Cabalgata Histórica de la Proclamación de Isabel la Católica. Foto: Unturbe. 1916. Col. Archivo Municipal de Segovia.
Cabalgata Histórica de la Proclamación de Isabel la Católica. Foto: Unturbe. 1916. Col. Archivo Municipal de Segovia.
Publicidad

Al conmemorarse en este año el Centenario de la Universidad Popular Segoviana, origen de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, el Museo Rodera-Robles ha querido sumarse a las actividades preparadas para la ocasión, abriendo sus puertas y facilitando sus medios para llevar a cabo una exposición que, en la línea habitual de las muestras temporales, quiere enseñar la esencia de los segovianos que nos precedieron intentando hacer de su ciudad un lugar de convivencia y desarrollo que, precisamente, en el primer tercio del siglo XX tuvo numerosas manifestaciones que generaban una ilusión colectiva, hoy fácil de observar a través de las imágenes que conforman este sencilla pero muy elocuente exposición que abarca desde 1901 a 1936.

En la muestra “Segovia, Edad de Plata (1901-1936)”, pueden verse fotografías de los grandes acontecimientos que convocaron a los segovianos a las calles para tomar conciencia de una identidad común y tratar de poner fin todos juntos a la decrepitud social y física de la ciudad, que venía lastrando su desarrollo desde siglos atrás. Los años novecientos comienzan con una gran Exposición Provincial que, en 1901, convocó a numerosos segovianos de la provincia a mostrar sus productos de todo tipo, para que se conociera la realidad del potencial económico que subyacía por esta tierra. A partir de este acontecimiento, se pueden ver otras convocatorias populares: la erección del primer monumento en la ciudad, el dedicado a Daoiz y Velarde, al que seguirán varios para honrar a personajes locales con mayor o menor proyección nacional: el comunero Juan Bravo; el ceramista Daniel Zuloaga y el poeta y periodista José Rodao y, entre estas actividades ciudadanas, algunos desastres: el destrozo del atrio de San Esteban por un vendaval o el pavoroso incendio de la calle de Juan Bravo.

En el ámbito propiamente cultural, en la exposición pueden verse, además de las noticias publicadas en la prensa, sobre la creación y puesta en marcha de la Universidad Popular Segoviana, la llegada de Machado a la ciudad o los éxitos artísticos de artistas como Aniceto Marinas o Emiliano Barral. El visitante puede también hacerse una idea de la intensa labor editorial de la Segovia de aquel primer tercio del siglo XX.

La “Edad de Plata” en Segovia.

En España reina Alfonso XIII. El 14 de abril de 1931 es proclamada la Segunda República. El rey renuncia a la Jefatura de Estado y parte al exilio. En 1936 estalla la Guerra Civil.

Segovia es una pequeña ciudad, con calles estrechas y caserío envejecido. Contaba con luz eléctrica y desde hacía pocos años con el ferrocarril. Su población era de 14.500 habitantes en 1900 y 18.000 en 1930. Junto con el Ayuntamiento otras dos entidades de peso: el Ejército y la Iglesia. Los establecimientos militares, Academia de Artillería, Parque de Artillería y Regimiento, ocupan buena parte de los arrabales del sur. La Iglesia se extiende por toda la ciudad. Las antiguas parroquias se han reducido a cuatro: Sta. Bárbara (catedral) y San Martín en el recinto amurallado, San Millán y El Salvador extramuros. Algunas congregaciones religiosas han regresado después del periodo desamortizador, pero de otras quedan los amplios edificios, en mejor o peor estado, que un día los albergaron.

La actividad económica se reduce al comercio local, a los oficios tradicionales, a la mera subsistencia. La mayor parte de los vecinos son jornaleros y hay focos de pobreza. La nobleza se ha instalado en Madrid, es escasa la burguesía y muchos segovianos son impelidos a emigrar. La industria se reduce casi a fábricas de harina, curtidos, tejas y ladrillos. Entre ellas destacan: Marcos Vargas (loza), Salvador Riber (lanas), Anselmo Carretero (harina) y Klein (de curtidos y gomas). Todas, por supuesto, a extramuros, mientras el comercio se concentra en la Calle Real. A ellas hemos de añadir las compañías Electricista Segoviana (1889) y Cooperativa Electra Segoviana (1914).

“Ser segoviano traía consigo, para la mayor parte de la población, vivir estrechamente”. Con estas palabras Martínez de Pisón resume el estado de Segovia en los primeros treinta años del siglo, su estado material, pero bajo esta capa de denso paño segoviano, la vida espiritual larvada comienza a bullir. Eclosionará hacia los años 20. Y es de rigor reconocer el papel que la Academia de Artillería jugó, desde su fundación, en la vida intelectual de una pequeña ciudad en el centro de España. Así mismo, la del Instituto General y Técnico, en que impartieron la docencia profesores de relevancia, y la del arquitecto municipal Joaquín de Odrizola y Grimaud (1844-1913).

A Joaquín de Odriozola debemos el primer plano riguroso de la ciudad (1901). A escala 1/400, y coloreado, incluye desde La Fuencisla hasta más allá del cerro de la Horca. La Segovia intramuros apenas ha variado, pero es casi irreconocible la de los arrabales, aún atravesados por el arroyo Clamores y en gran parte dedicada al cultivo, que se puede circunscribir en un rectángulo configurado por el Acueducto y al Sur por las actuales Ezequiel González y Paseo del Conde de Sepúlveda.

Odrizola sentó las bases, con sus proyectos de alineación, de la ciudad que hoy habitamos. Arquitecto de su tiempo, introdujo el empleo del hierro -el viaducto para el tranvía que acercaría el ferrocarril a la ciudad alta es un paradigma- sin embargo, hubo de reconocer que intervenir en ésta era imposible. Su carga monumental y su trazado se imponían a la “modernidad”. En 1884 fue declarado Monumento Nacional el Acueducto -no sin gran polémica-. Le seguirían la torre de San Esteban (1894), El Parral (1914) y la Vera Cruz (1919), lo que no evitaría que en 1915 se demoliera el convento de San Agustín, lo que provocaría la airada protesta de Daniel Zuloaga, el famoso ceramista que había llegado a Segovia en 1893.

Segovia siempre había sido, para el viajero ilustrado, punto obligado de visita en su gira por España. Hablamos del Acueducto, pero a él se irían sumado otros edificios y la propia ciudad. En 1905, el Ayuntamiento publica una octavilla con el fin de atender bien al turista: “La Ciudad del Acueducto y de los templos románicos es, desde hace algún tiempo, visitada por numerosos turistas españoles y extranjeros, que vienen a admirar sus artísticas riquezas y sus históricos monumentos, atraídos, sin duda, no solo por su fama universal, sino por la mayor publicidad de su mérito e importancia”. Acompañaba a la octavilla una relación de monumentos dignos de ser visitados: en total más de medio centenar. A la par, encargó a Odriozola un plano manejable;, a Lecea un estudio histórico y F. Gila una guía.

Entre 1900 y 1930 Segovia es un imán para el estudioso, el literato y el pintor. Entre los primeros: Gila y Fidalgo, F. Plano y Guía de Segovia. (1906); Colorado y Laca, E. Segovia. Ensayo de una crítica artística… (1908); Lecea y García, C. Los templos antiguos de Segovia (1912); Jaén, A. Segovia y Enrique IV. (1916); Oliver Copóns, E. El Alcázar de Segovia. (1917). En cuanto a los escritores: Baroja, P. Camino de perfección; Gutiérrez Solana, J. La España Negra. (1920); Gómez de la Serna, R. El Secreto del Acueducto. (1922). Azorín. Doña Inés. (1925). En el mundo de la plástica el taller de Daniel Zuloaga, en San Juan de los Caballeros, fue un foco de creatividad, en cuyos hornos se cocieron cerámicas decoradas con motivos segovianos que se esparcieron por el mundo, pero también de atracción de intelectuales y artistas, entre otros Ignacio Zuloaga, Darío de Regoyos y Charles Cottet, muy ligados a los Zuloaga. Así mismo, los hermanos Ramón y Valentín de Zubiaurre y Gutiérrez Solana y en las antípodas de la estética zuloaguesca, Joaquín Sorolla o Aureliano de Beruete. Habría que añadir, Chicharro, Morera, etc.

Todo este fermento cultural eclosiona con vigor en torno a 1919, año de fundación de la Universidad Popular. El 26 de octubre de 1918, era inaugurado el Teatro Juan Bravo, con la obra “La alcaldesa de Hontanares” del segoviano J. Rincón Lazcano. El edificio había sido proyectado por F. Javier Cabello, sobre el derruido Mesón Grande, pintado y grabado por muchos artistas. Y el mismo año, poco después, el 21 de noviembre, se fundaba la Sociedad Filarmónica de Segovia.

Justo un año después, el 21 de noviembre de 1919, un grupo de estudiosos segovianos, que se reunían en tertulias literarias, creaban la “Junta o Universidad Popular Segoviana”, hoy Real Academia de Historia y Arte de San Quirce. Su objetivo era difundir la enseñanza entre los trabajadores. La formaban: José Rodao, poeta; Segundo Gila, médico; Antonio Machado; catedrático del instituto; Francisco Rovira, profesor de la Normal; Florentino Soria; profesor de dibujo del Instituto; Agustín Moreno, médico y catedrático de Ciencias Naturales; F. Javier Cabello, arquitecto; José Tudela, archivero-bibliotecario, Andrés León, catedrático de Física Y Química y Mariano Quintanilla, abogado y licenciado en Filosofía y Letras.

Impartían clases y daban conferencias y trajeron a notables intelectuales para pronunciarlas: Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, etc.

Segovia había alcanzado un notable grado de desarrollo cultural. En Ayllón, en 1931, se iniciaría el proyecto de Misiones Pedagógicas con la activa participación de la gente de los pueblos segovianos.

Elocuente al respecto de la participación ciudadana fue el debate suscitado con la erección de la estatua a Juan Bravo en 1921. Era un monumento al héroe segoviano de la guerra de las Comunidades, cuyo centenario se conmemoraba, pero también obra de Aniceto Marinas, el afamado escultor local, quien había elegido el sitio para levantarla: la popular plazuela de las Sirenas. Los segovianos que habían aprendido a valorar la belleza de la ciudad, y habían protestado por la actuación en algunos edificios o parajes sintieron la elección del lugar como un ultraje. La tensión entre los defensores y los detractores llegó a interesar, como había ocurrido ochenta años antes con el acueducto, pero ahora con mayor repercusión, a los intelectuales españoles. La protesta encabezada por Ignacio Carral y Mariano Quintanilla fue refrendada, entre otros, por: el marqués de Lozoya, Blas Zambrano, Emiliano Barral, Antonio Machado, José Ortega y Gasset, Manuel B. Cossio, José Francés, Juan de la Encina, Valentín de Zubiaurre, Azorín, Javier de Winthuysen, Ballesteros de Martos, Ignacio Zuloaga, J. Hector Picavia, Cristobal Ruiz, Julio Romero de Torres, Victorio Macho y Rafael Lasso de la Vega.