Un paseo por el alma de la provincia de Segovia

El itinerario, de 77 kilómetros, transita por caminos públicos rurales

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Arte, naturaleza, gastronomía… El camino de San Frutos regalará a quien decida echar a andar por esa senda mil y una posibilidades para el disfrute de los sentidos. Y ello sin obviar el componente espiritual del itinerario. La diversidad de la provincia se muestra a lo largo de los 77 kilómetros del recorrido, permitiendo al viajero experimentar el camino de San Frutos como desee. La senda ofrece, al mismo tiempo, una magnífica excursión ambiental, un viaje cultural o una peregrinación religiosa. Las opciones no son excluyentes sino complementarias. Y la ruta se puede hacer a pie, en bicicleta de montaña o a caballo.

Partiendo del monumento más emblemático de Segovia, el Acueducto romano, el caminante baja hasta La Fuencisla, entre la vieja muralla y el ‘cinturón verde’ de la ciudad, siendo despedido en el santuario por grajillas, chovas piquirrojas y vencejos. Luego, asciende a Zamarramala, lugar de parada obligatoria, para disfrutar de un maravilloso paisaje de Segovia.

Ya en Zamarramala, y camino de La Lastrilla, aparecen los primeros cultivos de secano. Son tierras de pan llevar, buen hábitat de alaúdidos. De vez en cuando, alguna alondra sale al paso. Con algo de suerte se puede ver, en lo alto, un buitre negro, de los que llegan desde allende sierra.

Tras superar La Lastrilla y en dirección a Espirdo, uno se topa con el arroyo de San Medel. Abundan los cultivos por allí. A nivel geológico, destacan los areneros. Y al atardecer se oye cantar al esquivo alcaraván.

La siguiente estación está en Tizneros. Hasta llegar a ella, y a pesar de que la zona está bastante urbanizada, es posible descubrir algún conejo saliendo de su madriguera. También es zona de alimentación de buitres.

De Tizneros a Basardilla se cruza el curso del río Polendos. El paisaje cambia. Es zona de piedemonte. Se suceden los pastizales. Y sobre los montones de piedra se colocan los simpáticos mochuelos. Con prismáticos, también se puede apreciar el vuelo del águila real.

Los biólogos dicen que entre Basardilla y Santo Domingo existe un magnífico ejemplo de bocage, un paisaje compuesto por pequeñas parcelas irregulares (tierras de cultivo y prados), separadas entre sí por muros y árboles. Sobresalen los fresnos y los robles. También hay matorral espinoso, buen refugio de zorros, garduñas y ginetas. Los petirrojos llaman la atención.

La siguiente etapa lleva de Santo Domingo de Pirón a Pelayos del Arroyo. Es un piedemonte más húmedo que el anterior, con bellísimos prados cercados, usados por los ganaderos. Siguiendo el camino, de Pelayos a Torre Val de San Pedro —pasando por Sotosalbos—, se sitúa una zona de transición entre el pino silvestre y el robledal. El caminante entra en la zona preferida por los corzos. Un lobo puede merodear por allí.

Entre Torre Val de San Pedro y Pedraza aparecen las sabinas y las encinas. Es área de campeo del águila imperial, una especie que cuenta con un centro de interpretación a los pies de la villa amurallada. La visita a Pedraza es escala imprescindible en el camino de San Frutos.

Hacia Orejanilla se ven más sabinas y algún arenero. El búho es por allí el rey de la noche. De repente, el paisaje cambia. El sabinar cede el testigo a los cultivos de cereal pasado el pueblo de La Matilla. Sobre nuestras cabezas, cada vez son más abundantes los buitres leonados, siempre pendientes de lo que llega a los muladares.

El castillo de Castilnovo, rodeado de un encinar, es otro hito del camino. El andariego va desde allí en busca del poco conocido río San Juan, refugio del ‘buitre sabio’, el alimoche y también del halcón peregrino. Entre Consuegra de Murera y Villar de Sobrepeña sorprende un paisaje de cultivos limpio, nada urbanizado, que invita a la meditación. Y, ya camino del corazón de las Hoces del río Duratón, se pasa por el pueblo de Villaseca. De allí a San Frutos, los últimos cinco kilómetros, un páramo donde vive la alondra de Dupont. El último esfuerzo se premia con la vista lejana de la ermita, sobre el impresionante cañón calizo, en un cuadro en el que no puede faltar el buitre leonado.