Visión oriental del Acueducto (1852-1858). Museo del Prado. / Martín Rico
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Entre los años 711 y 1086, la historia de la ciudad de Segovia y su entorno quedó reducida a pocas páginas con una fuerte carga legendaria. Un silencio documental cubrió el abandono de esta ciudad, lejana de Oviedo y León así como de Córdoba. Colgada al pie norte del Guadarrama –nombre de una rica etimología- vio pasar la historia por sus puertos sin que dejase rastros entre sus ruinas.

El abandono de la sede episcopal por sus obispos en el 711 y la huída de sus autoridades romano-visigodas, la condujo a ser una ciudad “abandonada” a sus ruinas como sucedió con Osma, Avila y Salamanca, otras sedes episcopales. Bastaron sólo unas décadas para que, hacia el año 750, toda la franja de territorio que se extiende entre el Duero y las Sierras Carpetanas, por un lado, y desde las cumbres Ibéricas hasta el Océano, por otro, se convirtieran en una auténtica “frontera”.

Al sur y al norte de este territorio cercano a los 40.000 kilómetros cuadrados, se fueron conformando dos centros políticos con identidades bien diferenciadas, regidos desde Córdoba, Al-Ándalus, y desde León, el reino Astur-Leonés.

La historiografía ha propuesto diversas hipótesis acerca de la entidad de este territorio, durante esos tres siglos. Conocido como la “Extremadura” o más recientemente como la “Frontera del Duero”, se la ha considerado como territorio objetivo de “reconquista”; afectada por una “desertización” demográfica; objeto de una “repoblación” desde el norte del Duero. Pero siempre Segovia quedó al margen documental de estos planteamientos.

Las viejas crónicas altomedievales siempre se escribieron desde el norte (Oviedo, León) o desde el sur (Córdoba), pero nunca desde este extenso territorio vacío de sedes episcopales, de fundaciones monásticas, y sin una estructura eclesiástica parroquial conocida, ni de estructura política. Así mismo, estuvo vacío de un asentamiento consolidado de poblaciones procedentes del sur del Tajo. Por todo ello, la vida de este territorio yace en un profundo vacío documental sobre el que sólo la arqueología y la toponimia han ofrecido cortos resultados.

Sin embargo los últimos estudios sobre la Frontera del Duero nos la presentan habitada, no desierta, aunque de forma aún poco definida ni cuantificada demográficamente. Parece ya establecido que esta amplia zona, la frontera, se vio libre de un dominio político establecido tanto del norte así como del sur durante los siglo VIII-X.

Es la situación en la que se encontró Segovia en la Alta Edad Media, que últimas investigaciones están sutilmente definiendo. Su cercanía de Toledo, capital de la Frontera Media andalusí, y de la vigilante Mayrit (Madrid), pudieron ser causa de un abandono controlado y de su tardía repoblación o integración en el reino de Alfonso VI de León. Pero lo que parece más evidente es que los caminos que los ejércitos cordobeses siguieron en sus anuales aceifas hacia el norte no consideraron el paso por esta población. Nos referimos al Fagg Humayd (Tablada) y al Gibal Xerrat o Fagg Tarik (Somosierra) o el más difícil de la Fonfría romana.

Parece, así mismo, que no se han aprovechado todas las fuentes documentales andalusíes, como las que hablan de los “serranos”, los “al-Serrainin”, habitantes de la Frontera del otro lado, al Guf o parte boreal del Gibal Axarrat, hacia el norte de las sierras de Guadaramla; de los habitantes de la Carpeto-Vetónica, y aún se diría que ni siquiera los de toda ella, sino los del tercio, o a lo sumo, la mitad oriental de esa ingente cordillera, de majestuoso y severo aspecto, según se expresan el historiador andalusí Ahmad b. ali Mahalli, el avanzado historiador hispano-musulmán J. A. Conde García o el gran historiador de la caminería andalusí, Félix Giménez Hernández. Eran tierras serranas que englobaban la Segovia altomedieval, “serrana” y fronteriza, que durante siglos estuvo callada y libre de ambos poderes centrales.

Otro aspecto poco conocido de la Segovia altomedieval pero más documentado, es el de la añoranza eclesiástica de su sede episcopal, durante la primera mitad del siglo X. Esta lejana memoria forma parte de una tendencia que recorre la frontera del Duero desde Osma hasta Coria, alcanzando la portucalesa Egitania (Ydanha-a-Vella) y pasando por Segovia, Ávila y Salamanca. La documentación astur-leonesa habla de obispos que se dicen titulares de estas antiguas sedes episcopales, abandonadas en el siglo VIII, mucho antes de ser restauradas en el siglo XI o XII, como es el caso de Segovia.

El intenso avance territorial hacia el sur llevado a cabo por Alfonso III y su hijo García I, supuso que el reino astur trasladara la capitalidad de Oviedo a León y estableciera la línea del Duero como su frontera: Zamora, Toro, Simancas, Dueñas, Roa. Esta línea se reforzó con la victoria de Ramiro II en Simancas, en el 939, estableciéndose la reconocida frontera de Santarem a Huesca de la paz firmada en Córdoba entre Abd al-Rahman III y Ramiro II en el 941.

Todo ello generó expectativas de una pronta conquista de los territorios sureños del Duero hasta las cumbres del Guadarrama, y de la restauración de las sedes abandonadas a principios del siglo VIII, coincidiendo los intereses de reyes y obispos.

Este proceso fue más intenso en sedes de la vieja Gallaecia, tanto al norte como al sur del Duero. Más al este, fundada “ex novo” la sede de Oviedo (c. 812), la restauración episcopal siguió una línea norte-sur: León, Astorga, Zamora. Sin embargo en la zona más oriental tanto al norte (Palencia, Osma) como al sur del Duero (Segovia, Ávila, Salamanca) no se completó hasta el siglo XI-XII.

Son los obispos fronterizos o “in partibus infidelium”, que se dicen continuadores y titulares de aquellas sedes visigodas situadas en tierras que no están bajo el gobierno de León, quienes reclaman y se titulan como tales, pero que no pueden ocuparlas ni gobernarlas.

Durante el reinado de Alfonso IV de León, en el 927, encontramos a un obispo, sin sede fija, que se mueve itinerante por las tierras de la ribera norte del Duero, y que confirma documentos reales como “Frunimio, episcopus secoviensis sedis”. Más tarde, hacia el 938, este obispo ya reside en el monasterio de Santa María de Wamba, que se ratifica en el 948, dando continuidad a su residencia. Poco después, en el 950, se documenta un nuevo obispo, de nombre Ilderedus de Septimanca (950-966) muy posiblemente sucesor del obispo Frunimio quien, buscando seguridad, se trasladó a Simancas, en los últimos años del reinado de Ramiro II, se titula obispo de Simancas y también de Segovia: “Ilderedus, Dei gratia aepiscopus Segoviense sedis aepiscopus”. Es, según Carriedo Tejedo, “La vinculación Simancas-Segovia”.

En el año 955, este obispo y su sede, Simancas, recibieron el reconocimiento del rey Ordoño III como sede autónoma con respecto de la de León, recibiendo parroquias de esta diócesis, de la que habría sido sede doméstica, y de la de Zamora. Sin embargo nada se dice de parroquias ni de territorios del otro lado del Duero, del sur.

Dos décadas más tarde, la crisis política de la monarquía leonesa, con la minoría del rey Ramiro III y el gobierno de su tía y tutora Dª Elvira Ramírez, provocó que, en el año 974, se decidiese la supresión de la sede de Simancas a la muerte del obispo Teodisclo (967-974), y no se nombrara sucesor. Se rompía definitivamente la “vinculación Simancas-Segovia”. Habría que esperar al año 1120, para que Pedro de Agen, arcediano de Segovia, dependiente de la sede arzobispal de Toledo, desde el sur, fuera elegido como primer obispo de la restaurada sede episcopal de Segovia.
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(*) Autor del libro “En la Frontera del Duero.- Cuéllar altomedieval (s. VIII-XI)” (2018).