Primeras huellas en el Camino de San Frutos

Un centenar de peregrinos inauguró el itinerario tras la bendición del mismo realizada por el obispo, Ángel Rubio.

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El ‘Camino de San Frutos’ alumbró en una mañana típicamente otoñal, de cielo gris y fresca temperatura. La Puerta de San Frutos de la Catedral era el punto de encuentro. Casi un centenar de personas permanecían allí concentradas cuando el obispo de Segovia, Ángel Rubio, tomó la palabra para dar ánimos a quienes iban a emprender esta nueva “ruta de peregrinación”, impulsada por EL ADELANTADO. Acto seguido, el prelado bendijo el primer mojón del ‘Camino de San Frutos’ e invitó a los andariegos a entrar en la Catedral, a ver el relicario de San Frutos, ante el cual pronunció una breve plática sobre los valores del patrón de Segovia, para terminar anunciando que, con motivo del ‘Año de la Fe’, concederá indulgencias plenarias a quienes realicen este itinerario hasta las Hoces del río Duratón.

Acabado el acto protocolario — al que acudió el presidente de la Diputación, Francisco Vázquez, y el delegado territorial de la Junta, Javier López-Escobar, en representación de las dos instituciones que han financiado el proyecto— los caminantes echaron a andar. Eran casi las 09,30. Los primeros pasos fueron en busca del río Eresma, descendiendo por la Puerta de Santiago hasta llegar al barrio de San Marcos. Desde allí, tocaba ascender a Zamarramala, por la carretera, dejando a la diestra a la iglesia de la Vera Cruz. Los peregrinos iban en grupo. Junto a la ermita de San Roque, a la entrada de Zamarramala, una breve pausa. “No conozco a nadie que habiéndose acercado a este lugar no haya sido conquistado por esta vista sorprendente”, escribió, hace ya décadas, Robert Gillon. El mensaje sigue vigente.

Con un giro de 180º desde la ermita de San Roque, los caminantes comenzaron a pisar tierra. Dejaron atrás Zamarramala para avanzar entre cultivos de secano, sobre todo de cereal. El camino, ancho y cómodo. Merecía la pena ver, desde la lejanía, a la Catedral, con el telón de fondo de la Mujer Muerta. Un cernícalo vulgar, quizá asustado, sobrevolaba a los peregrinos. En dirección a La Lastrilla, su alcalde, Vicente Calle, se colocó delante del grupo, marcando un ritmo alto. Ya en el casco urbano de La Lastrilla había que avanzar recto hasta alcanzar la calle ‘Camino Valseca’. En ese punto hubo que torcer, a la izquierda, para sellar el carné de peregrino en la ‘Nave Multiusos Municipal’. Luego, a continuar, por la ‘rotonda de Santa Teresa’, para cruzar la carretera a Valladolid y continuar por el camino del cementerio.

Poco a poco, los mejor preparados físicamente se fueron distanciando. Los de atrás no se desanimaban. Entre estos últimos estaba Mónica Ronda, una canaria que afrontó la etapa como un reto personal, olvidando su pierna ortopédica.

Los hitos rosáceos del ‘Camino de San Frutos’, colocados cada pocos cientos de metros, marcaban el itinerario. Los peregrinos pasaron por debajo de la SG-20 y luego un tramo por su vía de servicio. Un mojón les obligó a desviarse a la izquierda. A partir de ahí, campo abierto, con senda menos pisada. Casi sin darse cuenta, al andariego iba ascendiendo en altura, hasta llegar a una pequeña loma desde la que se divisaba Espirdo, pueblo de sonoro nombre, armónico con el sentido primigenio del ‘Camino de San Frutos’. Espirdo significa espíritu.

Desde la nave ganadera donde trabaja, Pedro Sanz, el famoso pastor de Rades de Abajo que cada comienzo de año hace sus pronósticos del tiempo en El Adelantado, salió a ver un rato el paso de los caminantes. Luego, antes de despedirse, quiso dar un consejo a los lectores del diario. “El 11 de noviembre va a helar, así que el que quiera coger setas que se dé prisa”.

A Espirdo se entró por su frontón. De allí había que ir a la Plaza Mayor, donde esperaba la alcaldesa, María del Socorro Cuesta, para sellar la credencial en el Ayuntamiento. A sus puertas se situó el avituallamiento, con agua y manzanas. Tras el descanso, los caminantes subieron por la Calle Real, en dirección a Tizneros. Era un tramo por asfalto.

En Tizneros tocaba virar a la izquierda, pasando justo junto a la rústica iglesia de San Juan Degollado. El paisaje cambiaba de forma radical. Praderas con ganado vacuno. El río Polendos. Y la Sierra de Guadarrama, siempre a la diestra, dominando la escena. Entre los caminantes había buen ambiente, de camaradería.

Desde un altozano se oteaba Basardilla. Hacia ese pueblo se dirigieron los peregrinos. El casco urbano se atravesó por asfalto, dejando a la izquierda a la iglesia románica de San Bartolomé. Chispeaba. Ya en la Plaza Mayor esperaba José Luis García, un hostelero que ha apostado fuerte por el ‘Camino de San Frutos’. Puso de nombre a su establecimiento “la Taberna del Peregrino”, y ofrece un menú a seis euros a todos aquellos que lleguen con el carné. Él mismo se encargó de sellar las cartillas de los peregrinos, que se reagruparon en Basardilla.

Al final del pueblo hay un desvío a la derecha. Era por el que había que ir. Quedaba el último tramo, hasta Santo Domingo de Pirón. La belleza de este trecho recompensaba por el esfuerzo. Los caminantes fueron transitando entre fincas limitadas por muros de piedra. El puente sobre el río Pirón dio la bienvenida a los caminantes, muy dispersos. Un poco más adelante, la inconfundible iglesia de Santo Domingo de Pirón, “erizada de canes”, como gustaba de decir el marqués de Lozoya, Juan de Contreras.

Aunque de forma tímida, el sol salió a recibir a los peregrinos. El reloj marcaba las 14,00 cuando el alcalde, Domingo Requero, empezó a certificar, con el sello municipal, el paso de los andariegos por el pueblo. Fueron llegando uno a uno. Sus caras reflejaban tanto cansancio como satisfacción. La canaria Mónica Ronda podría resumir el sentir general. “Me he sentido muy bien; espero recuperarme pronto para poder seguir mañana (por hoy)” decía.

El ‘Camino de San Frutos’ ya tiene huellas. Hoy, quedarán marcadas muchas más en la tierra, entre los pueblos de Santo Domingo de Pirón y Orejanilla, separados por 25 kilómetros.