Ciclismo exacto

El conjunto kazako se llevó la Vuelta con Leipheimer y el murciano se anotó la victoria en Valladolid, la segunda de esta ronda.

Es difícil ser indio y ganar un tiroteo. Pasa en una de cada siete películas. Al final, siempre acaban en reservas o cambiando de campamento, aunque nos caigan bien. Sobrino (Burgos Monumental) cubrió el cupo a las primeras de cambio. Todo lo demás ha sido demasiado lógico. Ciclismo exacto, de laboratorio, pero también quizá del que aburre. Porque esa sensación han dejado Astana y Valverde en la Vuelta a Castilla y León. Siempre han mirado hacia atrás.

Valverde ganó la última etapa sin querer, suplicando que su compañero, José Joaquín Rojas, le pasara. Ha sido ésta una ronda muy fraternal, de abrazo entre hermanos y pago de favores. Porque lo que hizo el murciano en Valladolid lo hizo Contador de Palencia a Hernando de Acuña. El de Pinto se preocupó más de servir a Leipheimer que de hacer más grade el mito. Solo le hacen feliz los desafíos, por eso ahora reparte éxitos y portadas.

Todo ha sido tan normal que quizá quede la sensación de Vuelta tostón. Pero ha habido tiros y alguna bala perdida que ha hecho daño (Sobrino y Cobo). Solo hay que mirar la media de estos cinco días para imaginarse yagas en las piernas.

Benavente despedía a 132 supervivientes. Carreteras rectilíneas y anchas que no escribían historias diferentes. Todo era cíclico. Salida vertiginosa con muchos sueños y una certeza: el rodillo Astana. El equipo kazajo no ha hecho prisioneros. Jugó con la carrera. Si había que ahogar apretaban el nudo. Lo hicieron en tres ocasiones: primero con un grupo de 16 corredores en el que se escondió Rubén Plaza. Luego con dos más reducidos. En uno de ellos viajaban Francisco Mancebo (Rock Racing) y Raúl Santamarta (Burgos Monumental). Los dos han ido de la mano buscando el imposible. Su gloria, la honestidad.

En el kilómetro 42, Astana dio permiso. Ilundai (Orbea) y Mollema (Rabobank) aprovecharon el gesto para hacer camino rápido. Tres minutos en cinco kilómetros.

Era la excusa perfecta que necesitaba la carrera para buscar un respiro antes de apretarse al final. Un recreo de cinco minutos con bocadillo de tortilla. Cuando empezó a oler a civilización, la historia se acabó (menos de 20 kilómetros a meta). Fue el Caisse D’Epargne el que tomó la iniciativa. Valverde jugó al despiste en Benavente. Prometió no involucrarse, disfrazarse de humano. El equipo bancario trabajaba para otro murciano con piernas de oro: José Joaquín Rojas. Ni el Cata Martínez, ni Edgar Pinto sacaron los colores de los de Jaimerena.

Pero el guión cambió. Pasamontes pinchó y Valverde apareció en cabeza de carrera. Miraba hacia atrás buscando a Rojas, al que le costaba llegar. El que cumplió su palabra fue Ricardo Serrano. El vallisoletano había imaginado la gloria y se quedó a 50 metros del paraíso. Otra vez fue Valverde el que, casi pidiendo perdón, le privó de un sueño. En septiembre se repitió la misma estampa. Fue en Jaén. Ayer dolió más. El de Lumbreras ganó y Leipheimer también. Vaqueros con gatillo rápido. Otra vez demasiados indios muertos.

FuenteIsmael Alonso 
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