Valseca, Segovia, España, 2017.
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Jorge Represa es una de esas personas autodidactas que atesoran una inteligencia diferente, no aceptada por un sistema educativo que, como diría Ken Robinson, muchas veces “mata la creatividad”.

Jorge comenzó su ascendente carrera como fotógrafo antes de cumplir los 20 años en un Madrid que vivía la post movida de los ochenta. Paradójicamente, fue el Periódico de Cataluña el medio que le encargó la difícil tarea de personalizar las entrevistas realizadas por diversos colaboradores en su publicación dominical, luego vendrían otras colaboraciones para diarios como El Mundo o el País. Tuvo que enfrentarse, con profesionalidad y creatividad a la tarea de fotografiar a figuras de talla internacional, la mayoría de ellas en el cenit de su carrera: Leonard Cohen, Luciano Pavarotti, Emma Thomson, Woody Allen, Sigourney Weaver, Quentin Tarantino o Naomi Campbell, por poner tan sólo unos pocos ejemplos; otros nombres y otras figuras también relevantes en el contexto español como Torrente Ballester, Penélope Cruz, Antonio López, Aitana Sánchez Gijón, Miguel Delibes, Nacho Duato, Emma Suárez, Miguel Induráin o Pedro Delgado. En esa época su trabajo no sólo abarcó el retrato individual también realizó fotografías corales a diversas generaciones de actores y actrices del teatro, del cine y de la televisión de nuestro país.

En ese tiempo Jorge tuvo que demostrar su extraordinaria capacidad para poder plasmar el alma de sus modelos en sesiones que a veces sólo duraban unos pocos minutos. Habitaciones de hoteles, platós de cine o televisión, zonas de tránsito en viajes relámpago del personaje entrevistado. Muchas veces había que enfrentarse al estrés provocado por las prisas y en ocasiones, también al carácter complicado de la estrella de turno. Como contraste, Jorge siempre agradecía la reacción cómplice de personalidades que resultaban cercanas, que incluso abrían las puertas de sus hogares, alejadas de cualquier síntoma de divismo y que pasaban a convertirse en los mejores aliados del fotógrafo, aceptando sus ideas por muy exóticas que parecieran. Esta comprensión hablaba siempre muy a favor del personaje que era capaz de facilitar las cosas, en lugar de poner en duda que un jovencísimo fotógrafo español pudiera hacer un trabajo riguroso, a la vez creativo y profesional.

Puede decirse que Jorge Represa se creó un nombre y adquirió fama y prestigio desde muy joven. A diferencia de otros creadores, no se apalancó en su éxito. Su inquietud le llevó a explorar nuevos caminos. Fundó una escuela de Fotografía: La Recámara, en Santander y esto le ha llevado a profundizar desde comienzos de siglo en una labor didáctica de gran calado. Durante todo este tiempo ha preferido indagar en la esencia de la fotografía a dejarse llevar por la llamada de una fama fácil. Una actitud que caracteriza a todo artista honesto que no hace concesiones con su arte.

Represa ha estudiado la obra de las grandes figuras de la fotografía, desde Cartier Bresson, pasando por Annie Leibovitz hasta llegar a Sebastiao Salgado y ha hecho sentir a sus estudiantes el valor de la mirada honesta, haciéndoles conscientes de la necesidad de una gran dosis de auto exigencia. Esta labor pedagógica se ha extendido también a la hora de enseñar a mirar la obra de fotógrafas y fotógrafos de nuestro país como Cristina García Rodero o Leopoldo Pomés, por poner dos ejemplos de creadores por él admirados.

La generosidad de Jorge se plasma en una obra coral, el libro MAPA, en el que él mismo asume la responsabilidad de editar una selección de fotografías de 22 de sus estudiantes. Este trabajo es una muestra idónea de cómo la fotografía puede ayudar a llevar a cabo una labor de investigación sobre el territorio, que invita a cuidar nuestro ecosistema y sugiere ideas para desarrollar estrategias creativas que ayuden a revertir el drama de la despoblación.

Y es que Jorge ha sido capaz de interpretar paisajes con figura, figuras con paisajes, rompiendo con los tópicos y las imágenes estereotipadas de naciones y pueblos. La mirada ecológica y ambiental de Jorge Represa deja siempre preguntas en lugar de respuestas y convierte la realidad en enigma; localizaciones y personajes anónimos de Argentina, Cuba, Estados Unidos o Italia, han pasado por los objetivos de sus cámaras. En este último país, Jorge viajó al encuentro de las raíces de su familia materna. El apellido Caparrini descubre esa línea genética de origen italiano.

Y es que Jorge Represa nació en Valladolid hace 51 años. Hijo de Luis Antonio Represa y de Carmina Bermejo Caparrini; vivió los años de infancia y adolescencia en el número 10 de la calle Francisco Zarandona. El mismo número de la misma calle, domicilio de dos prestigiosos médicos vallisoletanos: Luis Antonio, su padre, por esos años era el urólogo más reconocido de la ciudad, y Juan Antonio Velasco el primer médico anestesista de la capital castellana, ambos grandes amigos. Pero además ese portal de la calle Francisco Zarandona fue testigo del paso de otros vallisoletanos de la calidad intelectual de Pedro Gómez Bosque —una de las mentes más brillantes de la Universidad de Valladolid de todos los tiempos—, Miguel Delibes —escritor excelso de las letras en español—, Amando Represa —en ese tiempo director del Archivo de Simancas y tío de Jorge,— o José Jiménez Lozano —periodista de raza, escritor multipremiado, abulense de pro y, en la actualidad, único superviviente de este grupo de intelectuales castellanos.

Luis Antonio y Carmina Bermejo Caparrini habían creado una familia numerosa de hijos e hijas brillantes: Ignacio, arquitecto responsable de la restauración de monumentos emblemáticos de Castilla y León, a la sazón profesor de la Escuela de Arquitectura de la UVa; Alfonso, discípulo de D. Pedro Bosque, formado en la cantera de la UVa, con una relevante carrera como neurocientífico desarrollada fundamentalmente en Francia, con investigaciones pioneras sobre la epilepsia, director durante muchos años de un importante centro de investigación europeo, el Instituto Mediterráneo de Neurobiología (INMED) de Marsella; Adela (Lala), ya fallecida, mujer de extraordinaria sensibilidad, excelente gestora, relaciones públicas ligada al mundo de la moda; Pilar (Kaina), una concienzuda y vocacional profesora de francés; Jaime, hermano mellizo de Jorge, arquitecto, sensible artesano y trabajador infatigable, músico vocacional.

Recordar los orígenes y el contexto familiar de Jorge Represa es dar aún más mérito a una persona rebelde que dejó de forma muy temprana sus estudios y que optó por seguir su propio camino.

Quiero resaltar aquí la extraordinaria sensibilidad mostrada por Ana Doldán, directora conservadora del Museo Esteban Vicente como artífice imprescindible de esta exposición en la que ha ejercido también de comisaria en perfecto tándem con su autor. Hace tres años acompañé a Jorge Represa en una visita para hablar de posibles proyectos en el Museo. De ahí surgió el germen de esta exposición y de un curso taller de fotografía que se realizó pocos meses después de ese primer encuentro, gracias al decidido apoyo de Ana.

Siete años antes, tres obras de Jorge Represa habían formado parte de una más modesta exposición dentro del proyecto Huellas de la Ciudad, una iniciativa muy fructífera de colaboración con el Campus de la UVa en Segovia que coordinamos con la profesora Eva Navarro. Esta iniciativa tuvo el apoyo entusiasta de Ana Martínez de Aguilar, anterior directora del Museo y buena amiga. En esa ocasión seleccionamos dos obras de la serie Italia y una obra muy especial, que ahora vuelve a formar parte de esta gran exposición. Se trata del único retrato de la madre del autor.

Realizada en el campo de Valsaín, en los alrededores de la casa que tantas veces ha reunido a la familia; Carmina aparece captada en un fuerte contraluz, cerca ya de la puesta de sol. En esa época ya habían hecho aparición los primeros síntomas de su progresivo deterioro cognitivo. Jorge dispara intuitivamente su cámara para retener ese instante precioso y mágico que permitirá restaurar la memoria, homenaje a la madre. Algunas de esas imágenes más íntimas también tienen lugar en esta exposición. Forman parte de la serie de diarios y se pueden observar en las reproducciones de pequeño formato que también se incluyen en uno de los expositores de la muestra. Son las más familiares y recrean y evocan a su vez, esa memoria de Valsaín y sus alrededores que ha vinculado desde hace muchos años a Represa con Segovia.

Rescatar la memoria. Esa es precisamente una de las grandes virtudes de la fotografía de Jorge Represa: generar emoción e invitarnos a una mirada más profunda y vital de las pequeñas cosas de la vida. Treinta años de trabajo, centenares de rostros, infinidad de miradas. Una fiesta de homenaje a la sensibilidad que el Museo Esteban Vicente nos regala haciendo honor a su misión educativa. Nos corresponde ahora recoger el guante y realizar ese aprovechamiento educativo, cultural y social, de esta provocadora exposición que nos invita a leer la realidad con una actitud crítica e indagadora.

(*) Catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valladolid. Campus María Zambrano de la UVa en Segovia.