Pescando tencas en la charca de Nieva. (Cedida por Juana San Felipe).
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Una mirada al ayer, la colección de libros impulsada por el Instituto de la Cultura Tradicional Manuel González Herrero –dependiente de la Diputación de Segovia- hace ahora escala en Nieva, después de haber visitado Aguilafuente, Santa María la Real de Nieva, Valtiendas, Prádena y Riaza.

Pero antes de adentrarse en el libro conviene recordar la génesis de Una mirada al ayer, una iniciativa nacida para divulgar el material gráfico recogido durante el desarrollo del ambicioso proyecto Rememora. Como es sabido, hace varios años se solicitaron fotografías antiguas en diversos pueblos de Segovia, labor de la que se encargó la empresa Archibox y después Juan Luis Misis. En una segunda fase se organizaron exposiciones en cada uno de los pueblos participantes. Y, en vista del general aplauso, desde la Diputación se decidió dar continuidad al proyecto con la publicación de un libro monográfico de cada pueblo. Dirigió esta tercera fase el genial periodista Luis Besa, hasta que recogió su testigo Guillermo Herrero para firmar el volumen de Riaza y, ahora, el de Nieva.

Con respecto a los volúmenes anteriores de Una mirada al ayer, este de Nieva presenta una ligera evolución, pues sin olvidar el estudio etnográfico –eje sobre el que gira toda la colección- se ha dado más relevancia al capítulo de historia. La inexistencia de un libro monográfico sobre Nieva ha empujado al autor de la obra, Herrero, a tomar esta decisión, con la esperanza de que el estudio descubra a los nevatos aspectos hasta ahora inéditos de su pueblo y que su curiosidad los lleve a continuar indagando en la historia de este maravilloso lugar.

Al igual que los restantes libros de la colección, este no es una foto fija de Nieva en un año concreto. Sobre la base de la colección de imágenes cedidas por los vecinos —alrededor de 550— se trataba de articular un relato fotográfico capaz de acercar al lector a la vida cotidiana de Nieva en el siglo XX. En esa narración cobran especial protagonismo las décadas centrales de la centuria —de los años 30 a los 60— por ser las que han aportado más material. Las décadas iniciales del siglo XX no han proporcionado demasiadas imágenes, lo que plantea ahora un nuevo reto, el de redoblar esfuerzos para documentar la memoria gráfica de Nieva en esa época. Y las imágenes recogidas del último tercio del siglo, ya en color, se han obviado adrede, al entender que no encajan en la filosofía de la colección Una mirada al ayer.

En cuanto a los textos complementarios a este ‘relato fotográfico’, los dos primeros capítulos del libro (Apuntes de la historia de Nieva y El paisaje de Nieva) son eminentemente históricos. “Si algo hubiera que destacar de la historia de Nieva es que, desde siempre, algo ha tenido esta tierra que ha atraído al ser humano”, sostiene Herrero.

Así, de época romana se hace referencia a diferentes yacimientos existentes en el municipio: los de Tejarejo, La Mata del Palomar —popularmente conocido como San Benito— y Laguna Turra. De lo que ocurrió en los posteriores siglos en Nieva se tienen numerosos datos gracias a las excavaciones llevadas a cabo en La Mata del Palomar por la empresa Strato, actuación previa a la construcción de la línea del Tren de Alta Velocidad (TAV). El material recogido reveló una continuidad de poblamiento desde la época tardorromana hasta los inicios de la Edad Media. Aquellos trabajos arqueológicos, realizados en 2002, depararon la exhumación de un buen número de elementos materiales y constructivos correspondientes a un poblado adscribible a la época visigoda.

La fundación de Nieva en su actual emplazamiento hubo de producirse en algún momento entre la repoblación de Segovia (1088) y el año en que el pueblo aparece por primera vez en un documento (1247). Sin una base documental, Herrero se atreve a estimar que ese hecho tuvo lugar más cerca de la primera fecha que de la segunda, apoyándose para defender tal hipótesis en que el mapa de poblaciones existentes a mediados de siglo XIII resulta sumamente parecido al actual, lo que entiende como un indicio de que el largo proceso repoblador estaba ya en sus últimas fases, prácticamente acabado.

En 1392 se data un acontecimiento clave, la aparición de la Virgen de la Soterraña, un hecho que habría de cambiar la historia de la localidad.

Poco después, en 1402, los monjes jerónimos del monasterio de Santa María del Parral, de Segovia, comenzaron a adquirir tierras en Nieva. En el propio pueblo establecerían una casa-granja, dedicada a la explotación agrícola. Un estudio realizado por Ángel García Sanz sobre la mencionada casa-granja revela que, en 1733, la explotación agrícola se dedicaba principalmente a la producción de cereales. Una superficie de 215,5 obradas —84,7 hectáreas—, compuesta por 195 parcelas repartidas por el territorio de Nieva y, en menor medida, por el vecino municipio de Ortigosa de Pestaño, tenía esa dedicación cerealística. Pero no solo se cultivaban cereales; también había viñas. En 1733, los monjes poseían nueve viñedos, de aproximadamente 15 hectáreas, en Nieva, y 21 en Nava de la Asunción, de unas 43 hectáreas. Las superficies de cereales y de viñedo permanecieron prácticamente constantes en la explotación agrícola durante el siglo XVIII.

A la pregunta de cuál era el papel de esta explotación agraria en el contexto de la economía de Santa María del Parral durante el siglo XVIII, García Sanz ofrece cuatro respuestas. La principal función era, a su juicio, la producción de vino, “para abastecer al monasterio de un vino de calidad aceptable y también para venderlo a los habitantes de Segovia en la taberna de los monjes”. El segundo objetivo fue la explotación de tierras de cereales de Nieva y su entorno. El tercero, la centralización en la casa-granja de las rentas y diezmos que cobraba el monasterio en la comarca. Y, por último, el mantenimiento en esas tierras de un rebaño estante de unas 300 ovejas para nutrir de carne al monasterio.

Todo el esplendor de la casa-granja se vino abajo en el siglo XIX. El origen de esa caída debe buscarse en la Guerra de la Independencia. Perdido aquel esplendor, Nieva camina por la historia al mismo paso que los pueblos de su entorno.

En el segundo capítulo del libro, dedicado al paisaje, Herrero sostiene que en el arranque del siglo XX, la mayor parte de las casas de Nieva eran de pequeñas dimensiones, y habían sido construidas con adobe o, sobre todo, con pizarra. La fisonomía de Nieva era, en definitiva, la de un pueblo pobre. “Salvo las casas de tres o cuatro riquejos, el resto eran míseras”, sentencia Marciana de Andrés.

En el proceso de transformación de Nieva pueden destacarse tres momentos. El primero llegó a consecuencia del grave incendio acaecido a finales de los años 30, coincidiendo con el término de la Guerra Civil; el segundo incluye las importantes obras públicas acometidas en el pueblo durante las décadas de los 60 y los 70; y el tercero —en la frontera entre el siglo XX y el XXI— ha supuesto la modernización de todo su caserío urbano.

Los capítulos 3, 4 y 5, dedicados a costumbres del ciclo vital en Nieva, a la vida cotidiana y los viejos oficios, y a las fiestas, son eminentemente etnográficos. Para su redacción, Herrero ha realizado numerosas entrevistas a los vecinos de mayor edad, habiendo logrado abundante información, la mayor parte desconocida para las nuevas generaciones de nevatos. Además de ese trabajo de campo, el autor del libro ha buscado en diferentes archivos documentación sobre Nieva.

Herrero saca como conclusión que Nieva “ha sido un pueblo muy emprendedor”. A modo de ejemplo, cita que en el famoso diccionario de Madoz, de mediados del siglo XIX, se citan siete fábricas de aguardiente de orujo. Ya en el siglo XX, existieron otras muchas empresas, como La Betunera, la de chocolate, las de resina… todas ellas ya desaparecidas.

“Ahora que tanto se habla de la fiesta de Santa Águeda como uno de los signos de identidad de la provincia de Segovia, las nevatas pueden enorgullecerse de la larga historia de tal función en el pueblo”, prosigue Herrero. En 1729, el pueblo entregó seis reales a las mayordomas de Santa Águeda para que organizaran la fiesta.

En el último capítulo del libro, ‘Nevatos de pro’ aparecen varios hijos del pueblo de trayectoria destacada. El primero de ellos es Florentino García Salgado, permanente valedor del pueblo en Madrid. El segundo es el actor Pablo Sanz Agüero, una de las caras más reconocibles de la televisión en España durante su primera etapa. Y el tercero es José María Herrero, que a pesar de no haber nacido en Nieva se ganó el título de nevato por su apuesta en la recuperación del viñedo. En otro guiño a la historia de Nieva, Herrero ha incluido en este capítulo de nevatos de pro un breve resumen de la vida de Iñigo Ortés de Perea, acompañante de Juan Sebastián Elcano en su último viaje, y al que este entregó su testamento, el 26 de julio de 1526.