Un paso adelante

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En el teatro, como en la vida, todos tenemos nuestro corazoncito y, claro, nuestros gustos. Igual que hay compañías cuya inclusión en la programación de la ciudad le dan a uno una alegría, aún antes de ver el espectáculo, hay otras cuya aparición en los carteles te hace sentir, ya de entrada, un cierto sudor frío. Reconozco con toda sinceridad que Morfeo Teatro, compañía dedicada al teatro clásico, nunca ha sido santo de mi devoción; sin entrar en otros detalles, la interpretación hiperbólica, gesticulante e impostada del grupo que lidera Francisco Negro está en las antípodas de lo que, personalmente, me gusta ver sobre un escenario.

Por eso este “Coloquio de los perros” que Morfeo ha traído este fin de semana al Teatro Juan Bravo no solo ha sido una grata sorpresa, sino que lo entiendo como un paso adelante para ellos, camino de derroteros más sosegados.

Lo primero que ha hecho bien la compañía es elegir el texto. “El coloquio de los perros”, una de las novelas ejemplares de Cervantes, es una excelente prueba de que un texto puede ser antiguo sin necesidad de quedarse viejo ni de ser casposo; solo hay que saber dónde y cómo mirar. Segundo acierto, la adaptación, que ha convertido a los dos perros con capacidad de hablar, Berganza y Cipión, en hombres; y con un lenguaje que conserva la esencia del original, siendo a la vez fácil de seguir.

Además, y aquí llegamos, desde mi punto de vista al mayor logro del montaje, la interpretación se ha impregnado, al fin, de cierta contención. Cierta, porque así es en caso de Mayte Bona, que traza un Cipión (falso ciego desencantado de todo, dejado de la mano de Dios y de la sociedad) sobrio y creíble.

En cuanto a Francisco Negro empiezo a pensar que no está genéticamente dotado para actuar sin voces forzadas, gestos faciales inauditos y andares rarísimos. Pero, si en otras ocasiones no he encontrado ni una sola tabla de salvación para su trabajo actoral, en éste Berganza, antiguo perro de mil amos, actual hombre tan bondadoso como desafortunado, subyace una ternura que te hace verlo todo con más cariño.

El montaje tiene, es cierto, algunos puntos flacos; la justificación a la conversión en humanos de los dos perros, aunque interesante desde el punto de vista visual, está argumentalmente un tanto traída por los pelos y hay escenas, como el bailecito en torno al cayado, que me parecen digresiones por los habituales caminos de Morfeo, pero el resultado es, ya digo, lo mejor que le he visto a esta compañía.

Para acabar, decir que quizá sería el momento de que el nuevo equipo de la Diputación se plantee de una vez qué quiere hacer con el Juan Bravo y cómo quiere programar. Dos funciones de una obra en la que el viernes no había ni 50 espectadores son otra muestra de que no existe una línea clara de actuación.