"Libro de riego de La Salceda".
Publicidad

El agua es el factor limitante de muchas de las actividades desarrolladas por el hombre. Su reparto siempre ha sido motivo de controversia entre los distintos usuarios y, por tanto, era necesaria una regulación para reducir al mínimo la conflictividad entre las poblaciones locales.

En los pueblos situados en el piedemonte de la Sierra de Guadarrama, el abastecimiento para riego y consumo humano se hacía mediante caceras, canales que transportan el agua por gravedad desde la cabecera de ríos y arroyos y que distribuían el agua por aquellas zonas de los términos municipales susceptibles de un aprovechamiento mediante regadío. Así, se regaban prados, dehesas, huertos y linares.

Si echamos un vistazo a las distintas ordenanzas municipales de los siglos XVI y XVII y las contrastamos con los testimonios de las personas que han seguido viviendo y regando en nuestros pueblos vemos que muchas de las costumbres relacionadas con el reparto del agua han permanecido invariables a lo largo de los siglos. Esto significa que funcionaba y que, por tanto, no hacía falta modificarlo.

Las primeras zonas que se regaban eran las dehesas y los pastos comunales. Durante un tiempo, estas zonas de pasteo común se vedaban para que descansaran, se regaran y pudieran aportar alimento durante gran parte del verano a las reses de los vecinos. Cuando se vedaban, los vecinos que llevaban sus vacas a la dehesa, realizaban la hacendera de las regueras y regaderas de la dehesa. Para ello, el presidente o alcalde de barrio convocaba a la limpieza. Se hacía un listado de los vecinos que debían ir y la ausencia era penada con una multa. En función del número de reses que cada uno disfrutara, se hacía un tramo más largo o más corto de reguera.

Generalmente, las dehesas se vedaban de marzo a mayo, habiendo días específicos en los que no se podía usar el agua para regar otra cosa que no fuera la preciada finca.

Figura esencial en el buen resultado del vedado de estas fincas, era la del regador de la dehesa, cargo que se remataba en reunión del concejo o barrio. Se solía subastar entre los vecinos y el que más barato lo hiciera se quedaba con el oficio. A veces, el pago se realizaba mediante la posibilidad de meter alguna res más a la dehesa.

Muchas veces combinado con el riego de las dehesas se regaban los prados y otras parcelas dedicadas a la obtención de hierba para su posterior siega. En este caso se solía prolongar hasta finales de junio. Los animales, durante el tiempo que descansaba la dehesa, iban rotando por las distintas cercas que cada vecino tenía o bien a otras parcelas comunales. Cuando las vacas pasaban de nuevo a la dehesa, los prados y cercas particulares se vedaban y se regaban por turnos dependiendo de la extensión que tuvieran.

Entre los días de San Juan y San Pedro, dependiendo de los pueblos, se dejaban de regar los prados y cercas y se pasaba a regar los linares y huertos: “se ponía en vez el agua”, es decir, comenzaban los turnos de riego. Este sistema de turnos respondía a la necesidad de mantener un reparto equitativo del agua para que todo el mundo pudiera regar.

Para un mayor control de los turnos de riego se llevaba un libro, el libro de riego, que en muchos de los pueblos donde hemos realizado investigaciones ha desaparecido. No obstante, hemos conseguido información de cómo se realizaba la confección de este interesante documento.

Cuando comenzaba la temporada de riego, el Presidente de Barrio convocaba a una reunión, estableciéndose los turnos. Se asignaban los tiempos de riego a cada linar y las normas que debían regir. En el libro venía indicado el orden de riego, el nombre de la finca, propietario y el tiempo. Normalmente se respetaba estos turnos y no se pasaban del tiempo establecido, porque si lo hacían podían castigar con una multa.

En La Salceda, cuando comenzaba la época de riego se remataba la persona que iba a echar el agua para regar los linos; y en Caballar, el Ayuntamiento cogía una persona para que avisara a los vecinos que tenían que regar y así no perder agua.

Antes de regar, era obligación de los propietarios de los linares o de las huertas tener limpios los tramos de cacera que pasaban por ellos. El riego se realizaba “a manta”, surco a surco. Junto a la cacera se situaban los linares, que tenían un boquerón o brocal por donde entraba el agua. Cuando se acababa de regar, se cerraba y pasaba al siguiente linar, pasándose “la vez”. La norma que regía era que no sobrara agua en unos lados y faltara en otros, aprovechándose al máximo cada gota. A medida que iba disminuyendo el caudal con el avance del estío, se iba aumentando el tiempo de riego.

En otros lugares, los vecinos tenían un tiempo ya determinado, como en el caso de Cabanillas, en que cada vecino regaba medio día o en Basardilla, donde cada vecino disponía de 2 horas de riego. En este pueblo, que recibía el agua por turnos como la gran mayoría de los pueblos de la Cacera de San Medel, tenían una infraestructura para conocer a qué hora le tocaba tomar el agua. Se trataba de una piedra reloj, compuesta por una piedra vertical y una piedra nacida, en el suelo, donde había grabada una cruz. Cuando la sombra del sol atravesaba la cruz, el pastor de aguas de Basardilla echaba el agua a su pueblo.

Muchas veces se regaba de noche y daba la casualidad que la misma familia tenía que regar a la vez en varios linares, con lo que cada miembro de la familia tenía que ir a un sitio. En múltiples ocasiones el riego coincidía con la época de la siega, así que “si después de estar todo el día trabajando te tocaba regar de noche, te morías de sueño. Para evitar que se desbordara el agua si te quedabas dormido regando, el truco era ponerse al final del surco que empezabas a regar y meter los pies descalzos. Cuando el agua te mojaba los pies te despertabas y repetías la operación con el siguiente surco”.

Cuando se regaba de noche, se iba con un farol, que había que tener cuidado que no se apagara, porque si no el regador tenía que hacerlo a oscuras. Estos riegos nocturnos son muy recordados por los protagonistas y son un tema muy recurrente en las conversaciones.

El agua, sin duda alguna es uno de esos elementos culturales que forman parte del ADN de los pueblos serranos y, aunque hoy día son escasos los pocos lugares donde se puede regar de forma tradicional, pervive en la memoria de la gente a pesar de haber desaparecido. Un modo de vida superado, no siempre a mejor, que debería conocerse y del que debemos aprender mucho sobre la gestión del agua.
——
(*) Biólogos.