Javier Vargas./M.G.
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Nunca la presencia de un músico de la talla de Javier Vargas sobre un escenario puede dejar en el público sensaciones negativas. Su calidad, su forma de entender el blues y de interpretarlo con su guitarra hacen que cada concierto –y en Segovia hemos visto ya unos cuantos a Dios gracias- sea una experiencia única que lleva al espectador a un particular nirvana musical.

Pero la guitarra del músico madrileño sonó en la noche del viernes en la sala Beat Club con un halo de tristeza,  tal y como contaban Los Beatles en ‘While my guitar gently weeps’, donde el talento de George Harrison hacía llorar a su guitarra suavemente para narrar una historia de desesperanzas.

Y es que en Beat Club se respiraba en el ambiente una sensación de impotencia, de fatal desenlace en el que pudo ser el último concierto de la temporada en una sala que consiguió prorrogar su cierre para seguir apostando por la ‘cultura habitada’ de los conciertos y los buenos grupos, al igual que un reducido grupo de bares y establecimientos hosteleros de la capital.

El brusco giro en la normativa municipal, que ha decidido restringir el número de espectáculos a ‘dos o tres al año’, sepulta casi de forma definitiva las aspiraciones de quienes apuestan por ofrecer algo distinto al público segoviano, al margen de los canales oficiales. Y en el Beat Club se disfrutaba de la música de Javier Vargas casi de la misma manera que el reo de muerte lo hace de su postrera comida antes de ser ejecutado, saboreando hasta la última cucharada de un plato que nunca volverá a paladear.

Limitar el número de espectáculos de cualquier índole en los establecimientos hosteleros es, además de una medida excesivamente discrecional, desconocer y repudiar el esfuerzo de quienes los promueven por parte de las autoridades municipales. En camino parece estar una solución que convenza a las partes implicadas, que se antoja necesaria para no acabar de un plumazo con una actividad que (si, también) forma parte del acervo cultural que Segovia promueve, defiende y vende en el exterior.

Pero Javier Vargas es Javier Vargas, y sobre el escenario hay pocos músicos que consigan transmitir la esencia del blues y su inteligente y elegante aleación con lo latino. Sin estridencias ni lugares comunes, la guitarra de Vargas es el estandarte al que muchos otros músicos se aferran para mantener firme la defensa de la integridad de un estilo.

¿Volveremos a ver a Vargas en Segovia?. ¿Habrá algún bar abierto para ello?. Ojalá que la próxima música que suene en los bares segovianos sea también de George Harrison… Here comes the sun.