Centre de Documentació. Museu del Disseny de Barcelona.
Centre de Documentació. Museu del Disseny de Barcelona.
Publicidad

Estudiar el universo del coleccionismo es una apasionante aventura que a menudo proporciona a los investigadores fantásticas sorpresas. En la Barcelona de principios del siglo XX hubo una gran dama que reunió una importante colección de indumentaria regional: María Regordosa de Torres Reina (1888-1920). Hija única de una potentada familia dedicada al negocio del textil, su carácter curioso e inquieto le condujo, ya desde muy jovencita, a coleccionar obras de arte, logrando en muy poco tiempo reunir unos conjuntos de gran calidad y valor. De las diversas colecciones que formó (joyas, abanicos, tapices, encajes, muebles, peinetas, etc.), sin duda una de las más destacadas fue la de trajes regionales procedentes de diversas provincias de España, que fue atesorando en sus numerosos viajes. Su buen ojo, unido a su intuición, curiosidad y exquisito gusto le llevaron a adentrarse por diferentes y recónditas tiendas de antigüedades, en las que localizó piezas únicas, posicionándose pronto su colección como una de las más importantes de España en su materia.

Lamentablemente, María Regordosa murió muy joven, tras dar a luz a su primer hijo, por lo que no pudo completar su colección de indumentaria regional y legarla a los museos de Barcelona, tal y como era su deseo. El que fue su esposo, el célebre torero Ricardo Torres Reina “Bombita” se ocupó, no obstante, de preservar la memoria de su amada esposa y difundir su legado a través de diferentes exposiciones, como la Iberoamericana de Sevilla de 1929 o la única monográfica dedicada a la colección Regordosa, celebrada en el Museo de Artes Decorativas de Barcelona, en 1935. En esta exposición se dedicó una sala completa a exhibir la colección de trajes, bautizada como “Sala Regordosa”, donde permaneció depositada hasta el estallido de la Guerra Civil. Los trajes se mostraban, como también se hizo en la muestra sevillana sobre espectaculares maniquíes fabricados en Francia, cuyo realismo proporcionaba en el espectador la sensación de hallarse ante una figura de carne y hueso.

Tras el conflicto bélico, el depósito fue reclamado por el hijo de María Regordosa y a partir de ese momento se perdió la pista de los trajes. No obstante, gracias a la presente investigación, hemos podido averiguar su paradero, que no es otro que el Museo del Traje de Madrid. Allí se conserva la colección desde principios de los años noventa, cuando ingresó, junto con otras piezas de indumentaria, tras ser adquirida a la empresa Edmund Peel Fine Art. El feliz hallazgo de los vestidos, cuya procedencia original se desconocía en el museo, nos ha permitido confirmar la gran excepcionalidad y originalidad de los mismos, que sólo conocíamos a través de varias fotografías tomadas por el célebre fotógrafo catalán Adolf Mas i Ginesta con motivo de la exposición de 1929.

Forman la colección once trajes femeninos de mujer adulta, uno de niña y otro de recién nacido. Son trajes festivos confeccionados con ricos materiales, que destacan sobre todo por la maestría y el detallismo en la ejecución de la decoración de las diferentes prendas, como por ejemplo los primorosos bordados, encajes, o botones empleados, característicos en su mayoría de la tradición local.

Entre todos los trajes de la colección llama la atención el grupo representativo de la provincia de Segovia, formado por tres trajes colocados sobre maniquíes que representan a una madre, acompañada por su hija y su recién nacido. Las figuras femeninas del conjunto parecen salidas de la pintura de Antonio García Mencía, Un baile en la plaza del pueblo de Nieva, que Laurent fotografió en 1871, aunque todavía sin lucir la mantilla bajo la montera, pues el uso de dicha prenda tiene su origen a finales del siglo XIX, ya asociada al Traje de Alcaldesa.

El traje de mujer adulta está compuesto por un espléndido jubón confeccionado en paño de lana azul marino con escote en pico y haldetas. En el centro delantero, nueve grandes ojetes en cada tapa permiten el cierre a través de unos cordones. La decoración de la prenda es exquisita. Prácticamente todas las costuras, perfiles, centro del delantero y bocamangas están bordados a la aguja con gruesos hilos polícromos, mientras que los bordes del escote, tapas, haldetas y bocamangas se hallan rematados con un vivo de paño rojo formando picos. En las mangas destaca un lazo de seda amarilla en la sangría y cinco botones de muletilla de filigrana calada, tipo “charro”. Debajo del jubón se vislumbra la característica camisa de corchados, de lienzo blanco con la pechera bordada con lana negra sobre fruncido. El manteo, del mismo tejido y color que el jubón, está decorado de una manera más sencilla, con galón amarillo, salmón y verde y rematando los bordes una franja de paño rojo “picado” con motivo de rombos. Lleva un delantal de sarga de lana negra bordado con hilos de seda polícromos formando franjas, ramos y aves. El cabello lo lleva recogido en una larga trenza de la que pende una cinta de seda escocesa. Cubre la cabeza y los hombros con una delicada mantilla de tafetán rayado que se recoge sobre el pecho con tres flores de satén. Encima, luce la característica montera, formada por un casco de seda púrpura y dos vueltas de terciopelo negro, con aplicaciones de galón en su perímetro y chapería de colores, unidas en las puntas por un pompón de seda roja y amarilla. El casco está decorado con galón de plata, seis borlas de seda verde y roja y los habituales “doce apóstoles” o pequeños conos truncados. Va enjoyada con unos pendientes de aro de plata del que penden tres gajos de coral, rematados con una bola de plata. Calza medias blancas labradas y zapatos de piel negros con hebilla plateada.

La indumentaria que luce la niña es similar a la de la madre, aunque con algunas diferencias. El jubón es de terciopelo negro y la decoración es más sencilla: cinco botones metálicos en el centro delantero, y en las mangas un lazo rosa en la sangría y unos agremanes dorados. La camisa presenta las características propias de la camisa masculina segoviana: cuello derecho y bordado en la pechera, cuello y puños con hilo blanco. El manteo es de paño rojo y está decorado con galones en oro y plata y franja de terciopelo negro. De la cintura cuelgan unas colonias o cintas, consideradas como un símbolo de soltería. El mandil o delantal es de terciopelo negro con adornos de galones en oro. El velo que cubre la cabeza es de tul de lino color crudo bordado con sedas polícromas y lentejuelas. La montera presenta un casco de raso morado brochado en negro decorado con los tradicionales “doce apóstoles”. Las vueltas, de terciopelo negro brochado, se unen en las puntas a través de un pompón de hilos metálicos. Lleva calcetas de algodón caladas y zapatos de terciopelo negros.

El recién nacido va ataviado con un rico traje de bautismo. El cuerpo, tejido con oro, es muy escotado y lleva manga larga con puños de terciopelo negros. El faldón confeccionado en paño rojo va decorado con cenefas en ocre y negro. De la faja cuelga la bolsa de los Santos Evangelios con una Custodia bordada. El gorrito, del mismo color, lleva adornos de flores de cinta y borlas de plata.

Compartir