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Los jugadores de la Segoviana celebran el gol de Manu. / NEREA LLORENTE
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“La finales no se juega, se ganan”. La máxima futbolística, que viene a decir que los partidos trascendentales hay que ganarlos de la forma que sea, se la aplicó la Segoviana a rajatabla en la jornada dominical, en la que ganó su final al Navalcarnero, como dos semanas antes lo había hecho ante el Fabril. Caminar sobre el alambre tiene la desventaja de que si te resbalas, te estrellas, pero si avanzas lo haces rápido, y el equipo azulgrana se ha acostumbrado a vivir en ese alambre que le separa el castañazo del descenso.
La victoria sobre el Navalcarnero se hacía imprescindible “por lo civil o por lo criminal”, que dirían los castizos, y lo cierto fue que llegó de las dos maneras, ya que el conjunto gimnástico se apropió de los tres puntos aprovechándose del golazo de Manu, en el que fue el único destello de calidad futbolística del choque, y los retuvo a base de poner sobre el terreno de juego la misma intensidad que el Navalcarnero, lo que propició un partido áspero, de esos que sólo merecen el precio de la entrada por la victoria… y por el gol con la que se consiguió.

EL GOLAZO

La acción decisiva del partido llegó en el minuto doce, cuando una buena acción ofensiva local llevó el balón prácticamente hacia la esquina, donde combinaron Dani Arribas y Quino, cediendo éste el esférico hacia Asier, que se lo dio de primeras a Manu. El mediocentro gimnástico avanzó un par de metros, y chutó con violencia hacia el marco de Isma Gil, que voló para despejar el remate… y lo único que logró fue dar más plasticidad a un lanzamiento que llevó la pelota a la escuadra de la portería madrileña. Tanto fue así que Manu celebró el tanto como hicieron todos los aficionados en La Albuera, llevándose las manos a la cabeza, porque la factura del gol fue extraordinaria.

Hasta ese momento en el partido no había pasado nada, y después casi nada pasó, lo que significó una gratísima noticia para la Segoviana. Conscientes los futbolistas gimnásticos de que los errores puntuales les habían condenado en no pocos encuentros, trataron de emplearse con toda la contundencia de la que fueron capaces en la línea defensiva, soltando más ‘gorrazos’ al balón en este partido que en toda la temporada anterior.

Todo ello restó opciones al Navalcarnero, que había planteado el choque tratando de jugar con la ansiedad azulgrana, y se encontró con su propia ansiedad como principal obstáculo para generar algo de peligro sobre la portería de Pablo en todo el primer tiempo. El portero de la Segoviana sólo tuvo que emplearse a fondo en una ocasión, tras un despeje defectuoso de Borja que detuvo en dos tiempos. En el área contraria Isma Gil tampoco hizo nada del otro mundo más que ver cómo un cabezazo de Agus Alonso a la salida de un córner se marchaba desviado. El resto fue ‘patapum p’arriba, patapum p’abajo’.

EL ESPEJISMO DE LOS BALONES COLGADOS

En el segundo tiempo, el Navalcarnero apostó por avanzar líneas y presionar a base de envíos en largo a la defensa de la Segoviana. La presencia de Ónega en el interior izquierdo vino a llevar algo más de inquietud a la zaga gimnástica, que siguió siendo contundente, aunque con el paso de los minutos cometió algunas imprecisiones que pudieron costar un disgusto. Pero salvando una volea de Cidoncha que pasó cerca del palo de la portería de Pablo, el equipo de Julián Calero no remató con peligro en ninguna ocasión. Acercamientos tuvo, y balones colgados también, pero la defensa de la Segoviana, desbarató todas y cada una de las oportunidades que tuvo su rival, incapaz de llegar a zonas de peligro con el esférico controlado.

La entrada de Domingo aportó consistencia en el centro del campo, y la de Calleja dotó a la Segoviana de más posesión del balón, con lo que la Segoviana se sacudió el dominio del Navalcarnero en una segunda parte que se hizo eterna, y que pudo haber terminado en drama si el árbitro, demasiado contemporizador durante todo el choque, hubiera interpretado como penalti una acción de Javi Marcos dentro del área azulgrana, que hizo todo lo posible porque Joaquín no convirtiera en gol un defectuoso despeje de Domingo hacia atrás. Es posible que, si Mena Jimeno hubiese señalado el punto fatídico en esa acción, hubiesen arreciado las protestas locales, pero también es muy posible que, si la acción se hubiese producido en el área del Navalcarnero, todos hubiesen reclamado un penalti que tuvo mucha pinta de serlo.

Pero como el fútbol, y más en Segunda B, no va de merecer sino de ganar, el Navalcarnero se quedó sin su ocasión de empatar. La Segoviana terminó el partido durmiendo el esférico en una esquina, y pudo celebrar con sus aficionados una victoria que le devuelve la vida que una semana antes le había arrebatado de manera cruel el Talavera. Hubo sus más y sus menos al finalizar el choque, puesto que los dos equipos se jugaban mucho en el envite, y porque había cuentas pendientes de la ida, pero la realidad fue que, en un partido de fútbol que por momentos se pareció a uno de tenis, el equipo que puso una gota de calidad, fue el local. Manu en concreto. Y no fue una gota, sino un mar entero. Siguen vivos.