Juguetea Wyatt Earp con su silla, haciendo piruetas en el porche. Lo hace mientras yo escribo estas líneas. El cine siempre transcurre en el presente. Así que el cineasta filma esas piruetas con aplomo, sabedor de que domina su oficio desde el tiempo de los pioneros, el de los cineastas del período mudo.
Estamos en el cine. Aquel cineasta que filmaba esas piruetas, ya anciano, enfermo, con un parche en su ojo, tiene que retirarse de una reunión, por sentirse indispuesto. Es una reunión a finales de año, poco antes de la Navidad, pocos meses antes de desaparecer. El cineasta, Ford, está invitado por Cukor junto a otros compañeros del oficio, como Buñuel, Wyler, Wilder, Wise, Hitchcock, … Es una comida que el escritor Manuel Hidalgo ha calificado como “el banquete de los genios”, en su libro de ese título.
¿De qué hablarían aquellos cineastas? Es de imaginar que John Ford quizá bebió alguno de sus últimos tragos. Buñuel, al verle, le calificó de espectro vacilante. Sí, un espectro, enfermo de cáncer. Pero no pensemos en malos tragos, pensemos, hablemos de brindis cuando la desaparición se acerca. Y volvemos a Earp y su silla, volvemos al Earp que se reúne con el doctor Holliday en una barra de la cantina de Tombstone. Allí, Wyatt Earp (Henry Fonda) brinda con champán con Doc Holliday (Victor Mature).
La película es “Pasión de los fuertes” (“My darling Clementine”). Allí el cine de Ford es (no podría ser de otra manera) puro mito. Por eso la amistad entre Earp y Holliday era tan imprevisible, tan inesperada. Surge de manera natural.
La amistad. Lo que nos interesa. Un actor es humillado por los Clanton, los villanos. El actor está borracho, recitando a Shakespeare. Earp acude a rescatarlo. Al despedirse de Tombstone, el borracho está sereno y cita al poeta Joseph Addison: “A las grandes almas en la adversidad las unen los lazos de firme amistad”.
El sheriff Earp, ya se había preguntado lo siguiente al llegar a Tombstone: “¿Qué clase de ciudad es esta?” Pronto Doc Holliday bromea y a la vez habla en serio: “¿No se le habrá metido en la cabeza liberarnos de todo mal?”

Los últimos tragos de John Ford
Pasión de los Fuertes

Tombstone es el pueblo monstruo, donde habita la belleza de Clementine Carter (Cathy Downs) pero también la barbarie de los Clanton, el absurdo, la desgracia, la muerte. Eso nos interesará en nuestro John Ford, cineasta de humor pero a la vez de tragedia. La barbarie, la barbarie siempre en su cine. ¿Cómo enfrentarse a ella? ¿Cómo enfrentarse al absurdo, al sinsentido? Aquí no hay humor alguno en la relación que el Holliday enfermo tiene con el whisky. Wyatt Earp tendrá que enfrentarse a la enfermedad de su amigo, al monstruo.
Ford filma todo esto en Monument Valley. Quedo pensando en la película, en la amistad entre Earp y Holliday y me distraigo, pienso en mis viejos amigos que ya están lejos o que han desaparecido para siempre.
Rápidamente olvido el mal humor, olvido el whisky malo que sufre Holliday y me centro en la leyenda de John Ford. Los últimos tragos no son tales, no son reales. Son imaginarios, y al imaginarlos pensamos en ellos como brindis. Brindis para aprovechar el tiempo que tenemos, para la oportunidad de beber y charlar con los compañeros y amigos que están cerca.
Si la bebida es alegría, bebamos ese whisky irlandés. Bebamos con el doctor Boone de “La diligencia”, bebedor que de repente se manifiesta lúcido cuando su intervención es decisiva para asistir a la embarazada viajera. Para el estudioso Joseph McBride: “Doc Boone es el poeta del grupo, sólo él es capaz de ver la situación desde fuera y articular su significado”. Boone es como el duende bebedor Michaleen Flint de “El hombre tranquilo”. En palabras de Rafael Narbona: “Michaleen no es un vividor ni un sinvergüenza, sino un hombre con conciencia, leal a sus convicciones”.

Los últimos tragos de John Ford
Centauros del Desierto

Aprendo de John Ford. Busco luz, busco lo que representa para él la amistad, lo que representan los dilemas morales a los que nos enfrentamos. ¿Cómo vivir? ¿Qué podemos aprender del viejo cineasta americano-irlandés? Aprended que el whisky es terrible, dice, veneno para Doc Holliday, pero que puede ser el buen humor de Michaleen Flynn, el whisky como “agua de la vida”, como piensan los irlandeses. La vida puede ser terrible, la pesadilla de “Pasión de los fuertes”, pero también puede ser el cuento, el sueño de “El hombre tranquilo”. Un Ford para cada momento y cada lugar.
En la adversidad, los lazos de la firme amistad, la de la Irlanda fantasía de “El hombre tranquilo”.
Ahora John Ford es un sueño del cine. Ahora su existencia se desarrolla puramente en el cine. ¿Leyenda o realidad? Siempre la leyenda, se dice en “El hombre que mató a Liberty Valance”. Se imprime la leyenda. Nos quedamos con la leyenda.
El joven John Ford proviene del cine mudo. En 1931 había filmado más de sesenta películas, de las cuales sólo unas pocas han sobrevivido. La experiencia de Ford es enorme. Todo eso se plasmará en sus filmes sonoros: “No me gusta mucho mover la cámara porque distancia al espectador. Se dice “es una película, no es real”. Me gusta que el público piense que es real. No me gusta tener al público pendiente de la cámara. (…)”
Ya sé de lo que trata este escrito. Ya sé de lo que trata “Los últimos tragos de John Ford”. Ya lo hemos escrito. Lo repito. Me lo repito. Trata de la barbarie, del absurdo de la vida. ¿Cómo enfrentarlo? En “El hombre que mató a Liberty Valance” quedamos conmovidos ante la paliza al periodista borracho del pueblo, que se ha enfrentado a los lobos: “¡Buenas gentes de Shinbone! Yo soy vuestra conciencia que resuena en la noche, soy vuestro perro guardián que aúlla frente a los lobos, yo, ¡soy vuestro confesor! Yo … yo soy… ¿qué más soy?” Ante el absurdo, también el humor de Doniphon (John Wayne): “¿el borracho del pueblo?”

Los últimos tragos de John Ford
La taberna del Irlandés

En “Siete mujeres”, la extraordinaria última película de Ford, encontramos a nuestras heroínas atrincheradas en una misión, una especie de fuerte acechado por Tunga Khan, un villano que no sabemos si se atreverá a entrar en la misión – fuerte. Anne Bancroft (doctora Cartwright) ya avisa a Eddie Albert (Charles) que no sólo una mujer puede valer tanto como un hombre, sino que vale más. Cartwright es extraordinaria. Dispuesto Charles a salir al exterior para ver que sucede, para ver hasta que alcance tiene la barbarie, Cartwright exclama entusiasmada: “¡Bien por los valientes!”.
Cartwright poco a poco va tomando un carácter mítico, casi un sueño, un ideal, frente a Tunga Khan. Se mira al espejo, con un kimono, y señala “mira como estás”. Joseph McBride califica así ese cine de Ford: “Realidad y leyenda, real e ideal, recuerdo y momento de decisión, se interrelacionan en una tensa y simbiótica correspondencia. En esto radica la misteriosa belleza del trabajo de Ford, más que en la simpre nostalgia o el romanticismo. Sus películas son visiones documentales de un mundo ideal”. Es la emoción poética a la que se ha referido Eduardo Torres Dulce. Surge de repente, como una voz poderosa.
Y de las mujeres a nuestros marineros en la que quizá es mi película favorita de John Ford, la película del tándem John Ford – Gregg Toland. Es “The long voyage home”, aquí titulada “Hombres intrépidos”. La historia de ese largo viaje a casa es introducida así: “Los hombres que viven en el mar nunca cambian, pues viven en un mundo solitario y alejado viajando a la deriva en un barco a vapor oxidado a otro (…)”
Nuestros marineros viajan con falta de permiso para bajar a tierra. Están encadenados a una especie de prisión, e intentan vía contrabando que unas chicas les suban unas cestas de frutas, bajo las cuales llega el whisky salvador, el agua de la vida. John Wayne (Oli) y John Qualen (Axel) sonríen ante el cargamento, ante la algarabía que se forma, ante la música irlandesa que celebra. Algo extraordinario se me presenta ante los ojos y no puedo estar más de acuerdo con el crítico John Morley, de “New Yorker”: “Uno de los mayores films de la historia del cine”.
Persigan esta película. Persigamos a Ford. Persigamos a aquellos marineros, a aquellos actores que ya desaparecieron. Todo se esfuma, salvo un residuo, el de aquellas películas, el de los últimos tragos de John Ford.
Aquellos marineros no tienen casa, salvo Oli. Sus compañeros tendrán que lidiar con el terrible oleaje (“sólo hay mal tiempo en este viaje”), con un marinero malherido, con otro acusado de traidor. Tendrán que lidiar con un cargamento de armas y explosivos frente a un mar donde atenazan los barcos y submarinos nazis.
Smitty buscará escapar, evadirse de ese barco maldito, de ese alcohol con el que se puede llegar al monstruo o escapar de él: “¿Has sentido necesidad de beber? ¿Has sentido que pedía whisky cada nervio de tu cuerpo?” El veterano Donkeyman le contesta: “¿Una gran borrachera o más recuerdos?
Pensemos en esos marineros, en los vampiros de tierra firme, en nuestras prisiones, en nuestro miedo a lo cotidiano, a la enfermedad de los nuestros, a los amigos que están lejos o se han ido, como dice John Qualen.

Los últimos tragos de John Ford
John Ford

Las escasas entrevistas que dio John Ford, siempre esquivo, podrían hacernos pensar que fue, que es un cineasta secreto. No es así; el siempre pensó que no era un artista, sino un trabajador del cine, un oficio con el que pagar las facturas. ¿Y entrevistarle para qué? Todo está en sus películas. Allí está todo John Ford.
¡Enfrentémonos a la vida! ¡Enfréntemonos a la realidad! Hagámoslo ante el rapto de una niña, como en “Centauros del desierto”. Los que buscan. Los que buscan: “El indio, tanto cuando ataca como cuando huye, es inconstante. No comprende que se pueda perseguir algo sin descanso. Y nosotros no descansaremos. De modo que al final daremos con ella. Te lo prometo. La encontraremos. Tan cierto como que la Tierra da vueltas”.
“Se hará justicia por encima de raza, credo o color”, dice el juez Billy Priest en “El sol siempre brilla en Kentucky”. No huye ante los que vienen a linchar a un inocente que está en la jaula. El juez Priest estará dispuesto a arriesgar su vida por un hombre que no ha tenido un juicio justo. Y si hace falta un revólver en la línea que separa injusticia, barbarie, de justicia y civilización, se usa.
Es John Ford en los estantes del tiempo. Cuando todo ha pasado, emocionado, el juez pide medicina (whisky) para poner en marcha el corazón, que había quedado en pausa durante el enfrentamiento con la multitud.
La realidad supera a la ficción. En una película de 1937, que nos espera, que busca sus espectadores, “Huracán sobre la isla” (“The hurricane”) un hombre acaba en una terrible prisión por un acto banal, una equivocación de un instante. Un resbalón y nos vamos al agujero. Los nativos conocen a Terangi, saben que es bondad humana: “No tenemos que verlo. Él es una leyenda (…) Él es el espíritu y el símbolo de toda esta gente”.
En la maravillosa “Los tres padrinos”, tres Reyes Magos se encuentran en el desierto, sin apenas agua, perseguidos. John Wayne enumera, repite que no es lo peor de todo, que hay una embarazada agonizante, un recién nacido. En esta película del technicolor de antaño, la respuesta de Ford: la dignidad.
El cine transcurre siempre en presente. “Hay que vivir no importa lo que suceda”, dice Dallas en “La diligencia”. Podemos seguir viendo cine sin parar. A Wyatt Earp haciendo piruetas en su silla en el porche, a Michaleen Flynn en la taberna de Innisfree, a la doctora Cartwright fumando, pensando en la ratonera en la que se ha metido.
Hemos de vivir, no importa lo que suceda. Pero mejor con el cine de John Ford. Los cinéfilos le seguiremos buscando, seguiremos vibrando con sus historias, brindando con él. Los últimos tragos de John Ford no son tales.