan la cita de estos precedentes para apreciar la sombra del conde de Cheste, alargada y extensa. Como dijo José Rodao en el panegírico tras su muerte (El Adelantado, 5 de noviembre de 1906. Página literaria): ‘El conde de Cheste es la historia viviente de todo un siglo’.

Xavier de la Pezuela

En ese ambiente nació y vivió el otro protagonista de esta crónica, Xavier de la Pezuela y Roget, II vizconde de Ayala (1872-1905) y nieto del conde. Alfonso Ceballos-Escalera, con buen tino, lo calificó de ‘Pintor de la Regencia’ (Xavier de la Pezuela, pintor de la Regencia. Revista Goya, números 259-260). Dice Ceballos-Escalera que Xavier de la Pezuela ya en sus años de niño destacó por su aplicación en los estudios. Podemos dar fe de ello. Tenemos en nuestro poder sus ‘Estudios y Mapas de la Historia Universal’, realizados durante el curso 1885-1886 (contaría con 13 o 14 años) en el Colegio de Jesús de Madrid, el mismo en donde cursaron formación su abuelo y su padre. Es de una pulcritud y capacidad de síntesis que sorprende en un crío de su edad.

No quiso seguir la carrera militar como sus antecesores. Eligió Derecho, pero nunca ejerció como abogado. Su verdadera vocación era la pintura, quizá heredada de su madre, Francisca Roget. El Marqués de Lozoya, en sus Memorias editadas (Madrid, 1992), dice que era una estupenda pintora. Xavier pasa la mayor parte del año en Segovia. Aquí intima con Ventura, María Luisa y Luis de Contreras, de la familia Lozoya. Juan todavía es pequeño, pero llama su atención. Salvo Luis, todos van a ser retratados. Porque la especialidad de Xavier de la Pezuela son los retratos. Retratos de la nobleza española del siglo XIX, la casi totalidad al pastel; algunos de ellos a lápiz, como el que le hizo a María Luisa de Contreras o a su abuelo Juan de la Pezuela, el conde de Cheste, leyendo a los 85 años. Xavier era un gran dibujante, y no se debe olvidar esta característica a la hora de enjuiciar sus retratos. Fue un gran dibujante como lo fueron en su época Federico y Raimundo de Madrazo, Joaquín Vaamonde, Antonio Gisbert o Isidoro Brocos. Y luego Joaquín Sorolla e Ignacio de Zuloaga. Todos maestros en el perfilado. Nuestro siglo XIX está lleno de grandes retratos de la nobleza. Es su fortaleza y su debilidad artística. Quienes intentaron ir un paso más allá, como Martín Rico o Mariano Fortuny, tuvieron que emprender otros vuelos.

Retrato de la marquesa de Zafra y vizcondesa de Matamala 1897
Retrato de la marquesa de Zafra y vizcondesa de Matamala (1897).

La vida como pintor de Xavier de la Pezuela está íntimamente ligada a la de su amigo Joaquín Vaamonde y Cornide (1872-1900), pintor coruñés, de enorme talento, también con oficio en el pastel, que retrató a la aristocracia madrileña y después fue prohijado por Emilia Pardo Bazán. El Prado tiene dos de sus obras. No le va a la zaga Xavier de la Pezuela, aunque su carrera –como la de Vaamonde- se viera truncada por su temprana muerte. Pero algunos de sus lienzos son de una calidad notable; en otros, incluso, se denota la apertura a influencias externas, digamos, menos clásicas, como el prerrafaelismo. Como estos cuadros han permanecido en posesión de sus comitentes, su repercusión exterior ha sido escasa. Pero no por ello su mérito, que como retratista es enorme.

Gozaba ya el pintor de una madurez artística que se desprende a borbotones en la realización de este cuadro

De sus poco más de veinte obras, algunas son muy notables. Como el retrato que hace a Ventura de Contreras y López de Ayala (1904), hermana del IX marqués de Lozoya, al que citamos continuamente. Sobre su fondo diluido, de pincelada amplia, extensa, abocetada, aparece la figura potente, enérgica en la pose, de la retratada –con el perfil indiscutible de los Cedillo, no en vano era hija de Ramona López de Ayala, hija primero y hermana después del conde de Cedillo-. Destaca lo poco convencional de la pose de sus manos, la mirada que no se centra en el espectador, la fineza de las texturas de la chalina de gasa que remata su camisa, y la tapicería de chinz del taburete en donde se sienta –tan de moda en esta época: ver el retrato de la condesa de Vilches, de Federico de Madrazo-. Es un cuadro en el que los claroscuros son tratados no de una manera brusca, violenta, sino con progresividad y sutileza: tonos oscuros, grisáceos, ocres y pálidos. Y que denota la perfecta plasmación sociológica de una nobleza de provincias, que aúna la elegancia y la sencillez, y que huye del perifollo. Gozaba ya el pintor de una madurez artística que se desprende a borbotones en la realización de este cuadro.

Bien distinto es el Retrato de la marquesa de Zafra y vizcondesa de Matamala (1897). Es un pastel espléndido, sin duda, y los trazos suaves con que perfila la figura de la marquesa, y el sfumato en los contornos de la gasa del vestido, demuestran el dominio que a los veinticinco años ha desarrollado el pintor. Pero elige para la pose un vestido de muselina rosa y una capa de armiño, y si bien los colores pálidos en el pastel realzan de manera especial la composición, el fondo desprende un halo luminoso artificial, que en este caso desmerece, por desnaturalizarlo, la maestría del retrato. La posición oblicua y la mirada sin encuentro con los ojos del espectador se repetirán en otras obras, como en el Retrato de Juan de Contreras (1899) o en el de Isabel de Pezuela y Ceballos (1898). Este clasicismo en la pose –de clara influencia de los pastelistas franceses del XVIII- casa con el tinte neorromántico que muchas de sus obras tienen. No es ajena a esa influencia clásica de la que hablábamos, la preferencia del autor por el formato óvalo ni por formar tela y marco una unidad, a semejanza de lo que hacían los paisajistas holandeses del XVII.

El estilo que aplica el autor difiere enormemente de la mayoría de su producción

Una excepción en su pintura supone el ‘Retrato de María Luisa de Contreras y López de Ayala’ (1898). Es retrato de medio cuerpo, y la técnica el pastel. Hasta aquí poca diferencia con los anteriores cuadros. Pero el estilo que aplica el autor difiere enormemente de la mayoría de su producción. María Luisa –amiga personal, como Ventura- pertenecía también a la familia de los Lozoya. La retrata cuando tenía quince años. La languidez de la adolescencia casa a la perfección con la vestimenta que usa la retratada: una blusa de gruesas mangas con un friso delantero en el que está bordada la rosa tan típica en las portadas románicas segovianas, entre ellas la de la casa de los Lozoya o del Maestrazgo de los Cáceres, en la hoy plaza del conde de Cheste. La diadema dorada, a modo de cinto, que le sujeta el pelo y el fondo áureo con roleos perlados, le dan a la obra un matiz de icono bizantino, tan del gusto de los prerrafaelistas ingleses. Que sepamos, y salvo los dibujos a lápiz que realiza Xavier de la Pezuela, es la única de sus pinturas que se sale del estilo característico de su autor.

Xavier de la Pezuela murió el 2 de octubre de 1905. En Segovia. En la casa familiar de su abuelo. Un reumatismo, que en principio no era alarmante, derivó en una meningitis reumática. Le sobrevivió su abuelo, que veía cómo el último y brillante vástago de la familia moría a los treintaitrés años. Su fallecimiento supuso una expresión grande de duelo en la ciudad. El Adelantado editó extensas crónicas sobre la muerte y el posterior sepelio los días 3 y 4 de octubre. Con inteligencia, el suelto del día 3 resumía su máxima pictórica como artista: “(Comprendió) que el arte es arte cuando el artífice lo moldea. Él era un esclavo de esto y en todos sus trabajos (…) buscaba ansioso el ideal de la forma”.

Su abuelo, el conde Cheste, le pervive un año y un mes. Muere en Madrid el 1 de noviembre de 1906. Días antes había estado en Segovia. Su último poema –ya casi ciego- dictado a su fiel ayudante, Antonio Juliani, salió publicado en El Adelantado el jueves 8 de noviembre de 1906. Iba dedicado a Lolita Guiral, nieta de la marquesa de Mont-Roig. Muestra la facilidad versificadora del anciano poeta y su endeleble estilo. Dice así:

A ruegos de tu abuela, niña hermosa,
tierno capullo de rosal florido,
con el pie en el estribo, prevenido,
te consagra estos versos un anciano,
aunque no escritos de su propia mano.

CRÓNICAS DEL 120 ANIVERSARIO | El conde de Cheste y Xavier de la Pezuela