Los más jóvenes de la casa ejercieron de corredores ante los 'toros' de los Tirotateiros y cantaron a al patrón por su suerte en la tarea. / Nerea Llorente
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Calor, música, cánticos, periódicos enrollados y nervios en blanco y rojo entre los más pequeños; fueron los ingredientes de una mañana de fiesta en el barrio de la Judería. La fiesta de San Fermín que por octavo año consecutivo transformó la segoviana calle de Santa Ana, engalanada para la ocasión, en el centro mismo de Pamplona.

Con el aliciente, además, de la coincidencia de San Fermín con la jornada dominical, decenas de familias, pañoleta al cuello, se congregaron en el pequeño espacio en el que los miembros de la Asociación Cultural Plaza Mayor se encargaron de recrear las icónicas Cuesta de Santo Domingo, calle Estafeta y calle de Telefónica para los amantes de los encierros.

Antes del ‘chupinazo’, la música de la dulzaina y el tamboril de los Tirotateiros se encargó de animar una espera en la que no faltaron las animosas jotas de los vecinos y el reparto de churros entre los asistentes –y es que pocas fiestas se celebran mejor con el estómago vacío–.

La sepulvedana Peña Taurina Victoriano de la Serna fue la encargada de pregonar la celebración, con un discurso en el que reivindicaron la defensa de la cultura taurina, «enraizada en nuestra sociedad, pero cada vez con menor presencia en la misma, ya que esta siendo olvidada por una gran parte de la población, que se nutre cada vez más de otras culturas foráneas y olvida nuestras raíces y los valores que llevan implícitos». Tampoco faltaron palabras de recuerdo para el fallecido torero grajo Víctor Barrio.

El de Emilio de Frutos Muñoz, empresario de la plaza taurina de la capital, fue otro de los nombres propios de la jornada; elegido Apoderado de Honor de la octava edición de los San Fermines segovianos. Tanto él como los pregoneros, así como Onda Cero y Radio Cuéllar por su labor en la difusión de la tauromaquia, recibieron como obsequio un botijo decorado ex profeso por el pintor Lope Tablada Martín.

Los reconocimientos dieron paso a los cánticos al patrón periódico en mano y, por fin, a la apertura de los cajones de los ‘toros’. Los más pequeños, valientes y dispuestos, emularon a los corredores que horas antes enfrentaban a los animales en las calles de la capital navarra. No faltaron los tropiezos, ni alguna que otra mala caída, que terminó antes de tiempo con la faena de algún pequeño –más por las lágrimas que por los daños–; pero que no empañaron una mañana de tradición y diversión en familia que a buen seguro terminó en los bares del centro de la ciudad, en busca de alivio frente al calor pasado.