Luminosos sonidos: La música en Jesús González de la Torre

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La Casa de la Lectura alberga la muestra de la obra de González de la Torre. / EL ADELANTADO
La Casa de la Lectura alberga la muestra de la obra de González de la Torre. / EL ADELANTADO
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Jesús González de la Torre es madrileño y es de Ronda -ciudad que lo nombra, en el año 2000, Hijo Adoptivo, donde una calle lleva su nombre y donde se ha creado un espacio permanente que alberga parte de su obra-, y es de ese jardín de la belleza cuyas semillas ha ido recogiendo en toda Europa, en Asia, en América o en los desiertos del norte de África.

Pero María Zambrano -cuyo retrato para la galería de los Premios Cervantes en la Biblioteca Nacional es de Jesús G. De la Torre- supo ver que su peculiarísima pintura contenía la esencia de los azules segovianos. Segovia, la ciudad que se alza hacia la luz elevando la materia hasta ese plano donde la gravedad y la gracia -por valernos de la hermosa metáfora de Simone Weil- se saben idénticas, marca el rumbo de un mirar, porque se es, dice la filósofa, de donde se queda prendida la mirada. La mirada de nuestro pintor va quedándose prendida en la piel de lo sutil, de lo que solo hallan la atención y la escucha mística. Hablamos del matiz, del detalle, de los elementos que enseñan a estar en el mundo con actitud cortés, con elegancia moral. Reparar en un punto del universo y sentir que en él, como en ese inquietante Aleph borgiano de la plenitud, está el pálpito primero de la vida íntegra, ajena al discurrir de los tiempos.

Prendida la mirada: suspendida en la memoria de lo que todavía no está para los seres humanos y, sin embargo, ya presagia sus pasos… He visto a Jesús G. de la Torre con los ojos encendidos ante la luna creciente, ante el intransigente atardecer de los veranos sobre el «Valle de los Templos» segoviano. He seguido el rumbo de sus dedos dirigiendo la eternidad mientras señalan la envergadura de los ángeles en el Toledo de El Greco. He compartido el frío sobrecogedor de Madrid cuando se intuye la despedida de un poeta. Aprendizaje de esa Segovia del azul, donde se queda prendida la mirada…

En la materna Segovia, De la Torre se convierte en habitante de la maravilla del no-tiempo, compartiéndolo con San Juan de la Cruz, Santa Teresa, María Zambrano o Antonio Machado. Las calles, imaginadas desde ese alzarse hacia la luz, conforman, entonces, un plano de la transparencia; seguirlo hasta gastarlo, hasta integrarlo en el alma, ofrenda los pasos del santo poeta, de la santa fundadora, de la filósofa de la aurora, del poeta profesor. Los pasos se mezclan, se confunden, construyen los cimientos de otra ciudad distinta y muy verdadera. ¿No será esa ciudad a la que María Zambrano se refiere en su La tumba de Antígona? La ciudad que asciende en la calle Grabador Espinosa, la calle en la que, aunque bajes las escaleras, se siente la extraña sensación de que no hay un descenso, sino una elevación. La calle de las infancias acumuladas en la memoria de Jesús G. de la Torre, la que trae la voz de la madre y del amor, y del pensamiento que entre las plazas y los rincones escondidos se encarna. La esquina de un edificio triangular, un patio cuyas columnas les han enseñado a los árboles el cielo. La materna Segovia. Oigo a la Antígona de María Zambrano: «No hay que arrastrar el pasado, ni el ahora; el día que acaba de pasar hay que llevarlo hacia arriba, juntarlo con todos los demás, sostenerlo. Hay que subir siempre…».

Ascender, acogiendo las huellas de lo sido y de lo soñado, requiere una minuciosidad de creador…

Acaso su tío el pintor Eugenio de la Torre Agero y su tía la poeta Alfonsa de la Torre lo llevaron de la mano simbólica al territorio donde luz y palabra forman una dimensión capaz de trascender lo que la duración de las cosas permite. Torre Agero le ha cedido una tradición culta, cultivada, cultivadora, fructífera, en la que De la Torre es contemporáneo de una constelación artística comprometida con la celebración de la luminosidad corpórea de la existencia humana. Alfonsa le mostró la pureza de la libertad. En esa estela, obrada la metamorfosis que la muestra absolutamente propia, la pintura de Jesús G. de la Torre forma parte del universo poético de San Juan de la Cruz, José Ángel Valente, Edmond Jabès, Héctor Ciocchini, Juan Gelman o el ángel de Rilke. Un lugar donde el sonido trae la forma del universo aun no encarnado.

Hemos compartido la música callada de San Juan peregrinando hacia el ciprés que guarda, en Segovia, su recuerdo. Y la despedida grandiosa, sobrecogedora, de José Ángel Valente. Ciocchini y el maestro Juan Gelman nos regalaron palabras que, al recordarlas juntos, tornan a Segovia, donde pasearon la canción de su luz. El ángel de Rilke se ocupó de que Ronda fuera la distancia más corta entre la eternidad y el instante… Lo dejó escrito Jabès: «‘Una mirada basta para rayar lo invisible, como la punta del diamante la superficie pulida del cristal’, decía un sabio». Son nombres que trascienden la frontera de quienes los llevan, nombres como instrumentos cuya vibración transforma lo inevitable de los rumbos. ¿Se refiere a eso Platón cuando dice que «había visto a un cisne adoptar la condición humana al igual que algunos otros pájaros músicos»?

La trayectoria indiscutible de Jesús G. De la Torre está avalada por reconocimientos y premios internacionales; es ocioso reiterarlos. Preferimos mencionar la tarde que inauguraba exposición en La Alhóndiga de Segovia, y las mujeres místicas de distintas culturas y épocas susurraban, con delicadeza, que se trata de modelar, entre todos y todas, ese mundo donde «todo acabará bien, y todo acabará bien, y todo acabará bien». Qué regalo ver ahora en Segovia, la estela de aquel momento, los secretos del corazón que nuestro académico de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce ha oído en Bach, Cage, Feldman, Schönberg, Hildegarda de Bingen, Takemitsu, Guerrero, Messiaen, Mahler, la música de las esferas que crea los paisajes del alma, Chopin… O el armonioso secreto de la iglesia templaria de la Vera Cruz.

Bach, como las divinidades creadoras de las más grandes mitologías, funda el universo en cada nota, es la certeza sin porqué cuando parece que nada queda. Cage respira el sonido del mundo, aísla el nuestro, desbarata toda creencia en lo permanente, en el orden que inventa nuestro afán de control. Feldman nos venda los ojos y, como le ocurriera a Orfeo, pide que recorramos el camino de lo oscuro a la luz sin darnos la vuelta, sin abandonar el camino de la luz a lo oscuro, sentir la música del silencio, el peso del vacío que Rothko atrapó en su pintura, a la que el músico dio voz en la experiencia de que el misterio no es ningún misterio. Schönberg, también pintor, compone desde la asunción de un alfabeto cósmico; su música es pensamiento, por eso no admite la mínima disidencia de la razón. Hildegarda es la cordial revelación de la hermosura sanadora, el azul zafiro emanado del pensar y el sentir mujer, el talismán que salva y decide, la matria que acoge sin juzgar porque es en sí justicia. Takemitsu se queda con tu espíritu y lo muestra convertido en parte del viento, del agua, del aire. Guerrero es el hedonismo agradecido, el regalo que deja, sobre la mesa de las cosas, el esfuerzo. Messiaen conoce la oración de las aves, a las que llama para conjurar la indecencia de la maldad. Mahler, bueno… Mahler hace llorar, no siempre son lágrimas felices, pero sí lo son purificadoras y extraordinarias. Chopin es el destino de la elegancia, hace daño cuando roza nuestras mediocridades, destierra toda vanidad de entre las longitudes de la prisa.

¿Y la Vera Cruz? Velando… Bienaventurado el que penetra en el no saber de algunas fronteras, como dejó escrito el monje Evagrios Pontikos…

Hasta el 4 de agosto, la segoviana Casa de la Lectura acogerá la obra nacida de las músicas que acompañan al pintor Jesús González de la Torre. Nunca con anterioridad el artista nos ha llevado tan lejos y tan hondo. Qué delicada obertura para la edición de MUSEG 2019 este escuchar atento del misterio del azul que De la Torre lleva atesorando, con cuidado, toda una vida. Qué amable templo, la Casa de la Lectura, para esta ceremonia.

…Lo cual algunos espirituales llaman entender no entendiendo…

-EXPOSICIÓN «LUMINOSOS SONIDOS: LA MÚSICA EN JESÚS GONZÁLEZ DE LA TORRE».
-MUSEG (44 FESTIVAL MUSICAL DE SEGOVIA).
-CASA DE LA LECTURA-BIBLIOTECA MUNICIPAL DE SEGOVIA.
-5 JULIO – 4 AGOSTO (DÍAS Y HORARIOS HABITUALES DE LA CASA DE LA LECTURA).


Marifé Santiago es Escritora, Profesora de Estética y Teoría de las Artes, Académica de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, Patrona de la Fundación María Zambrano.